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Si Sarah había muerto por encontrar el robo, y el robo llevaba años, entonces la pregunta que Rebeca llevaba doce años sin permitirse hacer volvía por una puerta nueva, y esta vez no la podía cerrar.
¿Qué había encontrado Tom?
Porque Tom también había mirado. Lo sabía sin pruebas, con el estómago, desde la noche del punto medio: su hermano no se sentó en el suelo de aquel molino por nada.
Se sentó por algo. Y si el algo no era una secta, si el algo era esto —un pueblo pagado, un fondo, un ladrón—, entonces Tom había encontrado lo mismo que Sarah, doce años antes, y había hecho con ello algo que lo había llevado al molino.
Rebeca tardó dos días en atreverse a bajar a mirar. Después bajó.
Pike no estaba —era su día libre, dijo la mujer del registro, y a Rebeca el detalle de que Pike tuviera días libres, de que fuera un funcionario con un horario y no una presencia permanente en aquel sótano, le resultó casi obsceno—.
Bajó sola. Ya sabía moverse. Fue derecha a las cajas del incendio, las que Pike le había enseñado la primera semana, y esta vez no buscó el incendio. Buscó quién más lo había buscado.
Estaba en la caja catorce, en una carpeta que Rebeca había tenido en las manos en julio y no había abierto porque decía SOLICITUDES DE CONSULTA y le había parecido administrativo, muerto, lo último que mira alguien que busca un asesinato.
Era una hoja por consulta. Quién pedía ver los papeles del incendio, cuándo, y una firma de recibido del funcionario que se los sacaba.
Casi todas eran de historiadores aficionados, genealogistas, un periodista en 2003, una tesis en 2011.
Décadas de curiosidad inofensiva, tres o cuatro personas por año que querían mirar el pasado del pueblo y a las que Walter Pike, siempre amable, siempre servicial, les sacaba la caja catorce y les ponía un café.
La de Tom era del 14 de octubre de 2014.
Solicitante: Thomas Graves. Documentación solicitada: expediente del incendio de 1971, acuerdo de 1974, declaraciones del Ashbrook Community Trust. Recibido y atendido: W. Pike.
Doce días antes de morir.
Su hermano había bajado a aquel sótano, a aquella misma mesa con flexo, y le había pedido a Walter Pike —al amable, al del café, al que le había firmado a él también alguna carta, seguro, al que le firmaba las cartas a todo el pueblo— exactamente los tres documentos que llevaban a la verdad: el incendio, el acuerdo, las cuentas del fondo.
Los tres. En orden. Como quien sabe lo que busca.
Y Pike se los había sacado. Con su letra clara había escrito recibido y atendido , y su firma, y la fecha, tan tranquilo, tan servicial como había sido con ella todo el verano.
Doce días después, Tom estaba muerto en el molino.
Rebeca se quedó de pie en el sótano con la hoja en la mano, y por primera vez en doce años no sintió la certeza furiosa que la había traído hasta allí, la de que a su hermano lo habían matado.
Sintió otra cosa peor, más fría, que no tenía forma todavía: que su hermano había encontrado esto, lo mismo que ella, lo mismo que Sarah.
Que los tres —Tom, Sarah, ella— habían bajado a mirar de dónde venía el dinero.
Y que de los tres, ella era la única que seguía viva, y no sabía por qué, y no estaba segura de merecerlo.
No sabía qué le había pasado a Tom entre el 14 y el 26 de octubre de 2014.
La hoja no lo decía. La hoja decía solo que había ido, que había pedido, que Pike se lo había dado.
Lo demás —qué habló con Pike, qué le dijo Pike, por qué a Tom aquello lo llevó a un molino con la escopeta del abuelo y a Sarah la llevó a un campo con la cabeza abierta— la hoja no lo decía.
Pero había una persona en Ashbrook que a lo mejor sí lo sabía. Una que llevaba doce años sin preguntarle a Rebeca por qué había vuelto. Una que la había traído ella misma, con un nombre escrito en un formulario del FBI, para que hiciera exactamente lo que estaba haciendo.
Rebeca subió del sótano con la hoja doblada en el bolsillo y fue a buscar a Emmett Doyle.