9
La casa de la calle Sheldon era más pequeña.
No se acordaba de que fuera pequeña. Se acordaba de una escalera larga y de un pasillo, y la escalera tenía once escalones y el pasillo eran cuatro metros, y llevaba doce años acordándose mal.
—Está abierto —dijo su madre desde dentro.
Diane Graves tenía cincuenta y ocho años. Estaba en la cocina con las gafas puestas y un catálogo abierto, y no se levantó, y no dijo hola.
—Hola, mamá.
—Ya sabía que estabas aquí.
—Ya me imagino.
—Te vio entrar Bev. El jueves. —Pasó una página—. A las siete y media, dijo.
Rebeca se quedó de pie. Después se sentó, porque quedarse de pie era peor.
Dejó las llaves del coche encima de la encimera. Había un papel y lo apartó con el canto de la mano para hacer sitio, y en el gesto lo leyó sin querer, porque para eso la habían entrenado: un cheque del Ashbrook Community Trust, doscientos diez dólares, boca arriba.
Volvió a mirar a su madre y no dijo nada del cheque.
Diane tampoco. Estaba boca arriba encima de la encimera, entre el salero y un montón de cupones, y a Diane no le importaba que estuviera ahí ni que su hija lo hubiera tocado, y esa fue la primera cosa de la casa que a Rebeca le pareció rara y que no supo por qué.
Hablaron ocho minutos de la rodilla de una tía.
—¿Cuánto te quedas?
—No lo sé.
—Ya.
Y ahí Diane cerró el catálogo, y se quitó las gafas, y por primera vez la miró.
—No vuelvas a remover eso.
—No he dicho nada.
—No hace falta que digas nada, Rebeca. Llevas doce años sin decir nada.
—Lo dijo sin subir la voz. En esta casa nunca se subía la voz; era otra cosa lo que se hacía—.
Te fuiste. Muy bien. Yo me quedé. Y yo he tenido que ir al Big Y todos los jueves durante doce años, y saludar, y que me pregunten, y decir que estoy bien.
Tú te lo llevaste a Virginia y allí lo tienes en una caja y allí puedes hacer con él lo que te dé la gana. Yo me lo tuve que quedar aquí.
Rebeca no dijo nada.
—Y ahora vuelves —dijo Diane— y se van a poner todos otra vez.
—He venido por una niña de diecisiete años.
Y su madre la miró un segundo largo, con una cara que Rebeca no supo leer y que se quedó sin leer, porque las dos apartaron la vista a la vez.
—Ya —dijo Diane.
Rebeca lo intentó una vez. Una.
—Aquel otoño —dijo—. Antes. ¿Estaba raro?
—Estaba bien.
—Mamá.
—Estaba bien. —Diane se levantó y llevó la taza al fregadero, de espaldas—. Estaba raro pero estaba bien. Tenía diecinueve años, todos están raros. Se pasaba el día en el ayuntamiento con no sé qué proyecto y venía a cenar y comía. Comía bien. Estaba bien.
Abrió el grifo.
—No hubo nada, Rebeca. Eso es lo que nunca has querido oír. No hubo nada.
Y siguió fregando la taza.
Lo había dicho en el medio de una frase sobre la cena, para quitársela de encima: se pasaba el día en el ayuntamiento . Con no sé qué proyecto. Y venía a cenar, y comía bien.
Rebeca oyó estaba bien .
Y no oyó ayuntamiento .