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Volvió a ver a Hatcher para entender la última pieza que le faltaba, que no era del crimen sino del pueblo: por qué nadie había mirado nunca.
Por qué una verdad que estaba en primera página de un periódico y en una web del estado había hecho falta que la desenterrara una forastera con un hermano muerto.
Lo citó donde la había recibido la primera vez: en el vestíbulo del ayuntamiento, delante del mural.
Le pareció justo. Hatcher llegó con las llaves, como aquella otra vez, pero sin resuello y sin la sonrisa de guía; la había perdido en algún momento del verano, como la había perdido el pueblo entero.
Se quedaron los dos de pie ante los cuatro metros de pintura de su padre: los disidentes saliendo del pueblo en llamas, el bosque, el arroyo, y en el tercio de la derecha el corro de figuras encapuchadas de espaldas con las manos hacia la hoguera.
—Usted ya no viene a que le cuente lo de los Protectores —dijo Hatcher, mirando el mural y no a ella.
—No.
—Ya. —Metió las manos en los bolsillos—. Llevaba un tiempo esperando a que alguien dejara de venir a que le contara lo de los Protectores.
Era un hombre de sesenta y tres años que había dado clase de historia en aquel instituto durante treinta y cinco, y sabía lo que era una fuente y lo que era una leyenda, y Rebeca entendió, viéndolo mirar la pintura de su padre a las cuatro de la tarde, que llevaba toda la vida sabiendo la diferencia y toda la vida contando la leyenda.
—Su padre pintó esto —dijo Rebeca.
—En el setenta y ocho. Para el bicentenario, con dos años de retraso, que muy de Ashbrook. —Señaló la esquina con la barbilla, donde había una firma pequeña—. Le pagó el ayuntamiento. Cuatrocientos dólares y la pintura.
—¿Y la Asociación de Ceniza? ¿Los Protectores? ¿El equilibrio, las ofrendas, lo de que nunca es al azar?
Hatcher miró el mural un rato largo.
—¿Quiere la verdad o quiere lo del mural? Porque no es lo mismo, y usted es la primera persona en cincuenta años que viene a este vestíbulo queriendo la primera.
—La verdad.
—Se la inventó mi padre.
Lo dijo mirando las figuras encapuchadas, y en la cara no se le movió nada, porque llevaba cargándolo demasiado tiempo para que le pesara delante de testigos.
—No existió nunca ninguna Asociación de Ceniza.
No hubo disidentes de Salem, ni Protectores, ni ofrendas, ni equilibrio.
Hubo un pueblo de fábrica, fineses y polacos y quebequeses reventándose en una papelera, y en 1971 la papelera ardió con once dentro, y en 1974 pagaron para que nos calláramos, y en 1976 tocaba el bicentenario de Estados Unidos y el comité de fiestas quería algo bonito que poner en un folleto, algo con lo que atraer a la gente que empezaba a comprar las casas de los que se morían.
Y mi padre, que daba historia y pintaba, se sacó de la cabeza una leyenda preciosa sobre unos disidentes que llegaron de Salem huyendo de las brujas y fundaron un pueblo donde la ceniza era sagrada.
Se la inventó entera. En la mesa de nuestra cocina, una noche, con papel de calco y los libros de la biblioteca abiertos. Yo tenía quince años y le vi hacerlo.
—¿Por qué la ceniza?
—Porque estaba. —Hatcher se encogió de hombros, y fue el gesto más triste que Rebeca le había visto a nadie en todo el verano—.
Estaba en el suelo, estaba en el nombre del pueblo, la gente ya la tenía en la cabeza.
Mi padre no inventó la ceniza. La ceniza era de verdad, era la fábrica quemada, la teníamos en los zapatos.
Mi padre solo le puso una historia bonita encima para no tener que contar la fea.
Cogió once obreros carbonizados por una puerta con cadena y los convirtió en una tradición ancestral con carroza.
Y —levantó la barbilla hacia las figuras de la hoguera— funcionó.
Funcionó de maravilla. En este pueblo llevamos cincuenta años explicándoles a nuestros hijos que la ceniza es sagrada, porque es más fácil que explicarles que sus bisabuelos se quemaron vivos y que cobramos por ello.
Rebeca se quedó callada.
—La camiseta —dijo Hatcher— la diseñó mi sobrina. Se venden en la feria. Con lo que sacamos pagamos la banda de música. —Se rió sin ganas—. Once muertos, y con el merchandising pagamos la banda que toca encima de ellos una vez al año.
—¿Y usted lo ha sabido siempre?
—Yo soy profesor de historia, agente. Claro que lo he sabido siempre.
—La miró—. ¿Y sabe qué es lo que peor llevo?
Que lo he seguido contando. Treinta y cinco años dando clase en ese instituto, y cada primavera, en la feria, ahí estaba yo, contándoles a los críos lo de los Protectores de Salem con voz de misterio, porque era bonito, porque les gustaba, porque era más fácil.
Yo. Que sé leer un acta de defunción. —Se apartó un paso del mural, como quien no puede seguir mirándolo—.
La única que no se lo tragó fue la niña de los Koski.
Vino a verme el año pasado con su proyecto, muy seria, y me dijo: señor Hatcher, esto de la Asociación de Ceniza no está en ningún documento de antes de 1978, ¿cómo puede ser una tradición de 1690?
—Se quedó mirando las figuras encapuchadas—.
Y yo le dije que era una leyenda oral, que las leyendas orales no dejan papel.
Le mentí. A la única cría en cincuenta años que hizo la pregunta correcta, le mentí para que dejara de hacerla.
Rebeca sintió que el suelo se movía un poco.
—¿Qué proyecto?
—El de la feria. El del fondo. —Hatcher la miró sin entender que ella no lo supiera—.
La niña estaba haciendo un trabajo sobre de dónde salía el dinero del pueblo.
Empezó por la leyenda, vio que era falsa, y de la leyenda pasó al dinero.
—Algo le cruzó la cara, tarde, muy tarde—. ¿Por eso ha venido? ¿La niña...?
Rebeca no le contestó. No hacía falta. A Lyle Hatcher se le estaba poniendo en la cara, despacio, lo que ella ya sabía: que la pregunta que él apagó con una mentira amable, otro se la había apagado a la niña de un golpe en la cabeza.
Se quedaron los dos callados en el vestíbulo, delante de las figuras que había pintado el padre de Hatcher, cada uno con su parte de la misma culpa: el que mintió para que la pregunta parara, y la que tardó doce años en hacerla.