Las Campanas de Burgos (Los Secretos de España 1) CAPÍTULO 28 — Huellas acústicas alrededor del coro mayor
77%

CAPÍTULO 28 — Huellas acústicas alrededor del coro mayor

BLOQUE 1

El sonido llegó desde el otro lado del muro.

Metálico.

Seco.

Inconfundible.

No había sido una vibración residual ni el eco de alguna de las campanas de la torre. Alguien acababa de golpear una pieza de bronce detrás de una pared clausurada desde finales del siglo XVI.

Adrián Salvatierra permaneció inmóvil frente a la placa fechada en 1588.

NO HACERLA SONAR JAMÁS.

Lucía Orive bajó lentamente la tableta.

El espectrograma seguía mostrando la frecuencia que acababan de registrar. Ya no existían dudas sobre su procedencia. La señal que durante horas habían atribuido a un punto indeterminado de las estructuras inferiores había surgido exactamente detrás de aquel muro.

—Es ella —murmuró.

Adrián no respondió inmediatamente.

Volvió a mirar las mediciones.

La frecuencia registrada resultaba compatible con lo que cabía esperar de una pieza de las dimensiones aproximadas que figuraban en los antiguos documentos de fundición.

No constituía una prueba definitiva, pero, sumada al inventario de 1588 y a la advertencia encontrada sobre la placa, reforzaba una posibilidad que pocas horas antes habría parecido absurda.

La Campana Madre podía seguir dentro de la Catedral.

Nunca destruida.

Nunca trasladada fuera de Burgos.

Simplemente escondida.

Padre Esteban observó la inscripción grabada sobre la placa.

—Si el Cabildo ordenó retirarla del toque, alguien tuvo que conocer el lugar donde quedó depositada.

El Custodio permanecía detrás de ellos.

—Ese conocimiento desapareció de los registros oficiales.

Adrián se volvió hacia él.

—Pero no necesariamente de todos los registros.

El anciano comprendió inmediatamente.

Había otro lugar que todavía no habían investigado con suficiente profundidad.

El coro mayor.

Durante siglos, los canónigos habían ocupado posiciones perfectamente establecidas dentro del coro. Los recorridos de entrada y salida, las ceremonias y los toques estaban regulados mediante costumbres que podían conservar información incluso cuando algunos documentos desaparecían.

Lucía volvió a revisar el plano histórico.

—Valcárcel marcó algo aquí.

Señaló una zona próxima al coro.

Adrián acercó la luz.

Había pequeñas anotaciones realizadas a lápiz junto a varias columnas.

Números.

Medidas.

Tiempos.

Padre Esteban reconoció inmediatamente la planta.

—Es el coro mayor.

El grupo abandonó el corredor y comenzó a subir.

La Catedral estaba mucho más silenciosa que unas horas antes.

El acceso había sido restringido y buena parte de las personas que se habían concentrado alrededor del templo comenzaban a dispersarse.

Las autoridades seguían intentando determinar el origen de los toques irregulares y de las vibraciones registradas durante la madrugada.

Cuando llegaron al coro, Adrián pidió que nadie avanzara.

Colocó varios sensores sobre el pavimento.

Después golpeó suavemente una de las losas con un pequeño percutor de goma.

TOC.

Esperó.

La respuesta apareció en la pantalla.

Repitió el procedimiento unos metros más adelante.

TOC.

Otra respuesta.

Lucía comprendió lo que estaba haciendo.

—Estás comparando cómo responde cada sector.

—Exactamente.

Si debajo del coro existían cavidades, rellenos o estructuras diferentes, la respuesta al golpe podía variar.

Durante casi veinte minutos avanzaron lentamente.

Golpe.

Medición.

Registro.

Comparación.

Hasta que llegaron a una antigua sillería próxima al extremo norte.

Adrián golpeó otra losa.

TOC.

La respuesta fue distinta.

Lucía miró la pantalla.

—Aquí cambia.

Adrián repitió la medición en varios puntos cercanos.

La diferencia persistía.

No podían determinar únicamente mediante aquellos golpes qué había debajo, pero sí establecer que ese sector no tenía la misma estructura que el resto del pavimento.

Adrián se arrodilló y examinó las juntas entre las losas.

Algunas habían sido restauradas.

Otras conservaban marcas antiguas.

Entonces encontró una incisión diminuta.

Después otra.

Y una tercera.

Pequeñas señales realizadas sobre la piedra.

Todas orientadas en la misma dirección.

Lucía comenzó a seguirlas.

Las marcas recorrían el borde exterior del coro.

Desaparecían bajo algunas reparaciones modernas.

Volvían a aparecer varios metros más adelante.

No eran adornos.

Parecían referencias deliberadas.

Una serie de indicaciones discretas destinadas únicamente a quien supiera buscarlas.

Adrián levantó lentamente la vista.

—Valcárcel no estaba midiendo solamente la acústica del coro.

Lucía comprendió.

—Estaba siguiendo estas marcas.

El Custodio permaneció en silencio.

Porque acababan de encontrar el mismo rastro que el profesor desaparecido había seguido antes que ellos.

Y todas aquellas señales conducían hacia una única columna situada en el extremo norte del coro mayor.

BLOQUE 2

La columna no parecía diferente de las demás.

Adrián la rodeó lentamente mientras Lucía comparaba las fotografías tomadas durante distintas intervenciones realizadas en la Catedral.

No había puertas visibles.

No existían bisagras.

Ninguna interrupción evidente en la piedra permitía imaginar un acceso oculto.

Sin embargo, las marcas terminaban exactamente allí.

Padre Esteban pasó los dedos sobre la base.

—Esta zona fue intervenida.

Lucía se inclinó.

La diferencia era mínima.

Una parte del mortero pertenecía a una reparación posterior, mientras que las piedras inferiores parecían mucho más antiguas.

Adrián colocó un sensor de contacto.

—Golpea aquí.

Lucía utilizó el percutor.

TOC.

Adrián observó la respuesta.

—Ahora en la otra columna.

Repitieron la prueba.

TOC.

Las señales no eran iguales.

Volvieron a hacerlo varias veces para evitar sacar conclusiones precipitadas.

La diferencia persistió.

Adrián señaló la primera.

—Hay algo distinto detrás de este sector. Puede ser un relleno diferente, una discontinuidad del muro o una cavidad.

Padre Esteban miró hacia la sillería.

—¿Un pasadizo?

—Todavía no podemos saberlo.

Lucía comenzó a revisar las anotaciones realizadas por Valcárcel.

Había algo que hasta entonces no habían comprendido.

El profesor había anotado tiempos junto a distintos puntos del coro.

No eran frecuencias.

Eran diferencias entre golpes y retornos.

Adrián tomó el cuaderno.

—Estaba comparando ecos.

Lucía se acercó.

Valcárcel había realizado numerosas pruebas desde posiciones diferentes. No había obtenido una imagen perfecta de lo que existía detrás de las paredes. Sus propios dibujos lo demostraban: había interrogantes, líneas discontinuas y varias hipótesis tachadas.

Pero había conseguido detectar algo importante.

Existían zonas huecas o discontinuidades que no figuraban en los planos modernos.

Adrián extendió sobre un banco las plantas históricas que llevaban consigo.

—No intentemos reconstruir lo que hay detrás solo con las mediciones.

Lucía comprendió.

—Crucemos todo.

Trabajaron durante varios minutos.

Las marcas del pavimento.

Las anotaciones de Valcárcel.

Las diferencias detectadas mediante percusión.

Los antiguos planos.

Las reformas documentadas por el Cabildo.

Padre Esteban encontró finalmente una planta anterior a una de las intervenciones realizadas en aquella zona.

—Aquí hay algo.

Adrián acercó la linterna.

Detrás del sector norte del coro aparecía una línea estrecha.

En planos posteriores había desaparecido.

No tenía nombre.

Tampoco indicaba claramente su función.

Lucía comparó su orientación con las marcas del pavimento.

Coincidían.

—Esto sí puede ser un conducto.

Adrián siguió la línea.

Descendía hacia una zona situada bajo el coro y terminaba cerca del sector donde habían localizado la anomalía asociada a la Campana Madre.

Padre Esteban frunció el ceño.

—Es demasiado estrecho para que una persona camine por él.

—Entonces probablemente nunca fue un pasadizo.

Adrián volvió a observar el plano.

Podía haber servido para ventilación, comunicación entre espacios, conducción o alguna función vinculada a estructuras desaparecidas. Con siglos de reformas acumuladas, establecer su finalidad original sin una inspección directa resultaba imposible.

Lucía miró las anotaciones de Valcárcel.

—Él también dudaba.

Había escrito junto a la línea:

¿Conducto acústico? ¿Ventilación antigua? Comprobar.

Adrián sonrió apenas.

Aquella interrogación era importante.

Valcárcel tampoco había convertido una hipótesis en certeza.

Padre Esteban observó el coro.

—Pero sabía que algo comunicaba este lugar con los niveles inferiores.

—Eso sí.

Adrián volvió a golpear suavemente la base de la columna.

TOC.

La respuesta se perdió dentro de la estructura.

No demostraba que los antiguos constructores hubieran diseñado deliberadamente un sistema para transportar sonidos.

Pero sí explicaba por qué algunos ruidos producidos en el coro podían alcanzar espacios inferiores y regresar modificados.

Aquella circunstancia, descubierta y documentada durante generaciones, podía haber terminado incorporándose a las prácticas de los Custodios.

Lucía recorrió con la mirada las pequeñas marcas.

—Entonces estas señales no son huellas acústicas en sentido literal.

Adrián negó.

—Son las huellas que dejaron quienes estudiaron la acústica.

La diferencia era enorme.

No había sonidos atrapados en las piedras.

Había marcas realizadas por personas.

Mediciones.

Documentos.

Observaciones acumuladas.

Conocimiento transmitido.

Padre Esteban contempló la sillería.

Durante siglos, las voces de los canónigos habían resonado allí. Era perfectamente posible que algunas alcanzaran sectores inesperados de la Catedral debido a la disposición de cámaras, huecos, bóvedas y conducciones antiguas.

Quizá de allí hubieran nacido parte de las historias sobre voces escuchadas bajo el coro.

Lucía revisó nuevamente los documentos.

—Hay otra cosa.

Señaló una anotación de Valcárcel situada junto al extremo de la línea.

Respuesta metálica.

Adrián la leyó.

Debajo aparecía otra palabra.

Grande.

Nada más.

No había escrito Campana Madre.

No había afirmado haberla encontrado.

Solo había registrado que, durante sus pruebas, había detectado una respuesta que interpretó como compatible con un objeto metálico de grandes dimensiones.

Padre Esteban respiró lentamente.

—Entonces estuvo cerca.