Las cenizas de Ashbrook 15
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El expediente de Ethan Vance lo había leído por aburrimiento. Lo volvió a leer por otra cosa.

Ahora tenía un caso —el suyo, el de las dos de la mañana— y el caso necesitaba una segunda víctima, y Ethan Vance encajaba en la fila de la colcha entre Tom y Sarah como si lo hubieran cortado a medida, así que Rebeca extendió las ochenta y una páginas por el suelo de la habitación siete y se sentó en medio a leerlas como no las había leído la primera vez.

Fentanilo. Un chico de dieciocho años que, según el instituto, no consumía; según los padres, sí. Cerrado con la versión de los padres.

El teléfono no había aparecido.

La primera vez eso le había parecido una línea administrativa.

Ahora le parecía un hueco. No se localiza el teléfono móvil del fallecido.

No lo habían buscado —no había caso, y sin caso no se busca nada—, pero un chico de dieciocho años no va a ninguna parte sin el teléfono, y menos a un sitio a las diez de la noche, y menos al camino del molino, y el teléfono no estaba en el coche, ni en su cuarto, ni en la casa, ni en el registro de la operadora que nadie había pedido.

Alguien se lo había llevado. O Ethan lo había dejado en un sitio. O las dos cosas.

Y luego estaba el asiento.

Rebeca leyó las tres frases de Nelson por cuarta vez. El asiento del conductor se encuentra desplazado hacia atrás en su guía. El fallecido medía 1,73 m. Consultado el padre, manifiesta que el vehículo era de uso exclusivo del fallecido.

Un chico de metro setenta y tres. Un asiento echado atrás del todo, para las piernas de alguien más alto. Un coche que solo usaba él.

Alguien más grande se había sentado en el asiento del conductor, y lo había echado atrás para caber, y no lo había vuelto a poner.

Alguien que no tenía por qué caber en aquel coche había conducido aquel coche, o se había sentado en aquel coche, la noche que Ethan Vance murió mirando al molino con fentanilo en la sangre.

En la fila de la colcha, entre Tom y Sarah, la persona más alta que se había sentado en aquel coche era la mano del pueblo, la que administraba las ofrendas, la que ella llevaba doce años persiguiendo.

Rebeca se durmió aquella noche buscando a un hombre grande: alguien con la estatura, con el acceso al fentanilo, con un motivo para elegir al hijo del presidente del fondo.

En el sótano del ayuntamiento, a cuatro metros de la caja catorce, un secretario municipal de un metro ochenta y seis se agachaba cada mañana al pasar la puerta de 1889, porque las puertas de 1889 son bajas.

Le ponía a Rebeca un café que estaba muy bueno.

Le preguntaba si necesitaba algo del incendio, que se lo sacaba.

Rebeca dobló las ochenta y una páginas en su carpeta.

Se había sentado alguien más alto que Ethan en aquel coche. Era poco, pero por primera vez en doce años era poco de algo, y no de nada: un cuerpo grande donde no debía haberlo. Guardó la carpeta en la fila de la colcha, entre Tom y Sarah, y se durmió pensando en hombres altos.