CAPÍTULO 29 — Interferencias extrañas durante la vigilia
BLOQUE 1
La puerta de la cámara permanecía abierta.
Adrián Salvatierra seguía sosteniendo entre los dedos la acreditación encontrada junto a la Campana Madre.
La fotografía pertenecía a un hombre con quien habían hablado pocos días antes.
Alguien que desde el comienzo había insistido en restar importancia a las anomalías acústicas de Burgos.
Lucía Orive observaba el ordenador portátil abandonado por los intrusos.
La pantalla todavía mostraba parte de la secuencia del Contrahimno.
No era una partitura convencional.
Había frecuencias.
Intervalos.
Retardos.
Compensaciones.
Indicaciones sobre distintos puntos de la Catedral.
Y varias columnas de datos que parecían corresponder a equipos instalados en lugares que ellos todavía no habían identificado.
—No estaban experimentando —dijo Adrián.
Lucía levantó lentamente la mirada.
—No.
—Sabían lo que estaban haciendo.
La conclusión resultaba evidente.
El Contrahimno no era una fuerza opuesta al Himno.
Era una secuencia diseñada para interferir con él.
Si el sistema original utilizaba determinadas campanas, intervalos y referencias para transmitir señales reconocibles por quienes conocían el código, una segunda serie de sonidos podía introducir pequeñas modificaciones capaces de alterar el mensaje final.
No necesitaban destruirlo.
Bastaba con deformarlo.
BUMMMMM…
BUMMMMM…
Desde algún lugar de la Catedral llegó una vibración profunda.
Lucía observó inmediatamente la pantalla.
La secuencia original apareció en azul.
Pocos segundos después surgió otra señal.
Roja.
—Ahí está.
Adrián se acercó.
—¿Otra vez desde la Campana Madre?
—No.
Lucía comparó los registros de los sensores que habían instalado en distintos sectores de la Catedral.
No podía establecer una posición exacta con aquellos datos, pero sí descartar varias zonas.
—Parece venir del sector norte.
Padre Esteban observó el plano.
—¿Cerca del campanario?
—Es posible.
Adrián comprendió.
Quienes habían estado trabajando junto a la Campana Madre probablemente no eran los únicos implicados.
Podían haber instalado otros equipos en diferentes puntos de la Catedral antes de aquella noche.
BOOOOOOOMMMMMMMMMMMMM…
Un trueno lejano resonó sobre Burgos.
La tormenta se alejaba poco a poco.
En la plaza continuaba una vigilia espontánea.
No miles de personas inmóviles bajo una misma influencia.
Vecinos.
Curiosos.
Periodistas.
Religiosos.
Personas que se habían quedado después de una madrugada extraordinaria y seguían intentando comprender qué significaban los toques.
Entonces comenzaron las contradicciones.
Un periodista aseguró haber contado cinco campanadas.
Otro dijo que habían sido cuatro.
Una mujer afirmó que una de las campanas había sonado después de las demás.
Un agente situado apenas unos metros más allá juraba que el orden había sido exactamente el contrario.
Lucía recibió varias grabaciones.
Las abrió.
—Aquí están.
Adrián escuchó la primera.
Cinco golpes.
La segunda.
También cinco.
Pero el cuarto y el quinto parecían casi superpuestos.
—No están oyendo necesariamente sonidos diferentes —dijo.
Lucía asintió.
—Los están recibiendo de manera diferente según dónde se encuentran.
La plaza, las fachadas y las calles que desembocaban alrededor de la Catedral formaban un entorno acústico complejo.
Una pared podía devolver una campanada con un pequeño retraso.
Otra superficie podía reforzar un sonido y debilitar el siguiente.
La distancia entre las torres también modificaba ligeramente el orden aparente de llegada.
No había realidades distintas.
Había acústica.
Y alguien estaba aprovechándola deliberadamente.
Adrián observó las curvas.
—Mira esto.
El Contrahimno introducía precisamente algunos pulsos entre dos golpes del Himno.
Tan próximos que, dependiendo de la posición del oyente, podían confundirse con una campanada original o con uno de sus ecos.
Padre Esteban comprendió.
—Entonces pueden hacer creer que la secuencia dice otra cosa.
—Pueden volverla ambigua —corrigió Adrián—. Y eso es suficiente.
El Contrahimno no modificaba pensamientos.
Modificaba el mensaje acústico.
Si diferentes testigos escuchaban desde posiciones distintas, sus relatos posteriores podían no coincidir.
Lucía miró hacia la plaza.
—Eso explica las contradicciones durante la vigilia.
Adrián negó lentamente.
—Explica por qué alguien decidió aprovechar la vigilia.
La diferencia era importante.
No habían creado a la multitud.
La estaban utilizando.
Cuantas más personas permanecieran alrededor de la Catedral, mayor sería la cantidad de versiones contradictorias sobre lo ocurrido.
Cuatro golpes.
Cinco.
Una campana.
Dos.
Un orden.
Otro.
Al cabo de unas horas, establecer con certeza qué secuencia había sonado podía convertirse en una discusión interminable.
El antiguo Custodio permaneció en silencio.
Después dijo:
—Ahora entiendo por qué nuestros documentos hablan de no confiar únicamente en el oído durante la vigilia.
Adrián lo miró.
—No hablaban de una alteración mental.
—No.
El anciano observó el espectrograma.
—Hablaban de interferencias.
* * *
BLOQUE 2
Lucía comenzó a comparar todos los registros disponibles.
Los sensores que ella misma había distribuido por la Catedral resultaban los más útiles porque conocía su posición y podía comparar sus relojes y mediciones.
Las grabaciones de teléfonos móviles, micrófonos de televisión, periodistas y cámaras exteriores tenían otra utilidad.
Permitían comprobar cómo una misma secuencia parecía cambiar según el lugar desde donde hubiera sido registrada.
Adrián se inclinó sobre la mesa.
—¿Podemos localizar las fuentes?
Lucía negó.
—No con precisión.
Señaló sus propios sensores.
—Con estos puedo acotar sectores porque conozco dónde están instalados y puedo comparar las diferencias de llegada.
Las demás grabaciones sirven para confirmar cómo cambia la percepción alrededor de la Catedral, pero no tienen una sincronización suficientemente fiable como para triangular una posición exacta.
Adrián asintió.
Eso era suficiente.
No necesitaban una coordenada.
Necesitaban reducir la búsqueda.
Lucía procesó únicamente los sensores instalados durante la investigación.
Después de varios minutos aparecieron tres zonas probables.
La torre principal.
El sector norte del campanario.
Y un área próxima a las dependencias del coro.
La cámara de la Campana Madre aparecía también en algunos registros, aunque ahora permanecía en silencio.
Padre Esteban observó el plano.
—Entonces pueden haber colocado equipos en varios sectores.
—Eso parece —respondió Adrián.
No necesitaban personas tocando manualmente cada campana.
Podían utilizar pequeños excitadores mecánicos.
Transductores.
Dispositivos de vibración.
Mecanismos conectados a elementos estructurales adecuados.
Lucía amplió una de las señales.
—Esta no coincide con ninguna de las campanas que hemos registrado.
Adrián escuchó.
Un tono breve.
Grave.
Apenas perceptible.
—Podría ser un transductor.
—Eso creo.
Alguien estaba introduciendo vibraciones directamente en una pieza de la estructura.
No hacía falta imaginar que la piedra generaba sonidos por sí sola.
Una fuente moderna colocada en el punto adecuado podía transmitir una vibración a través del metal o de otros elementos constructivos y hacerla perceptible en otro sector.
Padre Esteban miró hacia los muros.
La idea resultaba inquietante precisamente porque era sencilla.
Tecnología contemporánea aprovechando una arquitectura antigua.
BUMMMMM…
La señal volvió.
Lucía observó la pantalla.
—Otra vez en el sector norte.
Adrián tomó una linterna.
—Vamos.
El Custodio levantó una mano.
—Esperen.
Abrió uno de los antiguos registros que habían encontrado.
Buscó durante unos minutos.
Finalmente señaló una anotación.
«Durante la vigilia, contar siempre desde la torre occidental. Las demás voces pueden engañar.»
Adrián sonrió apenas.
—Lo sabían.
No conocían transductores modernos ni análisis espectral.
Pero sí conocían perfectamente los problemas provocados por ecos, retrasos y fuentes diferentes.
Habían establecido una referencia.
Una torre principal.
Todo lo demás debía compararse con ella.
Lucía observó la frase siguiente.
«Si dos secuencias parecen iguales, escuchar los silencios.»
Adrián levantó la mirada.
Otra vez los intervalos.
Ahí estaba la clave.
Quien ejecutaba el Contrahimno podía reproducir determinados golpes.
Pero los intervalos revelaban diferencias.
Lucía comparó ambas secuencias.
El patrón apareció.
Cuatro segundos.
Después ocho.
Después cuatro.
Después ocho.
Repitió la medición.
La regularidad era prácticamente idéntica en cada repetición.
—Esto parece programado.
Adrián asintió.
La secuencia original presentaba pequeñas variaciones inevitables asociadas a la ejecución y a la propagación del sonido.
La interferencia, en cambio, repetía intervalos con una regularidad incompatible con una ejecución manual improvisada.
No había ninguna “voz nueva” aprendiendo el Himno.
Había un dispositivo reproduciendo una secuencia previamente programada.
BOOOOOOOMMMMMMMMMMMMM…
Una campana real sonó desde la torre.
Poco después apareció la interferencia.
Lucía consiguió separar ambas señales en sus propios registros.
—Ya puedo distinguirlas con bastante seguridad.
Padre Esteban observó la pantalla.
—Entonces podemos saber qué mensaje es verdadero.
Adrián negó.
—Podemos saber qué secuencia parece proceder del sistema original y cuál fue añadida después.
Hizo una pausa.
—La verdad sobre lo que significa el Himno todavía tendremos que encontrarla.
En la plaza, las discusiones continuaban.
Pero ya comprendían por qué.
Dependiendo del lugar desde donde se escuchara, los ecos y las interferencias podían hacer que una secuencia pareciera distinta.
Nada de aquello exigía una alteración de la percepción humana.
Solo una manipulación acústica cuidadosamente preparada.
Lucía cerró varias ventanas del programa.
—Tenemos otro problema.
—¿Cuál?
—La señal del sector norte acaba de desaparecer.
Adrián miró el plano.
—¿Apagaron el equipo?
—Puede ser.
Esperó.
Un nuevo pulso apareció en otro de sus sensores.