36
No hubo persecución. No hubo un coche patrulla, ni una orden, ni Pike huyendo por el bosque hacia el molino con Rebeca detrás.
Nada de eso. Rebeca bajó al sótano del ayuntamiento un martes por la mañana, cuando Pike abría, y se sentó en la silla del otro lado de la mesa del flexo, y esperó a que él terminara de servir dos cafés, porque sabía ya que Pike iba a servir dos cafés, y que iba a estar bueno.
—Sé lo del fondo —dijo.
—Ya lo sé —dijo—. Lo sé desde que pediste las declaraciones de la web. Me llega un aviso cuando alguien consulta la entidad. Llevo tres días esperándote. —Se sentó, despacio, con el cuidado de un hombre de sesenta y un años y una rodilla mala—. ¿Azúcar? Nunca me acuerdo de si tomas.
—No.
—No. —Asintió, como archivando el dato—. Tu hermano tampoco.
Y ahí estaba, en la tercera frase, sin que Rebeca hubiera tenido que sacarlo: Tom, puesto sobre la mesa por el propio Pike, con la misma naturalidad con que había puesto el café.
Rebeca no tocó la taza.
—Sabes que no vienes de agente —dijo Pike.
No era una amenaza. Lo dijo con suavidad, casi con cariño, como se le recuerda a alguien una cosa que le conviene tener presente—.
Te retiraron en agosto. Lo sabe todo el pueblo, Dana Holt llamó a la fiscalía y te apartaron.
Estás de vacaciones, Rebeca. En tu propio pueblo.
—Removió su café—. Vienes de particular.
Como habría venido cualquiera. Como vino la niña.
Y esa era la cosa, y los dos la sabían, y por eso Pike estaba tan tranquilo.
Rebeca no tenía nada encima de aquel hombre.
No podía detenerlo. No podía tomarle declaración: nada de lo que dijera en aquel sótano, sin derechos leídos, sin un marco, sin una placa que lo sostuviera, valdría un céntimo delante de un juez.
No estaba en el caso. No había caso suyo.
Era una civil sentada en un sótano municipal, tan desnuda de autoridad como lo había estado Sarah Koski con su formulario a medio escribir, y Pike lo sabía, y se lo estaba diciendo con mucho cariño para que no se hiciera ilusiones.
—Lo sé —dijo Rebeca—. No vengo de agente. Vengo por mi hermano.
—Ya. —Pike asintió, casi con pena—. Eso es peor para ti y mejor para mí, y los dos lo sabemos, así que no nos mintamos, que a estas alturas sería feo.
—Bebió—. Pregúntame lo que quieras. Te lo voy a contar todo, no porque me obligues, que no puedes, sino porque llevo diecinueve años queriéndoselo contar a alguien, y resulta que la única persona en el mundo a la que puedo contárselo eres tú, precisamente porque no puedes hacer nada con ello.
—Algo le cruzó la cara que en otro hombre habría sido alivio—.
No sabes lo solo que es esto. Robar. Uno se imagina que es emocionante, y es lo más solo del mundo, porque no se lo puedes decir a nadie, ni una vez, en diecinueve años.
Y lo contó.
Lo contó como quien explica un procedimiento administrativo, que era como Walter Pike entendía el mundo.
Empezó en 2007. Su mujer, la quimioterapia, lo que no cubría el seguro, los viajes a Boston.
No pidió ayuda al fondo —había un procedimiento para pedir ayuda al fondo, y Walter conocía el procedimiento, y el procedimiento era humillante y lento y lo decidía un patronato de vecinos que lo conocían— así que en vez de pedir, cogió.
Una partida. Una sola, aquel primer año, que pensó devolver.
—No lo devolví —dijo—. Nunca se devuelve. Eso lo aprendes rápido. Devolver deja rastro y coger no, si lo haces bien.
Su mujer murió en 2009. Para entonces ya había cogido tres años seguidos, y ya no era por la quimioterapia.
Era por otra cosa, una cosa que había descubierto sobre Ashbrook y que lo cambió todo, y que le explicó a Rebeca inclinándose sobre la mesa, con los ojos brillantes, como se comparte un hallazgo:
—Nadie mira. Ese es el secreto de este pueblo, Rebeca, y tu hermano lo entendió y tú lo estás entendiendo ahora.
Este pueblo está construido sobre no mirar.
Cobran de once muertos y no miran. Se inventaron una secta para no mirar.
Llevan cincuenta años sin mirar de dónde sale el dinero, y yo era el que llevaba el dinero, y un día me di cuenta de que si el pueblo entero había decidido no mirar, entonces yo podía coger.
Porque nadie iba a mirar. Y tenía razón. Diecinueve años tuve razón.
—Hasta Sarah.
El nombre cayó sobre la mesa y por primera vez algo se movió en la cara de Pike. No miedo. Pena. Una pena de verdad, que era lo más insoportable de todo.
—Hasta Sarah —dijo.