10
—Eso te lo cuenta Lyle —dijo Pike—. Yo te lo cuento mal. Vive en Prospect, a dos calles.
Lyle Hatcher tardó once minutos.
Llegó con una camisa de manga corta metida por dentro y las llaves en la mano y sin resuello, y le dio la mano con las dos manos, y Rebeca entendió en el primer segundo que a aquel hombre no le preguntaba nadie por el mural desde hacía muchísimo tiempo.
—¿Le ha dicho Walter que soy el guía? —Se rió—. Soy el guía. Hago tres visitas al año. Dos son de octubre y una es un autobús de Springfield que se equivoca de salida.
Tenía sesenta y tres años y había dado historia en el instituto durante treinta y uno.
El mural estaba en la pared norte del vestíbulo y era grande, cuatro metros por dos y medio, y Rebeca había pasado por delante dos veces sin mirarlo.
Lo miró.
Era una pintura de 1978 y se le notaba en todo: los colores terrosos, las figuras planas, esa manera de dibujar de los murales cívicos americanos de aquella década, que era una manera de dibujar que quería parecerse a los años treinta y no se parecía.
Estaba dividido en tres. A la izquierda, un grupo de hombres y mujeres con ropa oscura saliendo de un pueblo que ardía al fondo.
En el centro, un bosque y un arroyo. A la derecha, una hoguera.
—Mil seiscientos noventa —dijo Hatcher, y se puso al lado, y empezó.
Y lo hizo bien.
Salieron de Salem. No los que ahorcaron ni los que ahorcaron a los que ahorcaron: los que se fueron.
Los que vieron aquello y dijeron que no, y se metieron ochenta kilómetros al oeste en el bosque y fundaron un sitio donde no volviera a pasar.
Y para que no volviera a pasar hacía falta que el pueblo estuviera en equilibrio.
Y para que el pueblo estuviera en equilibrio, cada cierto tiempo, hacía falta algo.
—La Asociación de Ceniza —dijo Hatcher—. Los Protectores. Ellos deciden cuándo y ellos deciden quién. Nunca es al azar. Eso es lo importante y es lo que la gente no entiende: nunca es al azar. Es una ofrenda.
Lo contaba como se cuenta una cosa que se lleva contando cuarenta años. Con las pausas puestas. Con el chiste puesto en el sitio donde va el chiste.
Rebeca lo escuchaba con el pulso a ciento veinte.
Porque aquí estaba. Aquí estaba el marco. Doce años de una caja de cartón y de cuarenta y una noches en un molino, y llevaba dos días en el pueblo y un profesor de instituto jubilado se lo estaba contando gratis en un vestíbulo con moqueta.
—¿Y el festival?
—Tercer fin de semana de octubre. —Hatcher se encogió de hombros—. Hay una carroza. Hay camisetas. Se venden bastante bien, la verdad, y con eso se paga la banda.
En el tercio derecho, alrededor de la hoguera, había un corro de figuras encapuchadas de espaldas, con las manos hacia las llamas.
—Mi padre las pintó una a una —dijo Hatcher.
—¿Su padre?
—Cyrus. —Señaló abajo a la derecha con la barbilla—. Ahí está.
Y ahí estaba, en la esquina, en letra pequeña y marrón:
C. HATCHER, 1978
—Era pintor de rótulos —dijo Hatcher—. Toda la vida. Suyo es el de Gagnon, el de la valla del campo, ese que está ahí desde que yo era crío. Y cuando llegó el bicentenario le dijeron que hiciera algo para el vestíbulo y estuvo un verano entero subido a un andamio. Yo le llevaba la comida.
Rebeca lo miró.
Lyle Hatcher estaba mirando el mural con las manos cruzadas por delante y estaba nervioso.
Le vibraba algo en la mandíbula. Llevaba diez minutos hablando muy deprisa y ahora se había parado, y era un hombre de sesenta y tres años delante de un cuadro que había pintado su padre, y a Rebeca le pareció que era vanidad.
—Se pintó justo después de lo de la fábrica —dijo Hatcher—. Del setenta y uno. Aquí hubo un incendio en el setenta y uno, en la papelera, y murió gente. —Se movió un poco—. Y en el setenta y ocho el pueblo necesitaba otra cosa de la que hablar, y mi padre pintó esto, y funcionó.
Rebeca no se movió.
Acababa de oír la novela entera en una frase subordinada, en un vestíbulo, de pie, a las once de la mañana de un sábado, y lo que le pareció fue que aquel señor estaba dando una fecha.
—¿Y es verdad? —dijo—. Lo de la Asociación.
Hatcher tardó en contestar.
—Aquí hay gente que sí lo cree —dijo.
Se dieron la mano. Le dio las gracias tres veces. Ya en la puerta, con las llaves otra vez en la mano, se volvió.
—Lo restauraron en 2009 —dijo—. Se había ido el azul. Lo pagó el fondo.
—¿Qué fondo?
Y Lyle Hatcher la miró un segundo con una cara rarísima, la cara del que no sabe si le están tomando el pelo, muy parecida a la que le había puesto Marja Koski el viernes en una cocina cuando la vio apuntar lo del cheque, y luego se le pasó y sonrió.
—El del pueblo —dijo—. El fondo del pueblo.
Y se fue.