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Fue Nelson quien propuso lo de la tierra, y lo propuso de una manera que a Rebeca tenía que haberle dado que pensar y no se lo dio, porque lo propuso como quien lleva pensándolo tiempo.
—Si tanto le importa esa tierra —dijo—, cójala.
Estaban en el aparcamiento del campo, con el sol todavía alto y las gradas vacías.
Rebeca había ido a mirar otra vez el sitio, ahora que no era nadie, ahora que podía pisar la hierba sin que un trooper la echara, y Nelson había aparecido en su coche patrulla porque hacía la ronda de la tarde y porque, Rebeca empezaba a entenderlo, la rondaba a ella.
—No puedo coger tierra. No soy nada. Cualquier cosa que coja yo no vale.
—Ya. —Nelson miró el campo—. Pero yo sí puedo pisar un campo público. Y usted puede tener curiosidad por su cuenta, que la curiosidad no es ilegal.
Lo que hizo lo hizo él, con sus manos, y Rebeca se lo dejó hacer, y en dejárselo hacer estuvo su parte.
Se agachó junto a la valla, donde habían aparecido los dos cilindros en las fotos, y con una cuchara de plástico del Dunkin' llenó dos bolsitas de congelar.
Una de la superficie, raspando. Otra de más abajo, hurgando quince centímetros con los dedos hasta que la tierra cambió de color y de olor.
Las cerró, les escribió la fecha con un rotulador, y se las dio.
—UMass tiene un laboratorio de suelos —dijo—. En Amherst. Analizan tierra de agricultores, de jardineros, de quien pague. Treinta y cinco dólares. No preguntan para qué.
—¿Cómo sabes eso?
—Mi primo mandó la de su huerta. Le salía ácida. —Se encogió de hombros—. Es un laboratorio agrícola, agente. No es el FBI. Usted manda la tierra con un cheque y en dos semanas le dicen qué tiene dentro. Nadie firma nada. Nadie abre un caso.
Rebeca cogió las dos bolsitas.
Y sostuvo, en la palma de la mano, en dos bolsas de congelar de una cuchara del Dunkin', lo que llevaba doce años queriendo: la ceniza.
La ceniza medida, catalogada, mandada a un laboratorio, convertida por fin en un dato que alguien con una bata iba a mirar y a nombrar.
Doce años y estaba en su mano y pesaba lo que pesa un puñado de tierra, que no es nada.
Esa noche compró un sobre acolchado en el CVS, metió las dos bolsas, rellenó el formulario del laboratorio con su nombre y su dirección de Virginia, extendió un cheque de treinta y cinco dólares de su cuenta corriente y lo dejó todo listo encima de la cómoda para echarlo al correo por la mañana.
Sabía perfectamente, eso sí, que el análisis no valdría nada.
Era analista: sabía mejor que Nelson que una muestra tomada así, sin cadena de custodia, de una escena abierta, por un agente que actuaba por su cuenta y pagada por una civil apartada del caso, no entraría jamás en un juicio.
Eso no se le escapaba. Nunca había buscado una prueba para un juicio.
Buscaba que alguien con una bata mirara su ceniza y le dijera qué era, y eso lo iba a conseguir por treinta y cinco dólares.
Lo que se le escapó fue Nelson.
Que un agente de veinticuatro años acababa de sacar material de una escena de homicidio y mandarlo a un laboratorio sin decírselo a nadie, y que eso, el día que saliera a la luz, no le costaría el caso —el caso no era suyo— sino la placa.
Rebeca lo habría visto si aquella tarde hubiera estado mirando al chico que llenaba las bolsitas en vez de a lo que echaba dentro.
Pero llevaba doce años sin mirar otra cosa que la tierra, y no iba a aprender ahora.