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El portátil lo encontró donde había estado siempre, que era lo que no la dejaba respirar.
Volvió al instituto con una idea que le había venido conduciendo desde Templeton.
El móvil de Sarah lo tenían los troopers desde el primer día.
Su ordenador de casa, si tenía, lo habrían mirado sus padres, o lo tendría la policía, o estaría en su cuarto, tocado por diez manos.
Cualquier cosa que Sarah guardara en sus propios aparatos estaba, a estas alturas, o vaciada o vigilada o perdida entre el duelo de una familia.
Pero una cría que ha descubierto que alguien roba, que ha ido a decírselo a la cara y ha visto lo que sea que vio en esa cara, se asusta.
Y una cría asustada y lista no guarda la copia de seguridad en el móvil que lleva encima ni en el portátil de su cuarto.
La guarda donde nadie la busque. En un trasto que no es suyo, que no llama la atención, que se queda en el colegio cuando ella se va a casa.
El instituto le había prestado un portátil para la feria de historia, como a todos, y Sarah lo había devuelto al acabar el curso, con todos los demás.
Seguía en el carrito. Nadie lo había vuelto a tocar: un portátil escolar apagado, entre otros diez idénticos, no es algo en lo que piense nadie cuando se muere una cría.
En un aparato así podía llevar meses la única copia de lo que Sarah Koski había encontrado, y ahí seguía.
A Rebeca tampoco se le había ocurrido cuando estuvo a diez metros buscando una cartulina.
Arne el conserje seguía allí. Le abrió el aula de material sin preguntar, como la vez anterior, y esta vez Rebeca no miró las estanterías ni los armarios rotulados.
Miró el carrito de carga del rincón, el de los portátiles del centro, diez o doce, enchufados en fila a una regleta, apagados, cada uno con una etiqueta de cinta.
KOSKI, S. — 11B.
Estaba a media altura, entre el de otro alumno y un hueco. Rebeca lo cogió con las dos manos.
No lo encendió allí. Le pidió a Arne que constara que se lo llevaba —quería que constara, quería por una vez en aquel verano que algo constara— y Arne apuntó en un cuaderno portátil 11B, retirado por la señora del FBI , con la fecha, y a Rebeca esa línea torcida en un cuaderno de conserje le pareció el primer documento honrado que producía desde que llegó al pueblo.
Lo encendió en el motel.
Era una máquina de colegio, lenta, con el fondo de pantalla que traía de fábrica y casi nada dentro: el navegador, el paquete de ofimática, las cosas que instalan los de sistemas.
Sarah no vivía en aquel portátil. Lo había usado para una sola cosa, y esa cosa estaba en una carpeta única en mitad del escritorio vacío, sin disimular, porque no hacía falta disimular nada en un sitio donde nadie iba a mirar:
FONDO.
Rebeca la abrió.
Y allí estaba el trabajo de Sarah Koski, ordenado como no había estado ordenado nada de lo de Rebeca: las declaraciones anuales del fondo bajadas una por una, con las cifras que no cuadraban marcadas en amarillo.
Una hoja de cálculo hecha por una cría, tosca, con colores, sumando lo que entraba y lo que salía y señalando el hueco.
Fotos de documentos, hechas con el móvil, de papeles que Sarah había visto en algún sitio a los que no debería haber tenido acceso.
Y un archivo de texto, el último que tocó, con fecha del domingo 12 de julio.
El día que murió.
Rebeca lo abrió sabiendo lo que era antes de leerlo, y aun así leerlo fue como bajar un escalón que no estaba.
Era una carta de denuncia. Y lo primero que vio, antes que el texto, fue que Sarah no sabía a quién mandarla. Donde iba el destinatario, arriba, la niña había escrito, entre corchetes, con la honestidad de quien toma nota de lo que le falta por averiguar:
[¿A QUIÉN SE MANDA ESTO? ¿POLICÍA? ¿AYUNTAMIENTO? BUSCAR — alguien que controle las fundaciones??]
Rebeca se quedó mirando ese corchete más tiempo que el resto de la carta.
Porque ella sí lo sabía. Lo sabía de memoria, era su oficio: las fundaciones benéficas de Massachusetts las vigila la División de Caridades Públicas de la Fiscalía General, y cualquier ciudadano puede presentar una denuncia, y basta un formulario.
Lo que Sarah no llegó a averiguar en la última semana de su vida, Rebeca lo tenía en la cabeza sin esfuerzo.
La niña murió buscando la dirección de una carta que la mujer sentada ahora en el motel podría haber rellenado en diez segundos.
Debajo del corchete, el borrador, sin terminar, cortado a media palabra, como se corta lo que alguien deja para seguir esa tarde, para seguir en cuanto volviera de hacer una última cosa:
Escribo para denunciar irregularidades en la administración del Ashbrook Community Trust, del que mi familia es beneficiaria. Adjunto documentación. Creo que una persona con acceso a las cuentas lleva años sacando dinero, y he intentado hablarlo primero con—
Y ahí se cortaba.
Con quien Sarah había intentado hablarlo primero.
Rebeca leyó esa media frase muchas veces, hasta que dejó de ser palabras.
Una cría de diecisiete años había encontrado un ladrón.
Todavía estaba averiguando a quién se denuncia una cosa así por fuera —el corchete lo decía—, y mientras tanto había hecho lo más natural y lo más inocente del mundo: hablarlo primero con alguien de dentro.
Con alguien que administrara el fondo. Con un adulto de confianza, de los que llevan toda la vida en el ayuntamiento y te firman los papeles y te preguntan por tu abuela.
Ir a avisar al zorro de que había visto plumas.
Se lo había dicho a la cara. Le había dicho que iba a denunciar. Y cuatro días después estaba muerta en un campo con la tierra de aquel sitio bajo las uñas.
Rebeca cerró el archivo con mucho cuidado, como se cierra la puerta de la habitación de alguien que duerme.
Quién administraba el fondo lo sabía desde el primer día.
Lo sabía todo Ashbrook. Era el secretario, el que llevaba las cuentas del pueblo, el que firmaba los cheques, el que tenía las llaves del sótano y la costumbre de que nadie le mirara nunca las manos.
No era ningún misterio. Era un cargo, con un nombre y un despacho.
Lo que Rebeca no había dejado que se tocara, en toda la noche, eran las dos ideas: que alguien robaba del fondo, y que el fondo lo llevaba él.
Las tenía las dos, cada una en su sitio, como había tenido separadas tantas cosas aquel verano.
Juntarlas era decir que el hombre que le había abierto todas las puertas, el que le llevaba café y cajas y le había firmado la carta para Georgetown hacía dieciséis años, era el que le había partido la cabeza a una cría de diecisiete años en un campo.
No quería juntarlas. Pero ya no dependía de ella. Se estaban juntando solas, en el estómago, antes que en la cabeza, mientras Rebeca miraba la pantalla apagada del portátil de Sarah y se oía respirar en la habitación siete.