CAPÍTULO 24 — Quienes escuchaban demasiado cambiaban lentamente
BLOQUE 1
—Por fin habéis abierto el camino.
La voz llegó desde algún punto situado más allá de la galería.
Débil.
Lejana.
Pero inequívocamente humana.
Adrián Salvatierra levantó la cabeza de inmediato.
Lucía Orive dejó de observar los instrumentos.
El padre Esteban se volvió hacia el anciano Custodio.
La reacción de este último resultó mucho más inquietante que la propia voz.
Había palidecido.
Durante unos segundos permaneció completamente inmóvil, mirando hacia la oscuridad como si acabara de escuchar algo que llevaba décadas intentando olvidar.
BUMMMMM…
BUMMMMM…
BUMMMMM…
La vibración profunda continuaba recorriendo las galerías bajo el casco antiguo de Burgos.
Lucía comprobó los micrófonos.
No aparecía ninguna voz claramente identificable en las grabaciones.
Solo la frecuencia grave que los acompañaba desde hacía horas.
—No la registran bien —dijo.
Adrián se acercó.
—Pero todos la hemos oído.
Lucía revisó nuevamente los niveles.
Después observó las paredes.
—Los micrófonos están midiendo principalmente lo que se transmite por el aire. Quizá parte de la voz nos esté llegando por la estructura.
Apoyó uno de los sensores de contacto contra la roca.
La pantalla respondió de inmediato.
Una señal débil apareció entre las vibraciones de fondo.
—Ahí está.
Adrián comprendió.
La red de galerías podía transmitir determinadas vibraciones a través de la piedra. Las paredes, los pilares y las cámaras modificaban el sonido de maneras difíciles de prever desde la superficie.
Aquello explicaba por qué habían escuchado la voz con tanta claridad mientras los micrófonos ambientales apenas podían distinguirla.
Pero no explicaba la reacción del Custodio.
—¿Quién es? —preguntó Adrián.
El anciano no respondió.
La voz volvió a llegar desde la profundidad.
—Sigues tardando demasiado en aceptar aquello que tienes delante.
El Custodio cerró los ojos.
Padre Esteban se aproximó lentamente.
—¿Lo conoce?
Silencio.
Finalmente, el anciano abrió los ojos.
—Conocí esa voz.
Adrián sintió un escalofrío.
—¿De quién es?
El Custodio miró hacia la galería.
—De mi maestro.
Lucía frunció el ceño.
—¿El Custodio anterior?
El anciano asintió.
—Fue quien me enseñó a interpretar los antiguos toques. Quien me mostró las primeras cámaras. Quien me entregó los documentos que después quedaron bajo mi custodia.
Hizo una pausa.
—Y a quien todos dimos por muerto hace cuarenta y tres años.
Nadie habló.
BUMMMMM…
BUMMMMM…
BUMMMMM…
Adrián volvió la mirada hacia el corredor.
Había una explicación mucho más sencilla que cualquier hipótesis extraordinaria.
Tal vez aquel hombre nunca hubiera muerto.
Tal vez simplemente hubiera desaparecido.
Lucía aumentó la sensibilidad del sensor de contacto.
La señal volvió a aparecer.
Débil.
Pero real.
—Hay alguien ahí abajo.
El Custodio no respondió.
BOOOOOOOMMMMMMMMMMMMM…
Un nuevo tañido descendió desde la Catedral.
En la superficie, la multitud reunida alrededor del templo comenzaba lentamente a dispersarse.
Los equipos médicos instalados provisionalmente en la plaza no habían detectado ninguna emergencia generalizada. Algunas personas habían solicitado asistencia por ansiedad, dolor de cabeza o mareos, pero la mayoría permanecía allí simplemente por curiosidad.
Lucía revisó los informes.
—Nada extraordinario.
Adrián observó los datos.
—¿Qué están encontrando?
—Cansancio. Estrés. Algunas personas dicen seguir percibiendo el ritmo después de que las campanas se detienen. Otras se quejan de zumbidos o sensibilidad al ruido.
Adrián asintió.
Después de una exposición prolongada a sonidos intensos o repetitivos, aquellas molestias no resultaban sorprendentes.
El Custodio levantó lentamente la mirada.
—Por eso nunca debían prolongarse determinados toques.
Adrián se volvió hacia él.
—¿Lo sabían?
—No como vosotros podéis explicarlo ahora. Pero lo observaron.
El anciano caminó hacia una de las mesas.
Abrió un antiguo cuaderno de registros.
—Los campaneros anotaban lo que ocurría después de algunas celebraciones especialmente largas. Mareos. Desorientación. Personas que decían continuar escuchando los toques cuando ya habían terminado. Algunos campaneros sufrían durante días una sensibilidad extraordinaria a cualquier ruido.
Lucía pasó varias páginas.
Había anotaciones de diferentes épocas.
Insomnio.
Irritabilidad.
Dolores de cabeza.
Zumbidos.
Dificultad para descansar.
Una frase aparecía repetida por distintas manos a lo largo de los siglos.
Quien escucha demasiado tarda en volver al silencio.
Adrián permaneció observando aquellas palabras.
No describían ningún poder.
Describían una experiencia humana.
Entonces Lucía recuperó algunas imágenes tomadas junto a la Catedral.
Una mujer levantaba la cabeza apenas antes de cada campanada.
Un hombre situado a varios metros hacía algo parecido.
Después otro.
—Parece que anticipan el toque —dijo Padre Esteban.
Adrián observó atentamente la grabación.
Amplió la imagen de la torre.
El movimiento del bronce comenzaba antes del impacto del badajo.
Además, quienes llevaban horas escuchando aquella secuencia ya conocían aproximadamente sus intervalos.
—No anticipan nada inexplicable —dijo—. Han aprendido el patrón.
Lucía asintió.
—Y algunos pueden estar viendo el movimiento de la campana antes de escucharla.
El Custodio cerró lentamente el cuaderno.
—Eso mismo ocurrió siempre.
BUMMMMM…
BUMMMMM…
BUMMMMM…
Adrián sintió entonces que Lucía estaba a punto de inspirar profundamente.
Levantó una mano.
Lucía inspiró.
Los dos quedaron inmóviles.
—¿Qué has hecho? —preguntó ella.
Adrián tardó unos segundos en responder.
—Sabía que ibas a respirar.
Lucía frunció el ceño.
—Todo el mundo respira.
—No me refiero a eso.
Adrián la observó con mayor atención.
El movimiento casi imperceptible del tórax.
Una tensión mínima en la mandíbula.
El cambio de posición de los hombros antes de una inspiración profunda.
Entonces comprendió.
No había ocurrido nada extraordinario.
Llevaba tantas horas concentrado en sonidos, movimientos y pequeñas variaciones que había comenzado a prestar atención a indicios que normalmente habría ignorado.
—Vi el movimiento antes de que fueras consciente de que estaba mirándote.
Lucía lo observó.
—Estás demasiado atento.
Adrián asintió.
El Custodio intervino.
—Ese es el verdadero peligro.
Padre Esteban miró las campanas suspendidas.
—¿Qué quiere decir?
—Que después de muchas horas intentando encontrar patrones uno empieza a buscarlos incluso donde no los necesita.
Adrián volvió a mirar el antiguo cuaderno.
Ahora comprendía mucho mejor aquella frase.
Quien escucha demasiado tarda en volver al silencio.
Desde la profundidad volvió a llegar la voz.
—Todavía no les has contado el precio.
El Custodio levantó la cabeza.
—Cállate.
Adrián y Lucía intercambiaron una mirada.
Ya no había duda.
Alguien estaba realmente allí abajo.
—¿Qué precio? —preguntó Adrián.
El anciano permaneció unos segundos en silencio.
—Cuanto más pendiente estás de cada ruido y de cada gesto, más difícil resulta dejar de buscarles significado.
Miró hacia la oscuridad.
—Y llega un momento en que escuchar deja de ayudarte a comprender.
Hace exactamente lo contrario.
* * *
BLOQUE 2
La última frase permaneció suspendida en la galería.
Adrián observó al Custodio.
Ahora comprendía que aquel hombre no hablaba únicamente de antiguos campaneros.
Hablaba de sí mismo.
BUMMMMM…
BUMMMMM…
BUMMMMM…
—¿Qué le ocurrió? —preguntó Adrián.
El anciano bajó la mirada.
—Cuando llegué aquí era mucho más joven que vosotros. Creía que escuchar mejor significaba comprender mejor.
Hizo una pausa.
—Me equivoqué.
Lucía dejó la tableta sobre la mesa.
—¿Cuánto tiempo permaneció expuesto?
El Custodio tardó en responder.
—Nueve días.
Padre Esteban levantó la mirada.
—¿Nueve días aquí abajo?
—Entrábamos y salíamos de las galerías. Dormíamos apenas unas horas. Mi maestro estaba convencido de que podíamos reconstruir la manera en que los sonidos de la Catedral se transmitían por algunas cámaras.
Adrián comprendió inmediatamente.
—Se sometieron deliberadamente a horas de escucha.
El anciano asintió.
—Demasiadas.
BOOOOOOOMMMMMMMMMMMMM…
Una de las campanas suspendidas osciló ligeramente después del tañido procedente de la superficie.
El Custodio la observó.
—Al principio resultaba fascinante. Comencé a reconocer el movimiento del aire dentro de algunas galerías. Podía distinguir pasos a mucha distancia. Llegué a reconocer a varias personas por su manera de caminar antes de verlas.
Adrián recordó lo ocurrido con Lucía.
—Después empezó a anticipar sus movimientos.
—No exactamente.
El Custodio negó lentamente.
—Empecé a creer que podía anticiparlos.
La diferencia era fundamental.
Continuó caminando entre las antiguas campanas.
—La respiración cambia antes de hablar. La postura cambia antes de levantarse. Las manos pueden revelar nerviosismo. Cuando pasas demasiadas horas observando y escuchando, empiezas a utilizar esas señales sin darte cuenta.
Lucía cruzó los brazos.
—Eso no parece necesariamente peligroso.
El anciano la miró.
—No lo es mientras recuerdes que puedes equivocarte.
Silencio.
—Yo dejé de recordarlo.
Adrián comprendió inmediatamente.
—Empezó a confiar demasiado en sus interpretaciones.
—Sí.
El Custodio apoyó una mano sobre la mesa.
—Cada pausa significaba algo. Cada ruido parecía una señal. Cada coincidencia parecía confirmar la anterior.
Adrián conocía el fenómeno.
—Apofenia.
El padre Esteban lo miró.
—¿Qué significa?
—La tendencia a encontrar patrones o conexiones significativas incluso cuando pueden ser producto del azar.
El Custodio asintió.
—Nosotros no conocíamos esa palabra.
Señaló los documentos.
—Y quienes escribieron muchos de estos textos siglos atrás tampoco.
Aquella explicación modificaba la lectura de numerosos testimonios.
Las supuestas voces.
Las advertencias.
Los sonidos interpretados como mensajes.
Quizá algunos relatos no describieran fenómenos inexplicables.
Podían ser testimonios de personas agotadas, sometidas a falta de sueño, aislamiento, sonidos repetitivos y una enorme presión psicológica.
Adrián sintió un escalofrío.