Las cenizas de Ashbrook 4
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En la primera planta estaba el registro civil. En la segunda, la sala de plenos. En el vestíbulo, un mural oscuro y grande, de esos que hay en todos los ayuntamientos y que nadie ha mirado nunca.

Rebeca pasó por delante sin mirarlo.

La policía de Ashbrook estaba al fondo de la planta baja, con puerta propia a la calle y un cartel de metacrilato. Doyle, dos sargentos, tres agentes a jornada completa y dos a media. Ocho personas, y ninguna de ellas llevaba el caso.

—Esto es de Bergeron —dijo Doyle.

Ray Bergeron era sargento detective de la Policía Estatal, unidad adscrita a la fiscalía del condado de Worcester, y estaba en la sala de atrás con la chaqueta en el respaldo y dos cajas de cartón encima de una mesa que no era suya.

Tendría cincuenta años. Le dio la mano con una cordialidad muy rápida y muy correcta y volvió a lo suyo.

En Massachusetts los homicidios son del fiscal. Los investiga la estatal. La policía del pueblo pone el edificio, el café y los nombres, y eso es exactamente lo que estaba haciendo Emmett Doyle desde el lunes.

—¿Puedo ver el informe de escena? —dijo Rebeca.

—Pídeselo a Doyle. —Bergeron no levantó la vista—. Doyle me lo pide a mí.

—Tengo alguna idea sobre el patrón de...

—Sí.

Y ahí acabó.

No fue grosero. Fue algo peor: fue un hombre educado que tenía cuatro días de trabajo hecho y quince personas por interrogar y ninguna necesidad en el mundo de una analista de Quantico.

Estas unidades resuelven el noventa y cuatro por ciento de los homicidios del estado.

La media del país es la mitad. Bergeron lo sabía y no lo decía, y no lo decía de una manera muy concreta.

Rebeca se quedó de pie en medio de la sala con la carpeta en la mano.

—¿Sabes por qué te han llamado? —dijo Bergeron.

Levantó la cabeza por primera vez.

—Por el cartel.

—¿Qué cartel?

—El de la entrada del pueblo. —Se apoyó en el respaldo—.

Una chica de diecisiete años, un golpe, sin agresión, sin móvil, sin nada que robar.

Y a la entrada del pueblo hay un cartel de una secta con un festival en octubre.

Alguien de la fiscalía lo vio y dijo la palabra.

Y cuando alguien dice la palabra, se llama a Quantico. Eso es todo.

—Ya —dijo Rebeca.

—Aquí no hay ninguna secta. —Bergeron volvió a la caja—. Aquí hay alguien que la conocía. Siempre hay alguien que la conocía.

Doyle la sacó al pasillo. No la cogió del brazo. Le hizo un gesto con la barbilla y ella fue detrás, y eso, en Ashbrook, era lo mismo.

—Tú asesoras —dijo—. Él dirige. La fiscalía firma. Si quieres ver algo, me lo pides a mí y yo se lo pido a él.

—Ya lo sé.

—Ya sé que lo sabes.

Se quedaron callados en un pasillo de moqueta.

Y ahí estaba otra vez: no había una gota de hostilidad en aquel hombre. Estaba cerrando puertas y las estaba cerrando despacio y con las dos manos para que ella no se pillara los dedos, y era mucho peor que si le hubiera gritado.

Cuando volvieron a la sala, dos agentes estaban hablando de la matrícula del crío de uno de ellos.

—Salió la lista —dijo el otro.

—Ya la vi.

—Pues ya está.

—Ya está.

Duró seis segundos. Nadie levantó la voz, nadie se rió, nadie dijo nada más, porque no había nada más que decir de la lista de becas de un fondo de un pueblo de dos mil novecientos habitantes.

Rebeca no lo oyó. Estaba mirando la impresora, que era una HP de 2011 y tenía una etiqueta con un teléfono de Fitchburg y un aviso escrito a mano.

Al fondo, de pie, con la espalda contra el archivador, había un agente joven que no había hablado en veinte minutos. En la placa ponía RIVERA.

De todos los de aquella sala, era el único que no había dicho sí, jefe ni una vez.

Y era el único que no estaba en la conversación de las becas.

—Lo de 2014 —dijo Rebeca, ya en la puerta, sin volverse— ¿dónde está?

—Abajo —dijo Doyle—. En el sótano. Está todo abajo. Pídeselo a Pike.