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Nelson lo vio primero y se quedó quieto medio segundo, con la llave todavía en la cerradura, y a Rebeca le bastó ese medio segundo para entender que a Nelson Rivera, que no le tenía miedo a nada, sí le tenía un poco de miedo a aquel coche.
Doyle bajó la ventanilla.
—Rivera, vete a casa. Entras a las tres, duerme algo.
—Jefe, yo la...
—Vete a casa, Nelson.
No lo dijo con dureza. Lo dijo con esa cosa que tenía Doyle de cerrar las puertas despacio, y Nelson miró a Rebeca, y Rebeca le hizo un gesto mínimo con la barbilla, y Nelson se fue en su coche, y no eran ni las cinco y media.
Doyle no le dijo que subiera. Le señaló el asiento del copiloto con dos dedos, sin levantar la mano del volante, y Rebeca dio la vuelta al coche y subió.
Olía a café frío y a perro. En el asiento de atrás había un chaleco reflectante y una caja de folletos de la campaña de detección de radón del condado.
Estuvieron un rato callados mirando el aparcamiento vacío.
—No lo voy a poner en ningún sitio —dijo Doyle—. Lo del sótano. No ha pasado.
—Vale.
—Pero no vuelvas a meter al chaval en esto.
Y ahí Rebeca lo miró, porque no había dicho no vuelvas a hacerlo , ni no tienes autorización , ni esto es una investigación de la fiscalía y tú eres una asesora de permiso que se dedica a allanar edificios municipales de noche , todo lo cual era verdad y todo lo cual él tenía derecho a decir.
Había dicho no vuelvas a meter al chaval .
Estaba protegiendo a Nelson. No a ella. No al caso. A Nelson.
—Emmett, ¿por qué me cubres?
Era la primera vez que lo llamaba Emmett. Le salió sin pensar, a las cinco y media de la mañana, sin dormir, y en cuanto lo dijo se dio cuenta de que lo había dicho, y él también se dio cuenta, porque giró un poco la cara hacia la ventanilla.
—No te cubro —dijo Doyle—. Te vigilo. Es distinto.
—No es distinto.
—Para mí sí.
Y no dijo más, y Rebeca leyó en aquel silencio lo que llevaba doce años preparada para leer en cualquier silencio de aquel hombre, que era culpa.
Doyle había estado allí en 2014 —era el jefe, claro que había estado—, había firmado el papeleo local, había dejado que el pueblo lo llamara suicidio, y ahora la vigilaba porque no podía mirarla de frente.
Eso leyó. Encajaba con todo. Era coherente y era limpio, y se agarró a ello como se agarraba a todo aquel verano: con las dos manos y por el lado que cortaba.
—Vete a dormir tú también —dijo él—. Estás gris.
Rebeca abrió la puerta.
—El chaval es buena gente —dijo Doyle, mirando al frente—. No lo quemes.
Y esa palabra — quemes — se quedó flotando en el coche un segundo, sin que ninguno de los dos supiera por qué pesaba tanto. Después Rebeca bajó del coche, y Doyle arrancó, y no se dijeron buenas noches.