Las cenizas de Ashbrook 27
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La causa del incendio ocupaba media columna en el número del miércoles, y Rebeca la leyó tres veces en la pantalla del lector de microfilm, sin encontrar la palabra que buscaba, que era cerradas .

El fuego había empezado en la rebobinadora número dos, a las once y veinte, por un rodamiento recalentado y el polvo de papel en suspensión.

Eso lo decía el periódico y era verdad, y Rebeca lo habría creído entero —un accidente industrial de manual, una máquina vieja en una fábrica vieja— si no hubiera sido por dos cosas que el periódico no juntaba.

Estaban en párrafos distintos, a tres días de distancia, y ella las juntó girando la manivela adelante y atrás entre el número del miércoles y el del jueves.

Una: la extracción de polvo de esa rebobinadora llevaba averiada desde septiembre.

Dos meses. Había dos partes de avería presentados , decía el breve del jueves, en el tono de quien reparte responsabilidades con pinzas.

Alguien lo había avisado, por escrito, dos veces, y la máquina había seguido funcionando dos meses con el sistema que evitaba exactamente aquello fuera de servicio.

Dos: los once estaban arriba, en la sala de acabado, un domingo por la noche, cuando la sala de acabado los domingos estaba cerrada.

¿Por qué estaban arriba?

Eso el periódico no lo decía. Ni el del lunes, ni el del martes, ni el del jueves.

Decía se encontraban en la planta de acabado , en pasiva, sin sujeto, sin motivo, como se dice una cosa que no se quiere explicar, y a partir de ahí pasaba a los funerales, que sí ocupaban páginas, porque los funerales son más fáciles de contar que las puertas.

La palabra puertas no aparecía.

Rebeca lo comprobó dos veces. En cuatro días de cobertura de un incendio con once muertos, el Sentinel & Enterprise no escribió ni una vez la palabra puerta, ni salida, ni escalera, ni la palabra que ella empezaba a rondar sin querer escribirla tampoco.

Se hablaba del fuego, del humo, del rodamiento, del polvo, de las familias, del pueblo unido en el dolor.

No se hablaba de cómo se sale de una sala de acabado en llamas, ni de por qué once personas no habían salido.

Eso no estaba en el periódico.

Rebeca devolvió el carrete, salió de la biblioteca y condujo los cuarenta minutos de vuelta a Ashbrook sin música, y ya en la habitación siete, mirando la pared, supo con la certeza fría del oficio que aquello que faltaba en el periódico estaría en otro sitio.

Los periódicos de pueblo callan por decencia y por miedo a los anunciantes.

Los papeles del seguro no callan. Los informes de bomberos no callan.

Los partes de avería con dos firmas no callan.

Y todo eso, si existía, estaría donde estaba todo en Ashbrook.

En el sótano del ayuntamiento.

Que abría de nueve a cuatro, y los martes hasta las seis, y donde Walter Pike, la primera semana, le había dicho que tenía más papel del incendio del que la gente creía, y que se lo sacaba todo, lo que quisiera, cuando quisiera.

Rebeca se quedó mucho rato quieta con esa idea.

Por primera vez desde que había llegado a Ashbrook, la idea de bajar a aquel sótano no le daba impaciencia.

Le daba otra cosa, más lenta y más fea, que tardó en reconocer y que cuando reconoció no le gustó: le daba reparo pedirle a Walter Pike la llave de lo único que a lo mejor Walter Pike no quería que mirara.

Aunque eso no tenía sentido. Pike se lo había ofrecido él. Pike no le había cerrado una sola puerta en todo el verano.

Lo apuntó igual, en el margen, con letra pequeña, como apuntaba las cosas que no entendía:

¿Por qué me lo ofrece él?