Las Campanas de Burgos (Los Secretos de España 1) CAPÍTULO 28 — Huellas acústicas alrededor del coro mayor #2
79%

CAPÍTULO 28 — Huellas acústicas alrededor del coro mayor #2

—Muy cerca —respondió Adrián.

Lucía pasó a la página siguiente.

Allí Valcárcel había dibujado otra línea.

No pertenecía al conducto estrecho.

Parecía señalar una posible comunicación lateral con un sector diferente de la Catedral.

Junto a ella había escrito:

Buscar acceso de servicio.

Adrián levantó la mirada.

Eso era lo que necesitaban.

No tenían que atravesar ningún conducto imposible.

Si la Campana Madre había sido trasladada hasta una cámara interior, necesariamente había existido alguna entrada suficientemente grande para hacerlo.

Y Valcárcel había comenzado a buscarla antes de desaparecer.

BLOQUE 3

La búsqueda del acceso llevó más tiempo del esperado.

No podían desmontar elementos históricos del coro sin saber exactamente qué había detrás. Cualquier intervención precipitada podía dañar una estructura que llevaba siglos intacta.

Padre Esteban consiguió localizar un antiguo libro de obras.

No era un documento secreto.

Había sido consultado muchas veces.

Precisamente por eso nadie había prestado atención a una breve anotación realizada durante unas reparaciones del siglo XVII.

«Cerrada la comunicación antigua junto al asiento septentrional por no ser necesaria para el servicio.»

Nada más.

No explicaba qué comunicación era.

Ni hacia dónde conducía.

Adrián comparó la referencia con la posición de la sillería.

Coincidía.

Buscaron durante varios minutos hasta encontrar una pequeña pieza de madera diferente de las demás.

No tenía ornamentación.

Parecía formar parte de una reparación antigua.

Padre Esteban presionó suavemente.

No ocurrió nada.

Adrián examinó los bordes.

—No es una tapa.

Señaló una pequeña separación inferior.

—Pero puede estar ocultando algo.

Examinaron la intervención antes de tocarla.

Una moldura añadida durante una restauración posterior cubría parcialmente el sector indicado en el antiguo libro de obras.

Padre Esteban consiguió identificarla.

No pertenecía a la estructura original de la sillería.

La retiraron con cuidado.

Detrás apareció una placa de hierro oxidado.

Lucía dirigió la linterna.

Había un tirador.

Padre Esteban lo sujetó.

Estaba completamente inmóvil.

Necesitaron varios intentos y limpiar parte del óxido acumulado hasta conseguir desplazarlo.

El mecanismo produjo un sonido seco.

CLAC.

Una pequeña sección de la base de la sillería cedió apenas unos centímetros.

Aire frío salió desde el interior.

Adrián iluminó la abertura.

Detrás había una escalera.

Estrecha.

Oscura.

Pero perfectamente transitable.

Lucía comparó su orientación con los planos.

—Esto encaja con la comunicación lateral que buscaba Valcárcel.

El Custodio permaneció junto a la entrada.

Su expresión era difícil de interpretar.

—Nunca conociste este acceso —dijo Adrián.

El anciano negó.

—Conocía referencias a un paso clausurado. Creía que había sido destruido.

Padre Esteban miró la oscuridad.

—Entonces alguien pudo reabrirlo antes que nosotros.

Adrián recordó el Contrahimno.

Y el golpe escuchado detrás del muro.

—Eso parece.

Descendieron.

La escalera tenía apenas el ancho necesario para una persona. Las paredes mostraban marcas de herramientas y reparaciones realizadas en épocas diferentes.

Nada sobrenatural.

Nada imposible.

Solo siglos de modificaciones acumuladas.

Después de varios metros llegaron a un pequeño rellano.

Lucía se detuvo.

—Mira.

Sobre el polvo había una huella.

Una huella real.

De calzado.

Reciente.

Adrián se agachó.

El dibujo de la suela podía distinguirse perfectamente.

Un poco más adelante apareció otra.

Y después otra.

No necesitaban atribuirlas a ninguna resonancia conservada por la piedra.

Alguien había pasado por allí recientemente.

Las huellas descendían.

Valcárcel había dejado anotaciones y mediciones en sus cuadernos.

Aquella persona había dejado algo mucho más sencillo.

Un rastro físico.

Lo siguieron.

El corredor terminó frente a una puerta de madera reforzada con hierro.

No parecía tan antigua como la cámara que la rodeaba. Probablemente había sido instalada durante alguna intervención posterior.

La cerradura estaba dañada.

Desde el otro lado llegaba una vibración débil.

Adrián apoyó una mano sobre la madera.

Sintió una resonancia metálica.

Pero también escuchó otra cosa.

Un movimiento.

Alguien se encontraba dentro.

Adrián hizo una señal para que nadie hablara.

Padre Esteban retrocedió.

Lucía apagó la linterna.

Durante varios segundos permanecieron completamente inmóviles.

Entonces escucharon una voz.

Humana.

Masculina.

Hablaba muy bajo con otra persona.

No consiguieron distinguir las palabras.

Adrián acercó lentamente el oído.

La conversación se interrumpió.

Silencio.

Quien estuviera dentro acababa de advertir su presencia.

Unos segundos después se escuchó un ruido metálico.

Luego pasos.

Rápidos.

Alejándose por algún acceso situado al otro lado de la cámara.

Adrián empujó la puerta.

No cedió.

Volvió a intentarlo con el hombro.

La madera crujió.

Padre Esteban lo ayudó.

Finalmente, la cerradura dañada cedió.

La puerta se abrió.

La luz de las linternas atravesó una cámara amplia.

Y allí estaba.

Suspendida de una antigua estructura de madera reforzada con hierro.

Enorme.

Oscurecida por el paso de los siglos.

Cubierta de inscripciones.

La Campana Madre de Burgos.

Era real.

No era el corazón de ninguna red.

No almacenaba recuerdos.

No esperaba despertar.

Era una campana histórica que alguien había decidido retirar del toque y ocultar dentro de la Catedral más de cuatro siglos atrás.

Pero Adrián apenas tuvo tiempo de observarla.

Sobre una mesa colocada frente a ella había equipos modernos.

Un ordenador portátil.

Cables.

Un generador de señales.

Micrófonos de contacto instalados directamente sobre el bronce.

Alguien llevaba horas trabajando allí.

Lucía se acercó al ordenador.

La pantalla seguía encendida.

Mostraba registros de distintas campanas y una tabla de intervalos.

Adrián reconoció inmediatamente la estructura.

—El Contrahimno.

Pero ahora sabía exactamente qué significaba aquello.

No era un arma.

No era una frecuencia capaz de dominar a quienes la escuchaban.

Era un código.

Y aquellas personas estaban intentando reconstruirlo.

En un lateral de la mesa aparecía una carpeta abierta con fotografías de documentos antiguos.

Planos.

Anotaciones de Valcárcel.

Registros del Cabildo.

Material al que muy pocas personas podían haber tenido acceso.

Padre Esteban observó el corredor por donde los intrusos habían escapado.

—¿Quiénes eran?

Nadie respondió.

Adrián se acercó a la Campana Madre.

En el suelo había un pequeño objeto que alguien había perdido durante la huida.

Lo recogió.

Era una acreditación plastificada.

No pertenecía al Cabildo.

Tampoco a ninguna universidad.

En la parte superior aparecía el escudo de una institución española.

Debajo figuraba un nombre.

Y una fotografía.

Lucía se acercó para verla.

Entonces comprendió por qué Adrián había quedado inmóvil.

El hombre de la fotografía no era un desconocido.

Habían hablado con él apenas unos días antes.

Y desde el comienzo de la investigación había hecho todo lo posible para convencerlos de que las anomalías acústicas de Burgos no tenían ninguna importancia.