13
Fue Nelson Rivera quien le abrió el sótano, a las dos de la mañana de un viernes, sin decírselo a nadie.
Aquella noche fue solo un hombre joven abriendo una puerta.
Rebeca no había planeado pedírselo. Lo que había planeado era seguir esperando —el sobre de Amherst, el permiso de Doyle, la buena voluntad de Bergeron—, seguir pidiendo las cosas por el conducto y recibiéndolas por el conducto, tres cajas cada vez, del hombre amable del sótano.
Pero llevaba una semana con una cosa en la nuca que no sabía nombrar, y la cosa era esta: que todo lo que sabía se lo habían dado.
Que no había mirado nada por sí misma. Que en todo aquel tiempo no había abierto una sola caja que no le hubiera puesto delante Walter Pike.
No era una sospecha. Era más viejo que una sospecha. Era el instinto de una persona a la que están llevando de la mano y que no sabe adónde, y que un día, sin decidirlo del todo, planta los pies.
Se lo dijo a Nelson en el aparcamiento del Cumberland Farms, a las once de la noche, porque era el único de los ocho que no le decía sí, jefe , y porque era el que había escrito tres frases sobre un asiento que nadie leyó, y porque un instinto reconoce a otro.
—Quiero mirar el sótano sin que me lo enseñe él —dijo.
Nelson la miró un momento largo, con el café en la mano, apoyado en el coche patrulla.
—¿Sin Pike?
—Sin nadie.
—Ya. —Dio un sorbo—. ¿Y qué busca?
—No lo sé.
Y a Nelson Rivera aquello, contra todo pronóstico, le pareció una buena respuesta. Asintió despacio, como si no lo sé fuera exactamente la contraseña que estaba esperando, y tiró el vaso a la papelera.
—Tengo llave —dijo—. Yo cierro los martes y los viernes. —Se subió al coche—. A las dos. Aparque detrás, en el de empleados, que ahí no da la cámara del banco.
Y se fue, y Rebeca se quedó de pie en el aparcamiento pensando que aquel hombre acababa de decirle dónde no daba la cámara del banco sin que ella se lo preguntara, lo cual quería decir que ya lo había pensado, lo cual quería decir que llevaba tiempo esperando a que alguien se lo pidiera.
Tenía razón.
Y pensó también, de pie en el aparcamiento, lo que le iba a hacer a aquel chaval si esto salía mal. Un ayudante que mete a una federal de excedencia en un edificio municipal a las dos de la mañana no pierde una amonestación: pierde la placa. Lo sabía perfectamente.
Y a las dos de la mañana estaba allí.
El sótano de noche era el mismo sótano, con el techo bajo y el olor a papel, pero sin el flexo encendido por Pike y sin la taza de café y sin la voz de Pike explicando qué era cada cosa, era otra cosa: era cuatrocientas cajas y dos personas y una sola bombilla de las de tirar del cordel.
Estuvieron tres horas.
Y no encontraron nada, porque no había nada que encontrar, porque Walter Pike no escondía nada en aquel sótano y le habría enseñado cualquier caja de las cuatrocientas sin que le temblara la voz.
Abrieron la catorce y era el incendio. Abrieron la veintidós y eran las nóminas.
Abrieron actas de plenos de 1950 y padrones de 1890 y licencias de obra y un libro de la comisión de cementerios con la letra de cuatro secretarios distintos, y todo estaba donde tenía que estar, y nada tenía candado.
Y a la hora y media Rebeca pensó una cosa y la apartó, porque no sabía dónde ponerla: que un hombre que no cierra nada con llave es un hombre que no tiene miedo de este sótano.
Lo que sí pasó, pasó entre dos cajas, a las cuatro de la mañana, cuando ya estaban cansados y hablaban bajo aunque no había nadie a quien despertar.
Nelson estaba sentado en el suelo con la espalda en una estantería, pasando hojas de un padrón sin mirarlas.
—Mi abuela no cobró —dijo.
Rebeca levantó la vista.
—¿Qué?
—Del fondo. —Seguía pasando hojas—. Todo el mundo cobra del fondo.
Usted cobró, seguro, la beca o algo. Los Koski cobran.
Los Thibodeau cobran. Todo Ashbrook cobra del fondo menos nosotros, porque mi abuela dijo que no en el setenta y cuatro y lo siguió diciendo hasta que se murió, y mi padre respetó lo que dijo su madre, y aquí estoy yo, cerrando el ayuntamiento a las dos de la mañana por catorce dólares la hora.
Lo dijo sin drama. Lo dijo como se dice una cosa que llevas dentro tanto tiempo que ya no pesa, que solo ocupa.
—¿Por qué dijo que no? —preguntó Rebeca.
Nelson se encogió de hombros.
—No lo sé. Orgullo. —Cerró el padrón—. Cosas de viejos.
Y cambió de caja.
Rebeca oyó orgullo de familia. Oyó una historia bonita y triste de una mujer terca, de las que tiene todo el mundo, la abuela que no se doblegó, el antepasado con principios. Archivó orgullo junto a buena chica y contable y todo lo demás que le habían regalado y que no sabía leer.
Y no tiró del hilo, porque no vio que hubiera hilo. Una vieja que rechazó una ayuda por cabezonería no es un caso: es una vieja. Cambió de caja ella también.
Salió el sol sobre el aparcamiento de empleados a las cinco y diez.
Y Emmett Doyle estaba sentado en su coche, con el motor apagado, esperando.
Llevaba un rato.