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Los once nombres los copió a mano en la libreta, con sus edades y sus puestos, y luego, en la misma mesa de la biblioteca, con el carrete todavía cargado, los pasó a limpio en una hoja aparte, y al pasarlos a limpio empezó a ver lo que no había visto girando la manivela.
Eino Wirtanen, cincuenta y ocho, guillotinista.
Finés. Toivo Koski, cuarenta y tres, primer oficial de rebobinadora.
Finés. Roland Thibodeau, cuarenta y uno, segundo de rebobinadora.
Francocanadiense. Amleto Ferro, cincuenta y cinco, prensa de balas.
Italiano. Stanley Ruszkowski, cincuenta, carretillero.
Polaco. Gus Vlahos, cuarenta y siete, empaquetado.
Griego. Polo Rivera, veintinueve, peón. Puertorriqueño.
Wayne Salo, veintidós, peón. Finés. Onni Lahti, sesenta y cuatro, fogonero.
Finés. Johnny Ouellette, treinta y cinco, mantenimiento.
Francocanadiense. Connie Fahey, sesenta y dos, vigilante. Irlandés.
Los apellidos eran el pueblo. No una parte del pueblo: el pueblo.
Eran los apellidos de las placas de las calles y de los rótulos de las tiendas y de las listas de clase y del cementerio y del equipo de béisbol.
Thibodeau tenía una funeraria ahora. Había un Vlahos en el consejo escolar.
Ruszkowski era el fontanero. Rebeca había ido a clase con una Salo y con dos Ferro, y uno de los Ferro era primo suyo, aunque hasta esa tarde no había hecho la cuenta de por qué.
Y estaban todas las comunidades. Los fineses, que eran los más, cuatro. Los francocanadienses de Cleghorn, dos. El italiano de the Patch. El polaco. El griego de West Main. El puertorriqueño, el más joven de los mayores, veintinueve años, recién llegado. Y el irlandés.
Estaban todos.
Todos menos uno.
Rebeca lo notó sin buscarlo, de la manera en que se nota un hueco en una fila de dientes: no había ni un solo apellido de los de arriba.
Ni un Vance. Ni un Ashbrook —los del pueblo original, los que le habían puesto el nombre—.
Ni uno de los cuatro o cinco apellidos que en aquel pueblo querían decir dinero desde antes de que hubiera fábrica.
El fuego había subido por la sala de acabado un domingo por la noche y se había llevado a un finés sindicalista, a un puertorriqueño de veintinueve años con la mujer embarazada, a un italiano de la Patch y a un vigilante irlandés de sesenta y dos, y no había tocado a nadie que tuviera su nombre en la fachada.
Rebeca miró la lista un rato largo.
Los dueños no trabajan el turno de noche del domingo en la sala de acabado. Eso lo sabía. No probaba nada, no significaba nada por sí solo, era así en todas las fábricas del mundo. Pero apuntó una cosa al pie de la hoja, sin saber todavía qué haría con ella:
11 muertos. Ningún apellido de los que ahora firman.
Subrayó "firman" dos veces, cerró la libreta y se quedó un momento con la mano encima, como si el cuaderno pudiera escaparse.