CAPÍTULO 23 — Imposibles sincronizaciones humanas aparecieron #2
El anciano señaló la anotación siguiente.
Una única palabra había sido escrita junto al margen.
Sellado.
Lucía volvió a mirar la fotografía de la puerta marcada.
El recorrido viral había llevado ya a varias personas hasta aquel punto.
Algunas habían publicado imágenes.
Una de ellas mostraba algo que las anteriores no tenían.
La puerta estaba entreabierta.
Adrián se incorporó inmediatamente.
—Ya encontraron la entrada.
Mateo negó.
—No.
Su mirada se endureció.
—La conocían desde el principio.
Todo el recorrido fue creado para ocultar entre cientos de curiosos la llegada de quienes realmente necesitaban entrar.
* * *
BLOQUE 3
Lucía descargó todas las fotografías publicadas alrededor de aquella calle durante la última hora.
Las ordenó cronológicamente.
La primera mostraba la puerta cerrada.
La siguiente, también.
Después aparecía una imagen tomada desde más lejos.
Un hombre estaba parado junto al muro.
No se distinguía su rostro.
Llevaba una chaqueta oscura y una mochila pequeña.
Cinco minutos después, otra fotografía mostraba la puerta ligeramente abierta.
Adrián señaló la pantalla.
—Ahí está.
Lucía amplió cuanto pudo la primera imagen.
La resolución era insuficiente para identificar al hombre.
Pero había un detalle visible.
En su mano sostenía una barra metálica corta.
Mateo la reconoció.
—Una varilla de auscultación.
Padre Esteban lo miró.
—¿Como las que encontramos abajo?
—Parecida.
Aquellas herramientas se habían utilizado durante siglos, con diferentes formas, para comprobar huecos, escuchar cambios en la respuesta de muros o explorar estructuras sin desmontarlas completamente.
No tenían nada de extraordinario.
Pero en manos de alguien que conociera los planos antiguos podían resultar muy útiles.
Adrián volvió a mirar la puerta.
—Entonces el ritmo era una instrucción.
Mateo asintió.
—Golpear determinados puntos. Comparar la respuesta. Encontrar el mecanismo o el hueco correcto.
Lucía abrió el documento donde aparecía la frase:
Rhythmus aperit quod lapis custodit.
Ahora adquiría un significado mucho más sencillo.
El ritmo no obligaba a la piedra a abrirse.
Indicaba cómo buscar aquello que estaba oculto dentro de ella.
Padre Esteban sonrió apenas.
—Durante siglos una frase mal interpretada puede terminar pareciendo magia.
—Especialmente cuando falta la mitad del manual —respondió Adrián.
Un nuevo sonido llegó desde algún lugar lejano de las galerías.
GRRRRRRRRRRRRRRRRR…
Los cuatro guardaron silencio.
Esta vez no parecía una vibración producida por las campanas.
Era un mecanismo.
Piedra desplazándose contra piedra.
Mateo levantó inmediatamente la linterna.
—Han conseguido abrirlo.
Adrián observó el plano.
Si la documentación era correcta, el antiguo paso debía comunicar indirectamente con sectores situados bajo el casco histórico.
No sabían si llegaba hasta la llamada Primera Memoria.
Pero quien había entrado parecía creerlo.
Lucía guardó la tableta.
—Tenemos que llegar antes.
Mateo abrió un cajón del archivo y sacó varias hojas dobladas.
—Hay otra posibilidad.
Extendió un plano de mantenimiento mucho más reciente.
Mostraba conducciones, cámaras de inspección y sectores clausurados durante distintas obras.
Algunos tramos coincidían aproximadamente con las galerías medievales.
—Podemos intentar interceptarlos desde aquí.
Adrián siguió el recorrido con el dedo.
—¿Hasta dónde?
Mateo señaló una pequeña cámara situada bajo una construcción desaparecida.
—Hasta este punto.
Lucía comparó la posición con el antiguo mapa.
Coincidía casi exactamente con el lugar señalado por la expresión Ad memoriam primam.
Nadie habló durante unos segundos.
El nombre resultaba extraordinario.
Pero lo que podía esconder era completamente humano.
Documentos.
Testimonios.
Registros.
Quizá copias de textos desaparecidos.
Tal vez la explicación de por qué los primeros Custodios habían decidido dividir el conocimiento y esconderlo en diferentes archivos.
Padre Esteban volvió a leer el inventario.
—“Depósito de testimonios anteriores al Archivo.”
Levantó la mirada.
—Si esto es correcto, podría contener documentos anteriores a la organización de los Custodios.
Mateo asintió.
—Y quizá explique quién comenzó realmente todo esto.
Las campanas volvieron a sonar sobre Burgos.
BOOOOOOOMMMMMMMMMMMMM…
Adrián ya no escuchó en ellas ninguna fuerza misteriosa.
Escuchó una señal humana.
Una herramienta utilizada durante siglos para convocar, advertir, reunir o distraer.
Todo dependía de quién estuviera detrás de la cuerda.
Comenzaron a avanzar por la galería.
A medida que descendían, el sonido de la ciudad fue desapareciendo.
Solo quedaron sus pasos.
El roce de la ropa.
La respiración.
Y, ocasionalmente, algún golpe lejano que confirmaba que no estaban solos.
Llegaron finalmente a una bifurcación.
Mateo iluminó la pared.
Una inscripción casi borrada permanecía grabada sobre la piedra.
No apareció de repente.
No brilló.
Había estado allí durante siglos.
El polvo y la suciedad simplemente habían impedido verla.
Padre Esteban limpió cuidadosamente la superficie.
Dos palabras quedaron expuestas.
MEMORIA PRIMA
Lucía permaneció inmóvil.
—Existe.
Adrián examinó el muro.
Había marcas recientes alrededor de una de las juntas.
Alguien había intentado abrirlo desde el otro lado.
Entonces escucharon un chasquido.
Después otro.
Un pequeño altavoz oculto entre las piedras emitió una interferencia.
Lucía levantó inmediatamente la linterna.
—Ahí.
El dispositivo era moderno.
Pequeño.
Alimentado por una batería.
Alguien lo había instalado recientemente.
Adrián se acercó.
Antes de que pudiera tocarlo, una voz surgió del aparato.
Clara.
Humana.
—Por fin habéis encontrado el camino.
Mateo quedó completamente inmóvil.
Adrián giró hacia él.
El rostro del anciano había perdido el color.
—¿Conoces esa voz?
Mateo tardó varios segundos en responder.
—Sí.
Lucía esperó.
—¿Quién es?
El anciano miró el pequeño altavoz como si acabara de abrirse ante él una parte de su pasado que llevaba décadas intentando cerrar.
—Esteban Valcárcel.
Adrián sintió un escalofrío.
El profesor desaparecido.
El hombre cuyo nombre habían encontrado entre los antiguos registros de los Custodios.
Lucía miró nuevamente el dispositivo.
—Puede ser una grabación.
—Sí —respondió Adrián—. O alguien quiere que pensemos que sigue vivo.
Mateo no dijo nada.
Al otro lado del muro se escuchó un golpe.
Después otro.
Alguien estaba allí.
Y por primera vez desde que habían comenzado aquella investigación, el secreto que perseguían dejó de parecer una leyenda construida durante siglos.
Tenía una voz.
Tenía cómplices.
Y acababa de demostrar que conocía cada uno de sus movimientos.