8
El sótano del ayuntamiento tenía el techo bajo y olía a papel, que es un olor que la gente cree que conoce y no conoce.
—Cuidado con el escalón —dijo él—. Ese sí que mata.
—Aquí tiene el pueblo entero —dijo Pike.
Y era verdad.
Cuatrocientas y pico cajas en estanterías metálicas, de 1764 a anteayer, con las etiquetas escritas a mano y el índice en un fichero de madera.
Actas de plenos. Padrones. Licencias de obra.
Cementerios. Escuelas. Los libros de la fábrica, que acabaron aquí en el setenta y seis cuando se disolvió la sociedad y no había dónde ponerlos.
—¿Necesito una autorización?
Pike se paró.
—¿Para qué?
—Para esto.
—Es documentación pública, agente Graves.
—Lo dijo despacio, sin retintín ninguno, como se le explica a alguien una cosa que a lo mejor no tiene por qué saber—.
Puede venir usted, puedo venir yo, puede venir el señor Kaskinen a mirar por qué le sube el agua.
Está abierto de nueve a cuatro y los martes hasta las seis. Tarde lo que quiera.
Le sacó tres cajas. Las bajó de la estantería él, una a una, y las puso en una mesa que tenía un flexo, y encendió el flexo.
Una era la catorce.
—Ahí está lo de la fábrica —dijo—. Lo que quedó. Si quiere las nóminas de los años setenta están en la veintidós, que es un desastre, pero se las saco.
—No hace falta.
—Cuando haga falta.
Y lo decía en serio.
Ese es el hecho.
En aquel sótano no había un solo candado. No había una caja cerrada, no había un registro de consultas, no había nada que Walter Pike no le hubiera puesto encima de aquella mesa aquella mañana si ella se lo hubiera pedido.
Le habría sujetado la escalera.
—Yo le firmé una carta —dijo Pike, ya subiendo.
Rebeca se giró.
—¿Cómo?
—En 2010. Para Georgetown. —Se paró en el escalón y se puso la mano en la barandilla, y lo dijo sin peso ninguno, como se dice que ha llovido—. Me lo pidió su tutora. Yo firmaba todas, la verdad. Firmaba diecisiete al año. Pero de usted me acuerdo porque puse una cosa que no ponía en las otras.
—¿Qué puso?
—No me acuerdo —dijo Pike, y siguió subiendo.
Le dio su tarjeta en la puerta.
Era de cartulina barata y tenía tres líneas debajo del nombre.
WALTER R. PIKE Secretario Municipal Secretario, Ashbrook Community Trust Secretario, Comisión de Cementerios
Rebeca leyó la primera y la tercera.
Llevaba dos días en el pueblo. Se lo había nombrado la cajera del Cumberland Farms, se lo había nombrado un agente en el pasillo, se lo había nombrado Marja Koski poniéndole café.
En Ashbrook había dos mil novecientas personas y todas y cada una de ellas le iban a decir lo de tu hermano tarde o temprano, porque eso es lo que hace un pueblo, y no lo hacen por crueldad: lo hacen porque es lo único que se les ocurre.
El único hombre de Ashbrook que no le nombró a Thomas Graves fue Walter Pike.
Rebeca lo notó. Lo notó perfectamente, en la puerta, con la tarjeta en la mano.
Y pensó: qué tacto.
Y se lo agradeció en el alma.