CAPÍTULO 29 — Interferencias extrañas durante la vigilia #2
Esta vez la señal parecía proceder de una zona más próxima al coro.
Lucía frunció el ceño.
—O activaron otro dispositivo.
El Custodio observó el plano.
—Entonces prepararon varios.
Adrián guardó la acreditación encontrada junto a la Campana Madre.
La operación era más amplia de lo que habían imaginado.
No perseguían necesariamente a personas desplazándose de torre en torre.
Podían estar siguiendo una red de equipos instalados con anticipación.
Pero alguien tenía que haberlos colocado.
Y alguien seguía controlando la operación.
—Vamos al sector norte —dijo.
—¿Por qué allí? —preguntó Padre Esteban.
Adrián señaló el registro.
—Porque es el último lugar donde tuvimos una señal suficientemente clara.
Si encontraban el dispositivo, quizá pudieran averiguar quién lo había instalado.
* * *
BLOQUE 3
El acceso al campanario norte permanecía cerrado.
Padre Esteban abrió con una llave del Cabildo.
Adrián fue el primero en entrar.
La escalera ascendía en espiral.
Piedra húmeda.
Peldaños estrechos.
El sonido del viento entrando por los vanos superiores.
Nada más.
Lucía llevaba el sensor encendido.
Cada pocos metros comprobaba los restos de vibración registrados en distintos elementos de la estructura.
—Aquí fue más intensa.
Continuaron.
Un nivel.
Después otro.
Cuando llegaron a una pequeña plataforma de mantenimiento, Lucía levantó una mano.
—Deteneos.
Adrián iluminó las paredes.
A simple vista no había nada.
Después observó un pequeño cable oscuro siguiendo una junta de piedra.
Lo siguió.
Terminaba detrás de una viga.
Allí encontraron el dispositivo.
Pequeño.
Moderno.
Sujetado directamente a una pieza metálica vinculada a la estructura de la campana.
Lucía lo examinó.
—Un excitador de vibración.
Adrián asintió.
No necesitaba emitir un sonido intenso al aire como un altavoz convencional.
Transmitía la vibración directamente al elemento sobre el que estaba instalado.
Después, la estructura contribuía a propagarla.
—Así introducían parte de la interferencia sin tocar directamente la campana.
Padre Esteban observó el aparato.
—¿Puede programarse?
Lucía señaló un pequeño módulo.
—Sí.
Había memoria interna.
Temporizador.
Y un receptor inalámbrico.
Adrián sintió que el misterio adquiría una forma cada vez más concreta.
No había una segunda voz surgiendo de las piedras.
Había tecnología moderna utilizando una arquitectura antigua.
Alguien había estudiado suficientemente bien la Catedral como para saber dónde colocar aquellos dispositivos.
Lucía retiró cuidadosamente la memoria.
—Si no está cifrada, quizá podamos saber cuándo fue programado.
Adrián miró hacia el acceso.
—Y tal vez encontremos alguna identificación del equipo.
Entonces escucharon pasos.
Arriba.
Breves.
Rápidos.
Adrián apagó la linterna.
Todos permanecieron inmóviles.
Otro paso.
Después el sonido de una puerta metálica.
Alguien se encontraba en el nivel superior.
Adrián comenzó a subir.
Lucía lo siguió.
Cuando alcanzaron el siguiente rellano encontraron la puerta abierta.
El viento entraba con fuerza.
La pasarela exterior estaba vacía.
Pero sobre el suelo mojado había huellas.
Botas.
Recientes.
Conducían hacia una escalera de servicio.
Adrián comenzó a seguirlas.
La lluvia había disminuido, pero la piedra seguía resbaladiza.
Llegaron hasta una pequeña galería lateral.
Allí encontraron otro equipo.
Esta vez un ordenador compacto conectado mediante cables a dos transductores.
La pantalla permanecía encendida.
Lucía se acercó.
El programa mostraba varias secuencias.
Una identificada como:
HIMNO
Otra:
CONTRASECUENCIA 4
No “Contrahimno”.
Contrasecuencia.
Un nombre técnico.
Adrián observó las carpetas.
Había pruebas anteriores.
Fechas.
Horarios.
Resultados.
Algunas correspondían a noches de semanas anteriores.
—Llevan tiempo ensayando.
Lucía abrió otro directorio.
Fotografías de la Catedral.
Planos internos.
Inventarios.
Escaneos de documentos.
Y una carpeta titulada:
VIGILIA
Dentro había instrucciones.
Generar discrepancia entre testigos.
Variar llegada aparente de las campanadas.
Alternar fuentes secundarias.
Evitar coincidencia total entre registros.
Padre Esteban permaneció inmóvil.
—Todo estaba previsto.
Adrián asintió.
La confusión de aquella madrugada no había sido una consecuencia accidental de la contrasecuencia.
Era parte del objetivo.
Crear versiones incompatibles de lo ocurrido.
Hacer que cualquier investigación posterior encontrara testimonios contradictorios.
Discutir sobre cuatro toques o cinco.
Sobre una campana o dos.
Sobre el orden.
Sobre el origen.
Convertir un hecho real en algo difícil de reconstruir.
Lucía continuó revisando.
—Hay un archivo ejecutándose ahora.
Adrián se acercó.
La pantalla mostraba una cuenta regresiva.
Treinta y nueve segundos.
Treinta y ocho.
Treinta y siete.
—¿Qué activa?
Lucía buscó la salida asociada.
—Todavía no lo sé.
Treinta segundos.
Padre Esteban miró hacia las campanas.
—¿Podemos detenerlo?
Lucía desconectó el transmisor externo.
La cuenta continuó.
—El programa está ejecutándose localmente.
Veinte segundos.
Adrián observó los cables.
Uno de ellos descendía por un conducto técnico.
No conectaba directamente con aquella campana.
Iba hacia niveles inferiores.
Diez segundos.
—¡Lucía!
Ella intentó detener el proceso desde el teclado.
El sistema solicitó una contraseña.
Cinco.
Cuatro.
Tres.
Dos.
Uno.
Silencio.
Durante varios segundos no ocurrió nada.
Después llegó desde las profundidades de la Catedral un golpe metálico.
CLONG.
No era una campana de la torre.
Procedía de abajo.
Del sector donde se encontraba la Campana Madre.
Lucía miró el ordenador.
En la pantalla apareció un mensaje automático:
SECUENCIA SECUNDARIA INICIADA
Adrián comprendió.
La vigilia había servido como cobertura.
Mientras todos discutían sobre lo que escuchaban en las torres, la verdadera operación continuaba desarrollándose en el interior de la Catedral.
Tomó la radio.
—Tenemos que bajar.
Entonces vio algo en la pantalla.
Un nuevo archivo acababa de abrirse automáticamente.
Solo contenía una línea.
FASE 2: CORO MAYOR
Padre Esteban miró a Adrián.
—¿Otra vez la Campana Madre?
Adrián negó.
—No.
Señaló el plano que permanecía abierto junto al programa.
El punto marcado no correspondía a la cámara donde habían encontrado la campana.
Estaba situado directamente bajo el coro mayor.
En otro sector.
Cerca del recorrido de antiguas marcas que Valcárcel había estudiado y que ellos habían seguido horas antes.
Lucía amplió el plano.
Aparecía una anotación que ninguno había visto en los documentos históricos.
PUNTO DE INTERVENCIÓN 2
Adrián sintió que todas las piezas comenzaban a ordenarse.
La Campana Madre había sido una parte de la operación.
La vigilia, otra.
Pero el objetivo siguiente estaba en un lugar distinto.
El coro mayor.
No necesitaban regresar simplemente a la cámara que acababan de abandonar.
Alguien había preparado una segunda intervención bajo el propio coro.
Y podía estar ejecutándose en ese mismo instante.
Adrián tomó la linterna.
—Vamos.
Comenzaron a descender.
Ya no perseguían ninguna presencia.
Ninguna red consciente.
Ninguna voz escondida dentro de las piedras.
Perseguían personas.
Personas que conocían la Catedral.
Personas que conocían los antiguos códigos.
Personas capaces de combinar documentos históricos con tecnología moderna.
Y personas que llevaban mucho tiempo preparando exactamente aquella noche.