Las cenizas de Ashbrook 5
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La casa de los Koski estaba en la parte alta, en Ridge, en la parte que no da al arroyo, y era una casa de madera pintada de gris con una rampa nueva en la entrada que no llevaba a ninguna parte.

Abrió la abuela.

Marja Koski tenía sesenta y ocho años y le dio la mano y le dijo que pasara y le puso café antes de que Rebeca dijera nada, porque era viernes por la tarde y hacía cuatro días que le habían matado a la nieta y lo único que se puede hacer en una situación así es poner café.

El padre estaba en la cocina, de pie, y no se sentó en toda la visita. Erik Koski, cuarenta y cuatro años, camisa de trabajo. Dijo dos palabras en una hora y las dos fueron sí .

En el sótano se veía la puerta de la sauna. Estaba apagada.

Marja habló. Habló porque hablar era lo único que le quedaba, y habló bien, con esa manera que tiene la gente del norte del condado de contar las cosas terribles en el mismo tono con el que se cuenta el tiempo.

Que Sarah era la lista. Que en esta casa nadie había ido a la universidad menos ella, y que iba a ir. Amherst, en septiembre. Que tenía un trabajo de historia para entregar en septiembre y que llevaba con él desde abril y que no le dejaba leerlo a nadie.

—¿Sabe usted de qué era? —dijo Rebeca.

—Del pueblo. —Marja se encogió de hombros—. De cosas del pueblo.

Y siguió.

Que era buena chica. Que iba a ver a la bisabuela.

—¿A la bisabuela?

—A Aune. —Marja lo dijo como quien recuerda que hay que sacar la basura—. Mi suegra. Está en Templeton, en la residencia, y tiene noventa y cuatro años y está mejor que yo. Sarah iba todas las semanas.

—¿Desde cuándo?

—Uy. Desde abril, más o menos. Todos los martes. —Y a Marja se le rompió un poco la voz por primera y única vez, y fue por esto—: Ni yo voy todas las semanas. Iba ella.

Rebeca escribió buena chica en la libreta.

—Y este mes el cheque llegó el día siete —dijo Marja, más tarde, cuando ya estaban hablando de otra cosa—. Llega el cinco. Este mes, el siete. Un desastre, este año, en el ayuntamiento.

Lo dijo como se dice que el cartero viene tarde.

El cheque del fondo, el que llegaba a esta casa y a la de su madre y a casi todas las casas de Ashbrook, era una cosa tan de todos los meses que se podía uno quejar de que llegara con dos días de retraso sin bajar la voz y sin que a nadie de la cocina le pareciera raro.

Rebeca lo apuntó.

Y Marja la miró un segundo, con la cara del que no entiende por qué alguien apunta una cosa así, y luego se le pasó y siguió.

En la pared del pasillo había fotos. Marja la llevó porque Rebeca preguntó, y porque a la gente le gusta que le pregunten por las fotos.

La de arriba a la izquierda era en blanco y negro, un hombre con gorra y mono, de pie delante de algo grande y borroso que podía ser una máquina o podía ser una pared.

—Toivo —dijo Marja—. El bisabuelo de Sarah. Murió en la fábrica.

Y se quedó mirando la foto un momento más de lo que Rebeca esperaba, como se mira a la gente en las fotos cuando una lleva toda la vida pasando por delante de ellas.

—Ese era de los que escribían —dijo—. Toivo.

Su padre montó la cooperativa, la de los fineses, la del economato viejo de Mechanic Street, que ya no está.

Y él estaba suscrito al periódico, al de Fitchburg, el finés, que era socialista.

En esta casa se discutía. —Sonrió un poco—.

Se quejaba de todo por escrito, dice mi marido, que en paz descanse.

De la fábrica, del turno, del polvo. Cartas y cartas.

La única de esta familia que ha salido a él es la cría. —Se le fue la sonrisa—. Era.

Rebeca oyó a una abuela orgullosa de un muerto viejo, y lo archivó donde archivaba el folclore del pueblo, en la carpeta de las cosas bonitas que no le servían.

Un finés sindicalista muerto hacía medio siglo no encajaba en lo que ella había ido a buscar aquella semana, así que pasó a la boda de la foto siguiente con la misma atención con que Marja pasaba las suyas.

Marja se giró hacia la siguiente foto, que era una boda.