17
Sarah Koski y Ethan Vance se habían conocido en un sitio, uno solo, y a Rebeca le costó cuatro días encontrarlo porque era el sitio más inocente del mundo.
No lo encontró preguntando por Ethan ni preguntando por Sarah.
Lo encontró preguntando por Sarah a la gente que no era policía: la bibliotecaria, la mujer del comedor, la profesora que le había dado historia dos años.
La profesora se llamaba Ruth Dell, tenía sesenta años y estaba pasando el verano vaciando su aula porque se jubilaba, y habló con Rebeca entre cajas de libros con la misma necesidad de hablar que había tenido Marja Koski, porque a los muertos jóvenes se les llora hablando.
Fue la señora Dell la que dijo, sin darle importancia, buscando un trabajo que quería enseñarle y que no encontraba, que Sarah era de las mejores que había tenido, que iba para historiadora, que ya el año pasado en la feria había hecho un trabajo que daba miedo de bueno.
—¿La feria?
—La de historia. La de la primavera. —La señora Dell seguía buscando en una caja—. La monta el instituto todos los años. Se expone en el gimnasio. Viene el alcalde, sale la foto en el Sentinel . La paga el fondo, como todo.
Como todo. Rebeca ya había dejado de oír esa frase, de tantas veces.
—¿Y el trabajo de Sarah de qué era?
La señora Dell dejó de buscar un segundo.
—Del pueblo —dijo—. De cosas del pueblo. —Y volvió a la caja, y no encontró lo que buscaba, y se disculpó.
De cosas del pueblo. Palabra por palabra lo que le había dicho Marja Koski en una cocina, dos semanas antes, encogiéndose de hombros.
Dos mujeres que habían querido a Sarah, la misma frase, el mismo gesto de dejarlo ahí.
A Rebeca le pareció una manera de hablar.
En Ashbrook todo era «cosas del pueblo».
Lo del mentor lo sacó de las actas del programa, que estaban en una carpeta del despacho de orientación que le abrió un conserje.
Ethan Vance iba un curso por delante de Sarah: él terminaba, ella tenía uno más por delante.
Ethan había ganado la feria el año anterior —un trabajo sobre las papeleras del Nashua, decían, aunque el panel no estaba en el archivo del gimnasio, donde se guardaban los premiados, y en su ficha alguien había escrito retirado y una fecha— y por eso lo habían puesto de mentor, que era un programa por el que los mayores apadrinaban a uno de los pequeños y le ayudaban con el proyecto, y que quedaba bien en las solicitudes para la universidad.
Le habían asignado a Sarah Koski.
Un chico de dieciocho años, hijo del presidente del fondo, que había ganado una feria con un trabajo sobre las papeleras y cuyo trabajo ya no estaba.
Una chica de diecisiete, bisnieta de un hombre que se quemó en una de esas papeleras.
Emparejados por un programa de méritos para el expediente.
Trabajando juntos desde febrero en un trabajo de historia sobre el pueblo que Sarah no le enseñaba a nadie y que la señora Dell no encontraba.
Los dos muertos en el mismo año. Él en marzo. Ella en julio.
Rebeca lo apuntó en la libreta, debajo de contable y de orgullo y de buena chica , y lo que apuntó, por una vez, no era una pieza suelta: encajaba con otra.
Eran dos piezas, y encajaban, y eso la despertó del todo.
Los estaban matando de dos en dos, pensó. Los que se acercaban. Un chico y una chica que habían averiguado algo juntos sobre el pueblo, apagados con cuatro meses de diferencia, y detrás una mano paciente y antigua que llevaba trescientos años decidiendo quién sobraba.
Se durmió con la libreta abierta encima del pecho, por primera vez en su vida contenta de tener razón.