Las cenizas de Ashbrook 21
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La llamada llegó a media mañana, y era de Quantico, y era de la única persona de Quantico que le caía bien, que fue lo que la hizo peor.

Se llamaba Dana Holt y era su supervisora en la Unidad, y tenía una voz de dar malas noticias con cuidado, y la usó.

—Rebeca. ¿Tienes un minuto?

—Tengo todos los minutos del mundo, Dana. Ya lo sabes.

—Por eso te llamo. —Una pausa—. Me ha entrado una consulta rara. De la fiscalía del condado de Worcester, a través de la oficina de Boston. Preguntan, con mucha educación, si la analista que les mandamos de apoyo tiene algún vínculo personal con el municipio de Ashbrook.

A Rebeca se le quedó el café a medio camino.

—¿Vínculo personal?

—Familia. Es la palabra que han usado. Si la agente Graves tiene familia en Ashbrook. —Otra pausa, más larga—. Y como es una pregunta que yo no debería tener que hacerte, porque tú me habrías dicho algo, te la hago una vez y me quedo con lo que me contestes. ¿La tienes?

Y ahí estaba.

Doce años de mantener las dos cosas en dos cajas separadas —la analista y la hermana, Virginia y Ashbrook, el trabajo y Tom—, y no separadas por casualidad: separadas por ella, a mano, con cuidado, cada día.

Había un formulario, cuando aceptó el encargo, con una casilla sobre vínculos con la jurisdicción, y ella había pasado esa casilla como se pasa un semáforo en ámbar, deprisa y mirando para otro lado.

Nadie la había obligado a mentir. Le había bastado con no decir nada, y con que el nombre se lo hubiera dado alguien de allí que tampoco iba a decir nada.

Había hecho falta una pregunta de trece palabras, de alguien que ni siquiera sabía lo que preguntaba, para poner las dos cajas encima de la mesa de Dana Holt.

Podía mentir. Lo pensó, en el segundo que tuvo. Y no pudo, no porque fuera honrada, sino porque Dana iba a colgar y a tardar cuarenta minutos en confirmarlo en un ordenador, y una mentira que dura cuarenta minutos no es una mentira, es una manera peor de decir la verdad.

—Mi hermano murió allí en 2014 —dijo—. Es mi pueblo, Dana. Nací allí.

El silencio al otro lado fue de los que se oyen.

—Ay, Rebeca.

—Ya.

—No puedo dejarte en esto. Lo sabes. En el momento en que eso está por escrito, cualquier cosa que toques la defensa la usa para tirar el caso entero, y con razón.

No es que yo no quiera. Es que no puedo, y si pudiera tampoco debería.

—Hablaba deprisa ahora, porque era lo único amable que le quedaba, acabar rápido—.

Te retiro del apoyo consultivo desde hoy. Te vuelves. ¿Cuándo puedes estar aquí?

Rebeca miró la habitación siete. La caja en el suelo. Las fichas en la colcha. Tom y Ethan y Sarah en fila.

—Tengo muchos días libres acumulados —dijo—. Quiero cogerlos ahora.

—Rebeca.

—No te estoy pidiendo permiso para trabajar el caso, Dana. No hay caso mío que trabajar, me acabas de retirar. Te estoy diciendo que estoy quemada y que me voy a tomar unas vacaciones, y da la casualidad de que las quiero pasar en el pueblo donde nací. Eso no me lo puedes negar.

Otro silencio.

—No —dijo Dana, muy despacio, entendiéndolo todo—. Eso no te lo puedo negar.

Colgaron.

Después pensó en quién había llamado a la fiscalía, y pensó en Gordon Vance: en la casa de piedra, en el abogado a los cuatro minutos, en un hombre con dinero y apellido y todos los teléfonos del condado en la memoria, un hombre al que ella había ido a remover la muerte de su hijo y que la había echado con una llamada limpia y elegante que no dejaba huellas.

Tuvo que ser él. Solo él tenía el número y el motivo.

Y le dio, por un momento, la sensación buena de tener un enemigo con cara, y se agarró a ella, porque era lo único sólido que le quedaba.

Porque de lo demás no le quedaba nada. Se quedó sentada en la cama, retirada, sola, sin placa que enseñar y sin puerta que le abrieran, convertida en lo que era de verdad y había fingido no ser desde que cruzó el cartel: una mujer de Ashbrook que había vuelto por su hermano, y que ahora no tenía ni la excusa del trabajo para estar allí.

Solo el pueblo. Solo ella y el pueblo, sin nada en medio.