Las cenizas de Ashbrook 23
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El informe tardaba dos semanas, y a mitad de la espera, con los días vacíos sentándole mal, Rebeca cogió el coche y fue al molino, porque era el único sitio de Ashbrook al que no había vuelto todavía, y sabía por qué no había vuelto, y fue de todas formas.

Se sentó en el borde del hormigón, donde el ladrillo daba sombra, y se sacó del bolsillo interior de la cazadora un cigarro suelto, un poco aplastado, que llevaba ahí desde hacía semanas.

Fumaba tres veces al año, siempre así, un cigarro que compraba de uno en uno o le pedía a alguien y guardaba para cuando le hiciera falta, y aquella era una de las tres.

Aquí había muerto Tom.

No en aquel rectángulo exacto, sino más allá, en la parte que ella nunca pisaba, y no la pisó tampoco aquella tarde: se quedó en el borde, como se queda uno en el borde de una cama de hospital.

Doce años y todavía no era capaz de andar por encima del sitio.

Se fumó el cigarro mirándolo desde lejos, y pensó en Tom, y pensó en Ethan Vance, que había aparcado ahí fuera una noche de marzo, en ese mismo camino, y había mirado estas mismas paredes con fentanilo en la sangre.

Los dos aquí. Su hermano y el chico de los Vance, con doce años de diferencia, en el mismo sitio.

Tenía que significar algo. En su cabeza, aquella tarde, significaba que el molino era el altar, que era donde el pueblo traía a los suyos, que la Asociación llevaba trescientos años usando aquellas cuatro paredes para lo que usaban las cuatro paredes, y que ella estaba sentada en el centro exacto de todo.

Y en cierto modo lo estaba. Estaba sentada en el sitio, sobre el hormigón, y el gris estaba ahí —bajo sus zapatos, mezclado con la tierra, el mismo gris de siempre, el de las uñas de Sarah y el de las fotos de Tom y el de la caja del maletero—, estaba ahí abajo en cantidades que ella no podía imaginar, y ella estaba sentada encima buscando un altar en el aire.

Porque eso hacía: miraba el rectángulo vacío, las cuatro paredes, la chimenea, el cielo abierto por donde se había caído el piso de arriba, y en todo aquel vacío buscaba la señal de una liturgia.

Buscaba arriba. Y lo que fuera que había hecho de aquel sitio lo que era no estaba arriba, en el aire donde ella miraba, sino abajo, en el suelo que pisaba y del que llevaba doce años sin querer levantar la vista.

Rebeca apagó el cigarro contra el ladrillo.

Se levantó, se sacudió la tierra del pantalón —la tierra, el gris, todo—, y volvió al coche pensando en altares.