CAPÍTULO 32 — Toda Burgos volvió a escuchar el himno
BLOQUE 1
—Equipo norte preparado.
La voz llegó deformada por la radio que Adrián sostenía entre las manos.
Después apareció una interferencia.
—Esperar señal desde el coro.
Nadie se movió.
Adrián Salvatierra miró a Lucía.
Padre Esteban permanecía junto a la plataforma de piedra.
Mateo Arnáiz observaba la abertura por la que habían descendido.
Los intrusos seguían dentro de la Catedral.
Y estaban preparados para completar la prueba que Valcárcel había planteado en sus últimas investigaciones.
Campanas.
Voz.
Arquitectura.
La cavidad natural situada bajo el templo.
Los intrusos estaban intentando comprobar si todos aquellos elementos habían formado parte, siglos atrás, de una misma práctica acústica.
Adrián guardó rápidamente las fotografías encontradas dentro de la mochila.
—Tenemos que subir.
Lucía recogió los sensores.
—Si llegan a emitir desde el punto señalado del coro mientras utilizan la Campana Madre...
—No sabemos qué ocurrirá —terminó Adrián.
Mateo negó lentamente.
—Sí sabemos una cosa.
Los tres lo miraron.
—Burgos volverá a escuchar un toque que no se ejecuta de esta manera desde hace siglos.
BUMMMMM…
La vibración de la Campana Madre recorrió la cavidad.
Un instante después llegó la respuesta natural del espacio inferior.
BUM…
Adrián se detuvo.
Ahora podía distinguir ambas señales con mayor claridad.
Una procedía del bronce.
La otra aparecía después, modificada por la geometría de la cavidad y por la manera en que el sonido se propagaba dentro de ella.
Lucía comprobó el intervalo.
—Vuelve a aparecer.
Adrián observó el registro.
La separación entre el golpe y la respuesta se repetía con pequeñas variaciones.
Aquello podía explicar algunas de las pausas que aparecían insistentemente en los documentos antiguos.
Golpear.
Esperar.
Escuchar.
Después continuar.
No podían demostrar todavía que así hubiera nacido el Himno, pero comenzaban a comprender por qué determinadas instrucciones insistían tanto en los silencios entre un toque y otro.
Subieron rápidamente.
Al alcanzar la cámara superior, Lucía comenzó a recibir nuevas señales en los equipos.
—Están transmitiendo.
Una señal constante apareció en el espectrograma.
No procedía de las campanas.
Era electrónica.
Alguien había instalado un emisor dentro del coro mayor.
Adrián observó cómo cambiaba.
—Están haciendo un barrido.
La señal ascendía lentamente.
Después descendía.
Volvía a subir.
Lucía comprendió.
—Están probando distintos tonos.
Probablemente intentaban determinar cuáles producían respuestas más claras en los espacios inferiores.
No necesitaban conocer una frecuencia secreta.
Podían encontrar experimentalmente las bandas en las que la cavidad respondía con mayor intensidad.
BOOOOOOOMMMMMMMMMMMMM…
Un toque descendió desde algún punto del templo.
Esta vez no pertenecía a la Campana Madre.
Era una de las campanas superiores.
Lucía miró la pantalla.
Después otra.
CLONG…
Una pausa.
CLONG…
Adrián sacó las fotografías.
—Ya empezaron.
Corrieron hacia el corredor principal.
Mientras avanzaban, nuevos sonidos comenzaron a recorrer la Catedral.
No tenían nada de sobrenatural.
Pero la manera en que se reflejaban entre galerías, muros y bóvedas hacía difícil determinar inmediatamente de dónde procedían.
Una campana sonaba arriba.
La cavidad respondía abajo.
Otra vibración parecía llegar desde un lateral.
Después un tono procedente del coro se mezclaba con los ecos.
La propia arquitectura alteraba la percepción de las señales.
Al alcanzar las escaleras que conducían hacia la nave principal, escucharon la primera voz.
Grave.
Masculina.
Sostenía una única nota.
No pronunciaba palabras.
Mantenía el tono durante varios segundos.
Desde los niveles inferiores llegó una respuesta.
BUMMMMM…
Lucía se detuvo.
Miró la pantalla.
—Esa banda responde con mucha intensidad.
Adrián se acercó.
—¿Coincide con las mediciones de abajo?
—Sí. Está dentro de una de las zonas donde vimos mayor respuesta.
La vibración aumentó mientras el tono continuaba.
No porque hubiera aparecido ninguna fuerza desconocida.
La emisión coincidía con una de las bandas en las que aquel conjunto de espacios respondía de manera especialmente perceptible.
No era necesario imaginar una Catedral construida como una gigantesca máquina acústica.
Bastaban siglos de arquitectura superpuesta, cavidades naturales, huecos, bóvedas y materiales capaces de producir comportamientos sonoros complejos.
Subieron los últimos escalones.
Al entrar en la nave principal encontraron una escena inesperada.
Había personas.
Decenas.
Personal de seguridad.
Trabajadores.
Sacerdotes.
Algunos visitantes que todavía permanecían dentro del templo.
Todos miraban hacia el coro.
La voz volvió a sonar.
Después llegó una campanada.
Y entonces la Catedral respondió.
No mediante una única nota.
Mediante ecos que parecían surgir desde sectores diferentes de la nave.
La gente guardó silencio.
No porque alguien controlara sus pensamientos.
Porque estaban escuchando algo extraordinario.
Una combinación poco habitual de campanas, voz y reverberaciones dentro de uno de los edificios más complejos de la ciudad.
Adrián levantó lentamente la cabeza.
Por primera vez desde que había llegado a Burgos comprendió cómo podía haber nacido parte de la leyenda.
Un hombre medieval situado en aquel mismo lugar habría escuchado sonidos cuyo origen resultaba difícil identificar.
Una voz prolongada bajo las bóvedas.
Campanas respondidas por ecos profundos.
Vibraciones percibidas bajo sus pies.
Sin instrumentos capaces de registrar lo ocurrido y sin los conocimientos actuales para analizarlo, habría intentado explicarlo mediante las ideas de su época.
Después habría contado lo que creyó escuchar.
Y otros habrían añadido sus propias interpretaciones.
CLONG…
La segunda campana entró en la secuencia.
Mateo palideció.
—El Himno.
Adrián observó los registros.
—Todavía falta algo.
Entonces la voz del coro cambió de nota.
Desde las profundidades llegó una respuesta más intensa.
BUMMMMMMMMMMMMM…
Mateo levantó lentamente la mirada.
Sus ojos permanecieron fijos en las bóvedas.
—Ahora sí —susurró.
No era una conclusión científica.
Era el reconocimiento emocionado de un hombre que llevaba gran parte de su vida escuchando relatos fragmentarios sobre un toque que creía perdido.
Y por primera vez estaba oyendo algo que se parecía a lo que sus maestros habían intentado describirle.
* * *
BLOQUE 2
El sonido salió de la Catedral.
No como una onda misteriosa capaz de dominar la ciudad.
Como sonido real.
Las campanas comenzaron a escucharse sobre Burgos.
Primero una.
Después otra.
Los intervalos resultaban extraños para quienes conocían los toques habituales.
No era llamada a misa.
No era alarma.
No era celebración.
Tampoco un toque de difuntos.
Era una secuencia que prácticamente nadie vivo podía reconocer con certeza.
CLONG…
Silencio.
CLONG…
Una pausa más larga.
Después:
CLONG… CLONG…
En la Plaza de Santa María comenzaron a detenerse algunas personas.
Los turistas levantaban sus teléfonos.
Los vecinos miraban hacia las torres.
Los comerciantes salían a las puertas.
No existía ninguna reacción colectiva inexplicable.
Existía curiosidad.
Y, entre algunos habitantes de mayor edad, recuerdos de relatos escuchados durante la infancia.
Una mujer de más de ochenta años permaneció inmóvil frente a la Catedral.
Su nieta le preguntó qué ocurría.
La anciana tardó unos segundos en responder.
—Mi abuelo hablaba de un toque parecido.
No recordaba haberlo escuchado.
Solo una historia familiar.
En otra calle, un hombre llamó a su hermano.
—¿Estás oyendo las campanas?
La pregunta comenzó a repetirse por distintos sectores de la ciudad.
No porque Burgos compartiera una conciencia.
Porque las campanas de su Catedral estaban ejecutando una secuencia desconocida y muchas personas podían escucharla al mismo tiempo.
Dentro del templo, Lucía seguía el espectrograma.
—La intensidad está aumentando.
Adrián observó el coro.
—¿Dónde está el emisor?
El punto señalado en las fotografías permanecía oculto detrás de parte de la sillería.
Padre Esteban conocía un acceso lateral.
Avanzaron.
Mateo permaneció cerca de la nave.
Adrián y Lucía rodearon el coro.
La nota volvió a escucharse.
Esta vez, al aproximarse, resultó evidente que no pertenecía a una persona que estuviera cantando allí.
Era una grabación.
Una voz masculina sostenida artificialmente.
Encontraron el altavoz detrás de una antigua celosía.
Lucía se acercó.
—Puedo apagarlo.
Adrián observó la pantalla.
—Espera unos segundos.
Ella lo miró.
—Necesitamos registrar la secuencia.
No pretendía permitir que el experimento continuara indefinidamente.
Necesitaban obtener suficientes datos para comprender qué estaban intentando reproducir y poder identificar el procedimiento si volvía a utilizarse.
Lucía comenzó a registrar la señal.
Frecuencia vocal.
Intervalos.
Campanas utilizadas.
Duración.
Respuestas obtenidas en los sensores.
El patrón comenzó a hacerse visible.
Adrián abrió las fotografías tomadas de las crónicas.
—Mira.
Las pausas se parecían a los tiempos indicados en varios documentos.
Lucía comparó ambos registros.
Esperar después del segundo toque.
Aquella frase podía haber tenido una finalidad práctica además de ceremonial: dejar transcurrir el tiempo suficiente para escuchar la respuesta del espacio antes de continuar.
No comenzar la voz antes de la respuesta.
Otra instrucción que, con el paso de los siglos, podía haber adquirido un carácter ritual.
Mantener el tono hasta que la piedra devuelva el sonido.
La expresión no necesitaba significar que la piedra poseyera ninguna facultad.
Podía ser simplemente la forma antigua de describir un eco o una resonancia perceptible.
Adrián observó el conjunto.
Estaban escuchando la reconstrucción que los intrusos habían elaborado a partir de documentos incompletos, mediciones de Valcárcel y antiguas tradiciones.
Podían haber acertado en algunos aspectos.
También podían estar equivocados en otros.
Pero la semejanza entre las instrucciones y lo que estaban ejecutando resultaba difícil de ignorar.
CLONG…
La voz comenzó.