Las Campanas de Burgos (Los Secretos de España 1) CAPÍTULO 24 — Quienes escuchaban demasiado cambiaban lentamente #2
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CAPÍTULO 24 — Quienes escuchaban demasiado cambiaban lentamente #2

—Entonces algunos relatos del archivo...

—Hay que leerlos con mucho cuidado —respondió el Custodio—. Que alguien escribiera sinceramente que escuchó una voz no significa que esa voz existiera.

Lucía asintió.

Era exactamente la distinción que necesitaban mantener.

Testimonio no significaba demostración.

BOOOOOOOMMMMMMMMMMMMM…

En la superficie, Burgos continuaba recuperando lentamente su ritmo habitual.

La multitud se reducía.

Los servicios sanitarios atendían casos aislados de ansiedad, cefaleas y molestias auditivas.

Nada indicaba que las campanas estuvieran modificando capacidades humanas.

El verdadero peligro estaba allí abajo.

En ellos.

En el cansancio.

En las horas sin descanso.

En la obsesión por encontrar una explicación para cada sonido.

Adrián cerró los ojos.

La galería parecía llena de pequeños ruidos.

La respiración de Lucía.

El roce de la ropa del padre Esteban.

El zumbido de uno de los equipos.

Una gota cayendo en algún lugar distante.

El aire entrando por una fisura.

Todo competía por ocupar el mismo espacio dentro de su atención.

Entonces escuchó al padre Esteban inspirar.

—Adrián...

El ingeniero abrió los ojos.

No intentó completar la frase.

Esperó.

—¿Se encuentra bien? —preguntó finalmente el sacerdote.

Adrián sonrió apenas.

—Eso creía que ibas a preguntarme.

—¿Y lo sabías?

Adrián negó.

—No.

Miró al Custodio.

—Lo estaba suponiendo.

El anciano sostuvo su mirada durante unos segundos.

Después asintió.

Aquella pequeña diferencia era más importante de lo que parecía.

Desde la profundidad llegó nuevamente la voz humana.

—Al menos él está aprendiendo antes que tú.

El Custodio levantó violentamente la cabeza.

—¡Basta!

El grito recorrió la galería.

Esta vez los sensores de Lucía registraron claramente una respuesta procedente del corredor.

No era un eco.

Era una voz real.

—Sigues teniendo miedo de aquella noche.

Lucía miró la pantalla.

—Está ahí.

Adrián se volvió hacia el Custodio.

—¿Qué ocurrió hace cuarenta y tres años?

El anciano permaneció inmóvil.

Finalmente habló.

—Mi maestro y yo encontramos una fisura debajo de estas galerías. Conducía hacia una cámara que no aparecía en los planos que conocíamos.

—¿La Cámara de la Primera Resonancia?

El Custodio asintió.

—Así la llamamos nosotros después. No sabemos cuál fue su nombre original.

Lucía esperó.

—¿Y qué hicieron?

—La estudiamos durante nueve días.

—¿Por qué?

El anciano respiró profundamente.

—Porque descubrimos que su forma alteraba extraordinariamente la propagación del sonido. Un golpe dado en un punto podía escucharse con claridad en otro y prácticamente desaparecer a pocos metros de allí.

Adrián miró las paredes.

Eso sí resultaba comprensible.

Geometría.

Materiales.

Reflexión.

Transmisión estructural.

—Querían entenderla.

—Sí.

El Custodio bajó la mirada.

—Y dejamos de dormir lo suficiente para hacerlo.

Lucía esperó.

—¿Qué ocurrió con su maestro?

—Empezó a sufrir insomnio. Después evitaba a las personas. Decía que cualquier conversación lo agotaba porque analizaba cada pausa y cada gesto. Comenzó a encontrar relaciones entre sonidos que probablemente no tenían ninguna.

El Custodio tragó saliva.

—Y poco después desapareció.

Padre Esteban frunció el ceño.

—¿Encontraron el cuerpo?

—No.

Silencio.

Lucía miró hacia la galería.

—Entonces nunca supieron que había muerto.

El anciano cerró los ojos.

—No.

Durante cuarenta y tres años habían convertido una desaparición en una muerte.

Y ahora aquella voz estaba obligándolo a enfrentarse con la posibilidad de que su maestro jamás hubiera abandonado las profundidades de Burgos.

BUM.

Todos levantaron la cabeza.

Esta vez no había sido una campana.

Era un golpe.

Lejano.

Después otro.

BUM.

Y otro.

BUM.

Tres impactos separados por intervalos regulares.

Adrián caminó lentamente hacia la pared.

Apoyó la mano sobre la piedra.

Esperó.

BUM.

La vibración llegó hasta su palma.

—Hay alguien golpeando.

Lucía acercó un sensor de contacto.

Una pequeña oscilación atravesó la pantalla.

—Sí.

El Custodio retrocedió.

—No respondáis.

Adrián giró hacia él.

—¿Por qué?

El anciano observó la oscuridad.

—Porque la última vez que respondimos a esos golpes dejamos de investigar con prudencia.

Hizo una pausa.

—Y empezamos a creer que todo lo que escuchábamos estaba dirigido a nosotros.

* * *

BLOQUE 3

BUM.

Silencio.

BUM.

Silencio.

BUM.

Los golpes continuaban llegando desde la profundidad.

Ahora Lucía también podía registrarlos.

Había colocado tres sensores de contacto sobre diferentes puntos de la pared. Las pequeñas diferencias temporales entre las señales permitían estimar aproximadamente de qué dirección procedían.

—Vienen de detrás de la cámara que llamáis Primera Resonancia.

Adrián observó el trazado.

—¿A qué distancia?

—No puedo saberlo con precisión. La roca y la geometría de las galerías deforman demasiado la propagación.

El Custodio permanecía junto al corredor.

—No deberíamos seguir.

Padre Esteban lo miró.

—Si su maestro sigue vivo, no podemos marcharnos.

El anciano no respondió.

BUM.

Otro golpe.

Después dos seguidos.

BUM. BUM.

Lucía observó el registro.

—Eso no parece accidental.

Adrián asintió.

Durante siglos los campaneros habían transmitido información mediante secuencias sencillas.

Avisos.

Horarios.

Alarmas.

Convocatorias.

No resultaba extraño que alguien que hubiera dedicado toda su vida al estudio de aquellos sistemas utilizara un código semejante.

Adrián golpeó suavemente la piedra.

Una vez.

El Custodio giró inmediatamente.

—Te dije que no respondieras.

Esperaron.

BUM.

La contestación llegó desde la profundidad.

Lucía contuvo la respiración.

Adrián golpeó dos veces.

Esperó.

BUM. BUM.

Padre Esteban miró al Custodio.

—Nos escucha.

El anciano negó lentamente.

—Reconoce el código.

BOOOOOOOMMMMMMMMMMMMM…

Un tañido de la Catedral atravesó las galerías.

Durante varios segundos los golpes quedaron ocultos bajo la vibración.

Cuando el sonido desapareció, regresaron.

Más rápidos.

BUM.

BUM.

BUM.

Pausa.

BUM. BUM.

El Custodio levantó lentamente la cabeza.

—Conozco esa secuencia.

Adrián lo miró.

—¿Qué significa?

El anciano no respondió inmediatamente.

Después pronunció dos palabras.

—No sigáis.

Silencio.

Lucía volvió a comprobar los intervalos.

—¿Está seguro?

—Era una advertencia utilizada en algunas galerías. Tres golpes separados y dos consecutivos.

Padre Esteban miró hacia la oscuridad.

—¿Nos está diciendo que no vayamos?

El Custodio negó.

—No podemos saberlo.

Adrián lo observó.

El anciano continuó:

—Puede significar que no sigamos. Puede estar utilizando una variante que yo no recuerdo. O incluso puede estar comprobando si todavía conozco el código.

Adrián asintió.

Era exactamente la prudencia que necesitaban.

No convertir una interpretación en certeza.

BUMMMMM…

BUMMMMM…

BUMMMMM…

Lucía comenzó a desmontar algunos equipos.

—Si vamos a entrar, necesitamos sensores portátiles. Y vamos a registrar todo.

Adrián la miró.

Después de tantas horas allí abajo, la diferencia entre investigar y dejarse arrastrar por sus propias expectativas dependía de unas reglas muy sencillas.

Comprobar.

Medir.

Contrastar.

No convertir cada sonido en una respuesta.

No convertir cada coincidencia en una señal.

El Custodio pareció comprender lo mismo.

—Eso fue lo que nosotros dejamos de hacer.

Adrián lo observó.

—¿Usted y su maestro?

—Sí.

El anciano bajó la mirada.

—Llegó un momento en que cualquier ruido nos parecía significativo. Cada vibración era una advertencia. Cada silencio escondía algo.

Lucía guardó el último sensor.

—Entonces esta vez no cometeremos el mismo error.

Avanzaron hacia la galería.

BUM.

El golpe volvió a producirse.

Más cerca.

O quizá simplemente lo percibían mejor.

Adrián se obligó a no decidir cuál de las dos posibilidades era correcta.

La galería descendía lentamente.

El aire era más frío.

No había luces extrañas.

Ni marcas que aparecieran sobre las paredes.

Solo piedra.

Humedad.

Oscuridad.

Y una acústica extraordinaria.

A medida que avanzaban comenzaron a comprender por qué las voces podían recorrer aquellas distancias.

Algunas secciones del corredor actuaban como cámaras de resonancia. Una palabra pronunciada en un punto determinado podía viajar por una abertura, reflejarse y reaparecer deformada en otro lugar.

Lucía realizó una prueba.

—Adrián.

La palabra desapareció hacia adelante.

Un instante después regresó desde una abertura lateral.

Más grave.

Distorsionada.

Padre Esteban sintió un escalofrío.

—Así pudieron nacer muchas de las historias.

Adrián asintió.

Voces sin cuerpo.

Susurros procedentes de paredes.

Palabras atribuidas a muertos.

No necesitaban recurrir a ninguna explicación sobrenatural.

Aquellas galerías podían confundir fácilmente a una persona agotada, asustada y sometida durante horas a un entorno acústico desconocido.

BUM.

El golpe llegó otra vez.

Lucía levantó una mano.

Todos se detuvieron.

Colocó el sensor contra la pared.

Esperó.

BUM.

Miró la pantalla.

—Ahora sí es más intenso.

Continuaron.

El corredor descendió otros veinte metros antes de desembocar en una pequeña cámara natural.

Allí encontraron algo inesperado.

Señales de ocupación humana.

Una manta doblada.

Recipientes metálicos.

Una lámpara.

Herramientas.

Cajas de alimentos.

Algunas parecían antiguas.

Otras eran recientes.

Adrián se agachó.

Tomó una lata vacía.

La fecha de fabricación apenas tenía dos años.

Lucía lo miró.

—Alguien utiliza este lugar.

El Custodio permanecía paralizado.

Cuarenta y tres años de certezas acababan de derrumbarse frente a una simple lata.

BUM.

El golpe llegó desde detrás de la pared del fondo.

Adrián se acercó.

Descubrió una abertura estrecha parcialmente oculta por una tela oscura.

El Custodio comenzó a respirar con dificultad.

—No puede ser.

Padre Esteban apoyó una mano sobre su hombro.

Adrián retiró lentamente la tela.

Al otro lado aparecía otra galería.

Mucho más estrecha.

Una luz débil temblaba al final.

Era una lámpara.

Y junto a ella había una silueta humana.

Nadie se movió.

El hombre situado al fondo era extremadamente anciano.