Las cenizas de Ashbrook 2
5%

2

Llegó al campo a las siete de la tarde: a esa hora no había nadie.

Cuatrocientos metros de hierba entre el aparcamiento y la valla.

La escena se había levantado el martes. Rebeca lo sabía porque se lo habían dicho por teléfono y porque no hacía falta que se lo dijeran: en un pueblo de dos mil novecientos habitantes, con un forense a cuarenta minutos y una escena a la intemperie con lluvia prevista, aquello dura lo que dura.

Cuarenta y ocho horas, y siendo generosos.

Fue andando desde el aparcamiento porque no había otra forma de llegar. Tardó cinco minutos largos.

Cuatrocientos metros de hierba segada. Sin un seto, sin un muro, sin un coche, sin nada. A la izquierda la pista de atletismo, a la derecha el campo de fútbol, y al fondo la valla, y detrás de la valla el bosque.

Rebeca miró el bosque mientras andaba.

Vino de ahí, pensó.

Y había un agujero.

Claro que había un agujero. En la valla de todos los institutos del mundo hay un agujero.

Lo hicieron unos críos en algún año de los ochenta con unas tenazas del garaje de su padre para salir a fumar al bosque, y por ahí llevan cuarenta años saliendo a fumar los críos de Ashbrook, y por ahí salió Rebeca Graves en 2008 y en 2009.

Lo encontró en veinte minutos.

Bergeron lo había encontrado el lunes. Lo anotó, lo fotografió y siguió, porque era bueno en su trabajo y porque un agujero en la valla de un instituto es un agujero en la valla de un instituto.

Rebeca se lo guardó.

Alguien había segado el campo.

Estaba todo cortado —el interior, el exterior, los laterales, la banda—, cortado hacía poco, con las franjas de la máquina bien marcadas. Todo menos un cuadrado de dos metros en el jardín izquierdo, donde la hierba estaba alta y áspera y de otro color.

Alrededor del cuadrado había una marca de spray naranja en la hierba, dos flechas y un número.

Levantaron la escena el martes y el miércoles un crío cogió la segadora y fue a hacer el campo, porque el campo hay que hacerlo, y al llegar allí vio la pintura naranja y la rodeó, y lo demás lo segó.

Rebeca se quedó un momento parada delante de aquel cuadrado de hierba alta con la forma de nada.

Después vio los agujeros.

Eso no se lo esperaba.

Eran agujeros pequeños, redondos, limpios, de un par de centímetros, hechos a través del césped.

Salían del cuadrado y se iban hacia la valla del fondo, en línea, más o menos de norte a sur, con un metro escaso entre uno y otro.

Contó once y luego se cansó de contar. Alguien había estado horas allí.

Se agachó al lado del tercero y no había nada. Hierba cortada y un agujero.

Al lado del cuarto tampoco. Ni del quinto.

Y entonces echó a andar por la fila hacia la valla, despacio, mirando al suelo, recorriendo del revés el trabajo de una niña de diecisiete años.

Los últimos treinta centímetros contra la alambrada no los siega nadie. No se puede: una rotativa no entra ahí. Esa franja se hace con desbrozadora, cuando se hace, y en julio no se hace.

En la hierba alta de la valla, junto a los dos últimos agujeros, había dos cilindros de tierra.

Estaban puestos. No tirados: puestos, cada uno al lado del suyo, con cuidado, como se ponen las cosas cuando piensas volver a por ellas.

Los cuatro días de sol los habían secado y se habían partido por la mitad, pero seguían siendo cilindros, veinte centímetros de tierra sacados de veinte centímetros de profundidad, esperando a alguien.

Y eran grises.

No barro. No sombra. No humedad. Un gris que Rebeca Graves había visto tres veces en su vida, y la primera vez tenía veintidós años y estaba de pie en el suelo de un molino con un trooper de la estatal tirándole del brazo.

Se le secó la boca de golpe, como si le hubieran cerrado un grifo en la garganta.

No los tocó. No los fotografió. No se sacó el teléfono del bolsillo.

Se quedó agachada con las dos manos quietas y el pulso en la mandíbula, mirando dos cilindros de tierra gris puestos en orden en la hierba de un campo de béisbol, y lo entendió todo en cuatro segundos: la marca, la firma, el sitio, la señal, doce años, aquí, esto.

Y no le pasó por la cabeza —ni entonces ni una sola vez— preguntarse quién había hecho los agujeros.

Ya lo sabía.

Llevaba doce años sabiéndolo.

—Estaba boca abajo.

Rebeca no se sobresaltó, y le costó no hacerlo.

Doyle estaba a seis metros, en el borde del cuadrado, con las manos en los bolsillos del pantalón. No llevaba uniforme. Llevaba una camisa de cuadros y unos pantalones de vestir y unos zapatos que no eran para el campo, y por los zapatos ella supo que llevaba un rato ahí.

Había envejecido de la manera en que envejecen los hombres grandes: se le había ido hacia abajo. Cincuenta y ocho años. Tenía el mismo pelo.

—Mirando al este —dijo—. Los pies hacia el aparcamiento.

Se acercó y se puso a su lado, y no le preguntó qué hacía, y no le dijo que se apartara.

Se quedó de pie mirando la misma valla que ella.

—Un golpe —dijo—. No hubo pelea.

—¿Quién la encontró?

—Dot Kaskinen. Abre la cocina a las seis menos veinte y cruza el campo porque le ahorra la vuelta. Lleva cruzándolo dieciocho años.

Rebeca asintió.

—¿Y los agujeros?

Doyle miró la fila.

—Estaban.

—¿De qué son?

—Del suelo —dijo Doyle—. Hay agujeros en el suelo de todo el condado, Rebeca. Los hacen los bichos.

—Los habéis mirado.

—Los hemos fotografiado, los hemos medido y los hemos puesto en el informe. Origen indeterminado. —Se encogió de hombros—. Porque el origen es indeterminado.

Y no dijo más, porque para él no había más que decir.

—Segaron —dijo ella.

—El miércoles.

—¿Encima?

—Alrededor de la pintura. Lo demás es campo.

Se levantó. Le crujió la rodilla derecha. Doyle no hizo el chiste.

Lo que hizo fue mirarla, dos segundos, con una cara que ella no le había visto nunca ponerle a nadie y que le habría puesto a un perro atropellado, y luego mirar otra vez al suelo.

—Estás más delgada.

Y ahí estaba: la conocía desde que tenía diez años y le hablaba exactamente igual que a los diez años, y de todas las cosas que Emmett Doyle le podía hacer aquella tarde, aquella era la peor.

Volvieron juntos hacia el aparcamiento por la hierba pisada. Él iba medio paso por detrás, como si le abriera camino desde atrás.

En todo el trayecto no le preguntó por qué había venido.

A Rebeca le pareció un detalle de buena educación, y se lo agradeció, y no volvió a pensar en ello.