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La bibliotecaria le enseñó a cargar el carrete y la dejó sola.
No le costó encontrarlo. No hacía falta buscar un muerto raro escondido entre bodas y cosechas de manzana, como había buscado en el sótano de Pike creyendo que el primer eslabón de su cadena estaría disfrazado.
No estaba disfrazado. Estaba en primera plana, con el cuerpo de letra más grande que el Sentinel tenía, el que se guardaba para los presidentes y las guerras.
ONCE MUERTOS EN EL INCENDIO DE LA PAPELERA
Rebeca giró la manivela despacio.
La fábrica se llamaba Ashbrook Paper había Ferros en el listín, Ferros en el cementerio, Ferros en el equipo de béisbol del instituto cuando ella iba.
Podía ser cualquiera. Apuntó el nombre entero de la lista —Amleto Ferro, cincuenta y cinco años, prensa de balas— y siguió.
No había ido a la hemeroteca a buscar a su familia.
Había ido a buscar el incendio, y ya lo tenía, y era enorme, y era verdad, y no era ninguna secta.
Era un accidente industrial con once muertos, en 1971, en una papelera, tal como se lo había contado Hatcher de pie delante del mural, tal como estaba en la caja catorce del sótano de Pike, tal como llevaba cincuenta y cinco años esperando en primera página a que alguien de Ashbrook girara la manivela.
Rebeca fue hasta el final de la cobertura, cuatro días de periódico, y en el número del jueves, en un recuadro pequeño, encontró una cosa que no entendió y que apuntó porque no la entendía.
Un breve sobre el nombre del pueblo. Un profesor del instituto —no decía cuál, pero Rebeca habría apostado— explicaba a los lectores, a modo de consuelo culto en mitad del duelo, que Ashbrook no venía de las cenizas, como algunos empezaban a decir esos días, sino del fresno, el árbol, ash en inglés, que crecía junto al arroyo, brook , del que el pueblo tomaba el nombre desde 1764.
Arroyo del fresno. No arroyo de la ceniza.
Pero en inglés el fresno y la ceniza se dicen igual.
Y a un pueblo llamado, desde hacía dos siglos, con una palabra que significaba a la vez el árbol y la ceniza, se le había quemado la fábrica y le había llovido durante días una ceniza que ahora, cincuenta y cinco años después, seguía en el suelo, y el pueblo se había puesto a contar que la ceniza era una tradición y no una desgracia, y casi todo el mundo se lo había creído, porque el idioma ya se lo había puesto fácil doscientos años antes.
Rebeca apartó la vista del lector un momento y miró el sótano de la biblioteca, los armarios verdes, la luz de tubo, sus propias manos.
Tenía once nombres y una fecha. Por primera vez la libreta se le estaba llenando de cosas que eran verdad, y le temblaban un poco las manos, y no era por el café. Volvió a girar la manivela.