18
El instituto en agosto era un edificio dormido.
Olía a cera de suelo y a producto de limpieza, y los pasillos estaban a oscuras: las luces iban por tramos y solo se encendían las del tramo donde había alguien, y Rebeca fue encendiendo y apagando su propio camino, tramo a tramo, como quien avanza por una casa que no es la suya.
La habían dejado entrar porque llamó al director, que estaba de vacaciones en Wells, Maine, y que le dijo por teléfono que hablara con Arne, el conserje, que estaba encerando el gimnasio.
Arne tenía una llave de todo y ninguna prisa, y la acompañó sin preguntarle qué buscaba: a un conserje de instituto lo que menos le sorprende del mundo es que alguien venga a buscar algo en agosto.
Buscaba el trabajo de Sarah.
Si Sarah y Ethan habían averiguado algo sobre el pueblo, estaba en ese trabajo, y el trabajo era un panel de feria de historia, cartón pluma y fotocopias y fotos pegadas, la clase de cosa que no se destruye porque a nadie se le ocurre que valga nada.
No estaba.
No estaba en el aula de la señora Dell, ya vaciada para el verano.
No estaba en el almacén de material, donde Arne guardaba en estanterías rotuladas los proyectos que los críos no recogían.
No estaba en el archivo del gimnasio, con los premiados de otros años.
Arne miró en los tres sitios con ella, y en un cuarto que se le ocurrió, y se rascó la cabeza.
—Estaría aquí —dijo—. Lo de esa chica estaría aquí.
—¿Quién entra a estos sitios?
—Los profesores. Yo. —Arne se encogió de hombros—. La gente del pueblo, si tiene que venir. Esto no es Fort Knox. Aquí entra a votar medio Ashbrook dos veces al año, el gimnasio es el colegio electoral. Entra y sale gente.
Entra y sale gente.
Rebeca lo apuntó, y lo apuntó como una dificultad —demasiadas personas con acceso, imposible acotar—, cuando era justo lo contrario: era la respuesta.
En un edificio por el que pasaba medio pueblo, nadie recordaría haber visto a nadie llevándose una cartulina.
No hacía falta forzar una puerta. No hacía falta un plan.
Hacía falta ser una cara conocida un día entre semana, y en Ashbrook todas las caras eran conocidas.
Se fue con las manos vacías.
Y aquí hay que dejar a Rebeca un momento, bajando la escalera principal, apagando tramos a su espalda, para decir una cosa que ella no supo aquella tarde ni en muchas tardes.
El trabajo de Sarah Koski no estaba en un panel de cartón.
O no estaba solo. Una chica que iba para historiadora en 2026 no guarda su trabajo en cartulinas: lo guarda en un archivo, y el archivo estaba en el portátil que el instituto le había prestado en septiembre, y ese portátil no se lo había llevado nadie, porque a nadie se le había ocurrido que «un trabajo de clase» pudiera ser otra cosa que un panel.
Estaba en el segundo piso, en el armario de material, en un carrito de carga con otros diez, apagado, con el nombre de Sarah en una etiqueta.
Rebeca pasó por debajo, por el vestíbulo, a cuatro metros en vertical del único sitio de Ashbrook donde seguía escrito lo que Sarah había averiguado.
No subió. No tenía ninguna razón para subir: buscaba una cartulina.
La buscaba porque un trabajo de clase es una cartulina, eso lo sabe todo el que tenga edad para haber hecho los suyos en cartulina, y por esa misma certeza tan razonable y tan vieja quien mató a Sarah se había llevado un panel y había dejado intacto, a cuatro metros, lo único que de verdad importaba.
Salió a la tarde de agosto pensando en las cartulinas que se pierden y en la gente que entra y sale, condujo hasta el motel con las ventanillas bajadas, y aquella noche durmió mal y no supo por qué.