Las Campanas de Burgos (Los Secretos de España 1) CAPÍTULO 27 — Campanas negras sobre la catedral #2
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CAPÍTULO 27 — Campanas negras sobre la catedral #2

Padre Esteban observó el dibujo.

—Quizá fue retirada.

—Entonces debería existir algún registro.

El sacerdote guardó silencio.

Una campana de gran tamaño difícilmente desaparecía de la historia material de una Catedral sin dejar rastros. Una refundición, una sustitución o un traslado solían aparecer en libros de cuentas, inventarios o documentos de obra.

El Custodio señaló el último perfil.

Era la pieza más grande representada en el documento.

Debajo aparecía una inscripción parcialmente borrada.

Adrián acercó la luz.

Solo consiguió leer dos palabras.

Mater Burgensis.

Lucía miró al sacerdote.

—¿Madre de Burgos?

Padre Esteban asintió.

El Custodio cerró lentamente la carpeta.

—La llamaban Campana Madre.

Adrián recordó inmediatamente las referencias que habían encontrado anteriormente, pero ahora el término dejaba de tener cualquier sentido fantástico.

No era una campana que despertara.

No era el corazón de una red.

Era una pieza histórica.

Una campana real que alguna vez había formado parte del conjunto original.

—¿Dónde está?

El anciano miró hacia las profundidades de la Catedral.

—Eso es precisamente lo que nadie ha conseguido demostrar.

En ese momento una nueva señal apareció en la tableta de Lucía.

La secuencia clandestina.

Esta vez resultaba más intensa.

Y procedía de abajo.

BLOQUE 3

Descendieron nuevamente, pero no regresaron inmediatamente al santuario.

Adrián pidió detenerse en el archivo del Cabildo.

Si la Campana Madre había existido, debía quedar alguna referencia documental. No necesitaban leyendas. Necesitaban inventarios, libros de fábrica, cuentas de fundidores, reparaciones o cualquier anotación que permitiera seguir físicamente la historia de aquella pieza.

Padre Esteban conocía los fondos mejor que ninguno.

Durante casi una hora revisaron cajas y legajos mientras las campanas continuaban sonando de manera irregular sobre ellos.

Lucía organizaba las fechas.

Adrián comparaba medidas.

El Custodio permanecía apartado, como si quisiera comprobar hasta dónde eran capaces de llegar sin su ayuda.

Finalmente, Padre Esteban encontró una referencia.

—Aquí.

Era un inventario antiguo.

La escritura había perdido intensidad, pero todavía podía leerse.

Adrián acercó la lámpara.

Varias campanas aparecían enumeradas con sus pesos aproximados y su ubicación.

Una de ellas estaba tachada.

No figuraba como destruida.

No figuraba como refundida.

Solo había una anotación al margen.

Retirada del toque.

Lucía sintió un escalofrío.

—¿Fecha?

Padre Esteban comprobó el encabezamiento.

La anotación pertenecía a una modificación posterior del inventario original.

—Finales del siglo XVI.

Adrián continuó leyendo.

Había otra frase casi borrada.

Por disposición del Cabildo, no volverá a sonar.

Silencio.

Eso era todo.

Ninguna explicación.

Ningún motivo.

Pero por primera vez tenían una prueba documental de que una campana había sido deliberadamente apartada.

Adrián buscó el peso.

Cuando lo encontró comprendió inmediatamente la dificultad.

—No pudieron sacarla discretamente de la Catedral.

Lucía leyó la cifra.

Era demasiado pesada para desaparecer sin una operación considerable.

—Entonces pudo quedarse aquí.

El Custodio habló por primera vez desde que habían entrado.

—Eso mismo concluyó Valcárcel.

Adrián giró hacia él.

—¿El profesor la buscaba?

—Durante años.

El anciano sacó de su túnica una hoja doblada.

No era medieval.

Era moderna.

En el borde superior aparecía el nombre del profesor Valcárcel.

Adrián reconoció inmediatamente su escritura.

El texto contenía mediciones realizadas en diferentes sectores de la Catedral. Distancias, espesores de muros, anomalías detectadas mediante percusión y pequeñas diferencias entre los planos históricos y las dimensiones reales del edificio.

Lucía leyó las últimas anotaciones.

—Encontró un espacio vacío.

Adrián tomó la hoja.

La zona señalada estaba cerca de uno de los antiguos cuerpos estructurales asociados al campanario.

No coincidía con el segundo acceso que habían descubierto.

Era otro lugar.

Un espacio relativamente pequeño.

Pero suficientemente grande.

—Podría caber una campana.

BOOOOOOOMMMMMMMMMMMMM…

El sonido volvió a recorrer la Catedral.

Los cuatro quedaron inmóviles.

Lucía miró el registro.

La secuencia interferente había aparecido otra vez.

Pero ahora Adrián ya no intentó interpretarla como una frecuencia capaz de sustituir ninguna pieza desaparecida.

Abrió las copias de los antiguos códigos.

Comparó la secuencia.

Después buscó entre las anotaciones del inventario.

—Esperad.

Lucía se acercó.

—¿Qué encontraste?

Adrián señaló varias marcas asociadas a los toques.

—Esta parte del Contrahimno corresponde a una secuencia incompleta.

Padre Esteban observó los documentos.

—¿Porque falta la Campana Madre?

—Eso parece.

La campana retirada ocupaba un lugar concreto dentro del antiguo orden de toques.

Sin ella, la secuencia no podía ejecutarse tal como aparecía documentada.

Sin embargo, alguien estaba reproduciendo deliberadamente las partes que todavía podían hacerse sonar.

Lucía comprendió.

—Está buscando la parte que falta.

Adrián asintió.

—O está indicando a otra persona dónde debe buscarla.

Aquello cambiaba por completo el significado de las señales.

No intentaban reconstruir artificialmente ninguna propiedad extraordinaria de la Campana Madre.

Utilizaban el código como habían hecho los Custodios durante generaciones.

Como una instrucción.

Como una referencia.

Como una manera de transmitir información a quienes sabían interpretarla.

Lucía volvió a comprobar la procedencia de los sonidos clandestinos.

Había logrado reducir considerablemente el margen.

—Puedo aproximar el origen.

Adrián levantó la mirada.

—¿Dónde?

Lucía mostró el plano.

El sector coincidía casi exactamente con la anomalía marcada años atrás por Valcárcel.

El espacio donde podía encontrarse la Campana Madre.

El Custodio observó el documento durante varios segundos.

Su expresión cambió.

—Entonces Valcárcel llegó mucho más lejos de lo que creíamos.

Adrián tomó una linterna.

—¿Cómo llegamos?

Padre Esteban buscó entre los planos.

No existía ninguna puerta.

Ninguna escalera.

Ningún corredor conducía directamente hasta allí.

Sin embargo, una antigua planta de la Catedral mostraba algo diferente.

Una línea muy fina atravesaba uno de los muros.

Parecía una corrección del dibujo.

Adrián la examinó con atención.

No era una corrección.

Era un pasadizo clausurado.

El grupo abandonó el archivo y recorrió un estrecho corredor hasta alcanzar el lugar señalado.

A simple vista solo había piedra.

Adrián golpeó suavemente el muro.

Una vez.

Después otra.

El tercer golpe produjo una respuesta diferente.

Hueca.

Lucía colocó el sensor de contacto.

Repitió la prueba varios centímetros más arriba.

Después hacia la izquierda.

—Hay un espacio detrás.

Todos se miraron.

Padre Esteban encontró finalmente una pequeña irregularidad en una de las juntas.

Introdujo una herramienta fina.

Parte del revestimiento superficial cedió.

Debajo apareció una antigua placa metálica.

No tenía inscripción religiosa.

Solo una fecha.

1588.

Y debajo, grabadas profundamente sobre el hierro, cuatro palabras:

NO HACERLA SONAR JAMÁS.

Adrián permaneció inmóvil frente a la advertencia.

Ya no necesitaba creer en campanas capaces de recordar, mapas que se iluminaban solos ni guardianes elegidos por fuerzas desconocidas.

La realidad resultaba suficientemente inquietante.

Alguien había ocultado una campana dentro de la Catedral hacía más de cuatro siglos.

Alguien había eliminado casi todas las referencias sobre ella.

Y ahora otra persona estaba utilizando un antiguo código para encontrarla.

Lucía revisó nuevamente las anotaciones de Valcárcel.

Entonces descubrió algo que hasta ese momento había pasado inadvertido.

Junto al dibujo de la Campana Madre aparecía la misma combinación que acababan de escuchar.

No era una representación de su sonido.

Era una indicación.

Lucía levantó lentamente la tableta.

—Adrián...

Él giró.

—¿Qué pasa?

—No están intentando reproducirla.

Adrián se acercó.

Lucía señaló la anotación.

—Están siguiendo las instrucciones para llegar hasta ella.

Desde el otro lado del muro llegó entonces un sonido metálico.

Real.

Seco.

Perfectamente reconocible.

CLONG.

Nadie habló.

El sonido no había surgido de ningún fenómeno extraño.

Alguien estaba detrás de aquel muro.

Alguien había encontrado el acceso antes que ellos.

Y acababa de golpear una campana que llevaba más de cuatrocientos años oficialmente retirada del toque.