CAPÍTULO 24 — Quienes escuchaban demasiado cambiaban lentamente #3
Tenía el cabello completamente blanco. Una barba larga cubría parte de su rostro y su ropa mostraba el desgaste de muchos años de uso.
Pero permanecía de pie.
Vivo.
El Custodio dio un paso.
Sus labios temblaron.
—Maestro...
El hombre levantó lentamente la cabeza.
Durante unos segundos observó al anciano como si intentara reconocer en aquel rostro envejecido al joven que había conocido cuarenta y tres años antes.
Finalmente sonrió.
—Has tardado.
El Custodio comenzó a llorar.
No intentó ocultarlo.
Adrián y Lucía permanecieron en silencio.
Aquella voz era la misma que habían escuchado a través de las paredes.
No había hablado ningún muerto.
No había despertado ninguna memoria.
Un hombre había permanecido allí.
Oculto.
Utilizando el conocimiento que tenía sobre la extraordinaria acústica de aquellas galerías para comunicarse con ellos.
Adrián avanzó un paso.
—¿Por qué no salió?
El anciano maestro dirigió lentamente la mirada hacia él.
—Porque alguien tenía que permanecer cerca de los archivos.
—¿Para protegerlos?
El hombre sonrió apenas.
—También para terminar lo que empezamos.
Adrián esperó.
El maestro señaló las paredes.
—Durante generaciones, quienes pasaron por estas galerías dejaron anotaciones sobre cosas que no comprendían completamente.
Lugares donde una voz podía escucharse desde una distancia inesperada.
Puntos donde determinados toques llegaban con mayor intensidad.
Campaneros que sufrían molestias después de jornadas demasiado largas.
Lucía lo observó atentamente.
—¿Estas cámaras fueron construidas para eso?
—No.
La respuesta fue inmediata.
—Eso fue lo que nosotros creímos durante algún tiempo.
El anciano apoyó una mano sobre la piedra.
—Muchas de estas galerías tuvieron funciones completamente distintas. Algunas pertenecieron a obras anteriores. Otras sirvieron como accesos, almacenes, conducciones o espacios de servicio. Los Custodios no las construyeron para estudiar el sonido.
Hizo una pausa.
—Descubrieron sus propiedades y empezaron a documentarlas.
Adrián sintió que aquella explicación encajaba mucho mejor con todo lo que habían encontrado.
No existía un laboratorio secreto construido siglos atrás.
Existían generaciones de observadores que habían ido acumulando conocimientos sobre una arquitectura extraordinaria.
—¿Y las multitudes? —preguntó Padre Esteban.
El maestro negó lentamente.
—También observaron lo que ocurría durante grandes celebraciones. Cómo determinados toques reunían a la población. Cómo otros provocaban alarma porque la gente conocía su significado. Cómo una multitud podía reaccionar de manera semejante cuando todos habían aprendido el mismo código.
Adrián comprendió.
—Comportamiento colectivo.
—Exactamente.
—No control.
—Nunca control.
El maestro sostuvo su mirada.
—Las campanas no necesitaban dominar a nadie. Durante siglos bastaba con que la población supiera qué significaba cada toque.
Aquella frase cambió por completo el sentido del misterio.
El verdadero poder de las campanas nunca había estado en una frecuencia capaz de alterar la voluntad.
Estaba en algo mucho más humano.
La confianza.
La costumbre.
La tradición.
La certeza compartida de que determinados sonidos significaban algo.
El maestro se acercó lentamente.
—Vosotros ya habéis permanecido demasiado tiempo aquí abajo.
Adrián recordó las últimas horas.
—¿Es reversible?
El anciano lo observó durante varios segundos.
—El cansancio, la irritabilidad y esa necesidad de prestar atención a todo desaparecerán cuando descanséis.
Hizo una pausa.
—Siempre que recordéis que encontrar un patrón no demuestra que ese patrón exista.
Silencio.
Después miró directamente al Custodio.
—Ese fue nuestro error.
BUMMMMM…
BUMMMMM…
BUMMMMM…
Un nuevo tañido descendió desde la Catedral.
El maestro levantó la cabeza.
Escuchó hasta que la vibración desapareció.
Entonces su expresión cambió.
—Ese toque no debería haberse producido.
Adrián sintió inmediatamente la tensión en su voz.
No necesitó anticipar nada.
Resultaba evidente.
—¿Por qué?
El anciano caminó hacia una pequeña mesa situada junto a la pared.
Sobre ella descansaban antiguos planos de la Catedral y varios registros escritos a mano.
Abrió uno.
Señaló una secuencia de intervalos.
—Porque hace cuarenta y tres años escuchamos exactamente la misma combinación.
El Custodio palideció.
Lucía se acercó.
—¿Qué ocurrió entonces?
Los dos ancianos intercambiaron una mirada.
Finalmente, el maestro respondió:
—Descubrimos que alguien estaba alterando deliberadamente los toques.
Adrián sintió un vacío en el estómago.
—¿Quién?
El anciano cerró lentamente el cuaderno.
—Nunca conseguimos averiguarlo.
Desde la Catedral llegó un segundo tañido.
CLONG.
El maestro contó mentalmente los segundos.
Esperó.
Un tercero.
CLONG.
Su rostro perdió toda serenidad.
—Pero quien lo hizo acaba de repetir la misma secuencia.
Adrián miró hacia la galería por la que habían llegado.
El misterio ya no estaba enterrado únicamente en documentos antiguos.
Alguien vivo conocía el sistema.
Alguien conocía lo ocurrido cuarenta y tres años atrás.
Y aquella noche había decidido utilizarlo otra vez.