16
Los Vance vivían en Ridge, en la parte alta, en una casa que no era de este pueblo. La habían construido en los años veinte los dueños de la fábrica y tenía la piedra oscura y las ventanas de guillotina y un camino de grava que crujía a propósito, para que dentro se enteraran de que subía un coche.
Le abrió una mujer que no era de la familia y la dejó en un recibidor con un reloj de pie.
Gordon Vance tenía sesenta y seis años, presidía el fondo y era el padre de Ethan, y bajó la escalera despacio, con un jersey de lana gruesa y unos zapatos buenos sin cordones, del tipo que se pone un hombre que ya no tiene ninguna razón para atarse nada por la mañana.
—Agente Graves.
—No soy agente, señor Vance. Asesoro. Y le acompaño en el sentimiento.
—Ya me lo han dicho. Las dos cosas.
La llevó a una sala con chimenea apagada y dos butacas y no le ofreció nada.
Se sentó enfrente, muy derecho, con las manos en las rodillas, y esperó, y Rebeca vio en dos segundos que aquel hombre había ensayado estar sentado así.
Que llevaba cuatro meses sentándose así. Que era lo único que le quedaba.
—Su hijo —empezó ella.
—Mi hijo no se drogaba.
Lo dijo sin levantar la voz y sin mirarla, mirando la chimenea, y fue lo único que dijo en toda la visita que no parecía dicho desde detrás de un cristal.
—Lo cerraron como sobredosis —siguió—. Con lo que dijimos su madre y yo, que estábamos rotos y firmamos lo que nos pusieron delante, y no volví a levantar la cabeza en el Big Y desde marzo, porque en este pueblo el hijo de los Vance se murió de una sobredosis y eso es lo que va a poner en la lápida aunque yo sé que no.
—Se giró—. ¿Usted por qué ha venido a mi casa?
—Porque su hijo y Sarah Koski se conocían.
Y ahí Gordon Vance se quedó muy quieto, y a Rebeca le pareció, por un momento, que había tocado algo.
Después cogió el teléfono de la mesita, marcó un número que se sabía de memoria y dijo, sin apartar los ojos de ella:
—Frank. Ven a casa. Hay una del FBI.
Colgó.
—Frank Sedgwick es mi abogado. Hasta que llegue no le voy a decir nada más, y no es porque tenga nada que esconder, agente.
Es porque en este pueblo enterré a mi hijo con un titular que era mentira por firmar un papel sin que hubiera un abogado en la habitación, y no lo vuelvo a hacer.
Ni por usted, ni por nadie, ni por la Koski, que Dios la tenga en su gloria.
Rebeca había nombrado a Sarah Koski cuatro minutos antes. Cuatro. Los había contado sin querer, como contaba estas cosas, y le pareció que un hombre que tarda cuatro minutos en llamar al abogado es un hombre que tenía el número marcado desde el principio.
No esperó a Frank. No tenía nada que esperar: la visita se había terminado en el momento en que Gordon cogió el teléfono, y los dos lo sabían.
Se levantó, le dio las gracias que no le debía y salió sola al recibidor, y de allí a la grava, convencida de una cosa: que aquel hombre escondía algo, que lo escondía detrás de un abogado y de un jersey de luto, y que ella lo iba a encontrar.
Bajó el camino que crujía a propósito, para que dentro se enteraran de que se iba un coche.