3
La autopsia había sido el lunes por la tarde.
Rebeca no lo sabía hasta el jueves por la noche, cuando fue a buscar el informe y no lo encontró, y entonces se acordó de que no lo iba a encontrar porque no estaba en la lista de distribución. La lista de distribución es del fiscal. Ella asesoraba.
Así que llamó y pidió por favor que la recibieran, y la recibieron, porque la gente es amable.
La forense se llamaba Anh Ngo y tenía cuarenta y pocos y una voz que no subía nunca. Llevaba catorce casos ese mes. Lo dijo al principio, sin quejarse, como quien da una cifra: catorce, y esto es julio.
—¿Usted es la del FBI?
—Asesoro. No llevo el caso.
—Ya —dijo Ngo, y Rebeca pensó que aquella palabra la usaba aquí todo el mundo y que quería decir cosas distintas cada vez.
Le dio veinte minutos entre dos cosas. Sacó la carpeta de un cajón y encendió una caja de luz que había en la pared del fondo y fue poniendo las fotografías de cuatro en cuatro con las dos manos, deprisa, como se ponen las cartas.
—¿Puedo verla?
—Se la llevaron el miércoles —dijo Ngo—. Funeraria Lehtinen, en Gardner.
Y Rebeca sintió alivio.
Lo sintió entero, en el pecho, en dos segundos, antes de poder impedirlo: alivio de no tener que estar en una habitación con una chica de diecisiete años. Y se dio cuenta perfectamente de lo que estaba sintiendo, y no le pasó nada, y siguió de pie mirando la caja de luz.
Sarah Koski medía un metro sesenta y ocho.
Ngo leyó de su propio informe, en voz alta, sin entonación, porque lo había escrito ella cuatro días antes y ya no había nada que descubrir en aquel papel.
Herida única. Región occipital derecha. Sin equimosis en antebrazos. Sin lesiones defensivas.
Sin agresión sexual. Sin desgarros. Sin nada.
Sin fuga. Nadie la había perseguido por aquel campo. No había marcas en las rodillas ni en las palmas ni en la barbilla, no se había caído hacia delante huyendo de nada.
—Estaba agachada —dijo Ngo—. En cuclillas o de rodillas, y de espaldas. El ángulo de entrada es descendente y viene de arriba a la derecha.
—O sea que no lo vio venir.
Ngo levantó la vista de la carpeta.
—Yo eso no lo puedo decir. —Volvió al papel—. Yo digo que estaba agachada y de espaldas.
Un golpe. Uno.
Rebeca escribió uno en su libreta y lo subrayó.
—¿Arma?
—No hay arma. Y yo no le voy a decir qué es, pero le puedo decir qué no es.
No es un martillo. No es una piedra. El perfil de la herida es regular, cilíndrico, de veinticinco a treinta milímetros de diámetro, romo.
Metal, o algo con alma de metal. Y tenía un mango o algo por donde agarrarlo, porque el golpe lleva recorrido.
—¿Compatible con una herramienta?
—Compatible con muchas cosas. —Ngo pasó la hoja—. Con doscientas.
Rebeca ya no la escuchaba.
Un instrumento. Cilíndrico, elegido, regular. Traído. Y no estaba en la escena, lo cual quería decir que se lo había llevado, lo cual quería decir que volvía a su sitio, lo cual quería decir que había un sitio.
Doce años.
Doce años y aquí estaba, en una habitación de ladrillo beige en Worcester, delante de una caja de luz, y era esto, era exactamente esto, y lo tenía delante y no podía decirlo en voz alta porque no llevaba el caso, porque no era nadie, porque si abría la boca sobre su hermano estaba en un coche de vuelta a Virginia esa misma noche.
Se le habían puesto las manos frías.
—Las uñas —dijo Ngo.
Puso cuatro fotografías más en la caja de luz. Dos manos, dorso y palma, a tamaño real.
—Tierra. Las diez. Y bastante, no es residual.
—Estaba leyendo del punto once de una lista de veinte, con el bolígrafo siguiendo el renglón—.
Y no corresponde. Pedí la muestra que trajeron de la superficie del campo y no es la misma.
Lo que tiene esta chica debajo de las uñas es material subsuperficial. Es de más abajo.
Y pasó al punto doce.
Rebeca estaba mirando el gris.
Estaba ahí, en las cuatro fotos, en el borde de las uñas de una chica de diecisiete años, a tamaño real y con luz por detrás: aquel gris, ese, el suyo, el que llevaba doce años en una caja de cartón en el maletero de tres coches distintos.
—¿Es ceniza? —dijo.
Ngo se paró.
Miró a la del FBI que no llevaba el caso, y miró la caja de luz, y volvió a mirarla a ella con una cara de cansancio muy antigua y muy educada.
—Es tierra —dijo—. Le mando el informe.
Y no lo repitió.
El informe le llegó al correo a las siete y cuarto de la tarde, once páginas en PDF, y Rebeca lo abrió en la cama del Colonial con la espalda contra el cabecero y una lata de algo al lado.
Leyó cuatro veces el párrafo del perfil de la herida.
Lo de las uñas estaba en la página tres.