Capítulo 24. #2
El capitán tolosano succionó la carne del inglés con demencial voracidad, mordisqueando con delicadeza la zona hiper sensibilizada por el choque térmico.
—¡Ah!... ¡Maxime!... ¡My God!... —gritó Callum, arrojando la cabeza hacia atrás contra la madera, con los muslos forcejeando en vano contra las trabas de los tobillos.
El devastador contraste entre el frío polar del cubito y la volcánica calidez de la boca de Maxime provocó en Callum una ola de placer tan violenta que su miembro atado se agitó en el vacío, rezumando ya abundante líquido preseminal.
Mientras Maxime martirizaba el pecho de Callum con besos de fuego y apasionadas mordeduras, Mathieu Vidal se arrodilló entre los muslos abiertos del inglés.
El apertura tolosano cogió el frasco de aceite de masaje templado e infusionado con pimentón dulce y canela. Vertió una generosa cantidad sobre el sexo erecto de Callum y sus colgantes testículos.
El aceite, al extenderse sobre la helada piel del inglés, desató una sensación penetrante y casi abrasadora que invadió toda la zona pélvica del fichaje británico.
Mathieu rodeó la verga de Callum con su mano de acero. Inició un movimiento de vaivén de diabólica lentitud; su palma resbalaba sobre el cuero untado de aceite templado comprimiendo con precisión quirúrgica el glande hinchado del inglés.
—Mathieu... oh, sí... mastúrbame... —suplicaba Callum en la oscuridad de su antifaz, con la respiración convertida en un continuo gemido.
—Todavía no, Callum —respondió Mathieu con voz serena e implacable—. No tienes permiso para correrte.
Mathieu aceleró la velocidad de su mano durante diez segundos, situando a Callum al borde exacto del precipicio erótico... para detener de golpe cualquier movimiento, comprimiendo la base del sexo de Callum con un seco gesto que bloqueaba la inminente eyaculación.
—¡No!... ¡No pares!... ¡Por favor!... —gritó Callum, con el cuerpo sacudido por espasmos de pura frustración, buscando desesperadamente con la pelvis el contacto de la mano del apertura.
—Soy yo quien controla tu sangre, Davies —replicó Mathieu en tono suave, inclinando el rostro para lamer una gota de sudor en el bajo vientre del inglés.
Maxime Castéra se desplazó a un lado. El capitán extrajo del maletín la pinza de extensión prostática de flexible acero médico, embadurnada con generosa cantidad de lubricante a base de agua.
Sin retirar el antifaz a Callum, Maxime se situó tras los muslos bloqueados del inglés.
El capitán separó las nalgas de Callum con ambas manos, exponiendo su ano rosado, contráctil y marcado aún por el recuerdo de las duchas.
Maxime introdujo el extremo redondeado del instrumento de acero templado en la intimidad de Callum.
—¡Ah!... —gritó Callum, con los ojos vendados, al sentir cómo el metal pulido se hincaba en sus entrañas, arrancándole un alarido de magnifica estridencia.
El instrumento no suplía la carne de Maxime: obraba como un amplificador de sensaciones.
Maxime maniobró la varilla con absoluta maestría, incidiendo directamente sobre la glándula prostática del inglés.
A cada presión del metal sobre su centro de placer interno, Callum profería agudos gemidos, sacudido su cuerpo bajo las correas.
Mathieu, arrodillado aún ante él, reanudó el trabajo de su mano sobre la verga de Callum, sincronizando los vaivén con los impulsos de Maxime sobre la próstata.
El suplicio del placer alcanzó la cumbre de la tortura erótica:
El antifaz que aislaba a Callum en la total noche de sus sentidos...
Las correas de cuero que retenían sus extremidades en absoluta inmovilidad...
El instrumento de acero estimulando su próstata con precisión mecánica...
La mano de Mathieu masturbando su miembro antes de frenar cada vez el clímax al milímetro...
El recuerdo de la mirada de Elena asistiendo a su sumisión.
—Me derrumbo... me derrumbo... —sollozaba Callum, con lágrimas resbalando bajo el antifaz de seda—. Liberadme... por piedad... ¡comedme!
Maxime Castéra extrajo el instrumento de acero de un golpe seco.
El capitán tolosano no concedió ni un segundo de tregua. Avanzó, empuñó su propio monstruoso sexo pringado de lubricante y situó el glande frente a la enrojecida y abierta carne de Callum.
De un solo y devastador golpe de pelvis, Maxime Castéra traspasó la intimidad del internacional inglés hasta la empuñadura.
—¡Ah!... ¡Maxime!... —gritó Callum Davies en un rugido que hizo temblar las vigas del refugio.
La colosal verga del capitán reinvadió el cuerpo del inglés con brutalidad de sagrada belleza. La estrechez del canal de Callum, comprimida por la tensión de los muslos separados mediante correas, aprisionó el miembro de Maxime en un cepo de descomunal potencia.
Maxime no esperó. Sujetando las caderas de Callum con sus poderosas manos, el capitán comenzó a martillear al inglés a un ritmo salvaje y frenético, haciendo chocar su carne contra los apretados glúteos del fichaje.
Cada impacto proyectaba el cuerpo encadenado de Callum contra el muro de piedra. Sus quejidos de truncado placer se fundían con el tableteo de las hebillas de cuero y el rugido del hogar.
Mathieu Vidal se adelantó entonces. El apertura cogió la cabeza de Callum con ambas manos, desatando el antifaz de seda con rápido movimiento.
La dorada luz del hogar y la visión de Mathieu regresaron para golpear los ojos azules anegados en lágrimas de Callum.
Mathieu se inclinó e introdujo su propio sexo erecto directamente en la abierta y hambrienta boca del inglés.
Callum Davies acogió el miembro de Mathieu con absoluta frenesí, succionando al apertura tolosano con toda la fuerza de su garganta, con la lengua enroscada en torno al bronceado glande de Mathieu, mientras Maxime Castéra proseguía demoliéndole por la retaguardia en un vaivén posesivo.
El cuadro de una perfecta depravación atlética se ofrecía ante Elena Rostova:
Maxime Castéra, el soberano capitán, penetrando al inglés con furia de conquistador...
Callum Davies, el ángel de Twickenham, encadenado, sumiso, con el cuerpo traspasado por dos flancos, succionando al apertura francés a la vez que recibía la verga del capitán...
Mathieu Vidal, el príncipe del Capitolio, ofreciendo su sexo a la boca de su nuevo compañero, con una mano posada sobre las correas de cuero.
La velocidad de las embestidas de Maxime alcanzó un punto sin retorno. Los riñones del capitán se contraían a ritmo de fuego, y su sudor goteaba sobre la espalda de Callum.
—¡Mat!... ¡Davies!... ¡Me corro! —rugió Maxime Castéra.
El capitán se hundió al máximo en las entrañas del inglés, acopló el pubis contra sus glúteos y desató una eyaculación de monstruosa abundancia. Los chorros de su ardiente simiente inundaron el canal de Callum, anegando la intimidad de la recrue británica con una oleada de calor líquido.
Tal inundación interna, combinada con la frenética succión de su propia boca sobre el sexo de Mathieu, hizo zozobrar a Callum Davies en una explosión de orgasmo prostático sin manos.
Sin que nadie le tocase la verga, impulsado únicamente por la fuerza de la penetración de Maxime y la presencia de Mathieu en su garganta, el sexo de Callum brotó a ciegas.
—¡Ah!... —sofocó Callum contra el miembro de Mathieu, con el cuerpo sacudido por espasmos catárticos.
Su centelleante esperma estalló en potentes chorros que surcaron el aire para estrellarse contra su propio torso, sobre las correas de guarnicionería y el vientre de Mathieu.
Mathieu Vidal, arrastrado por el espectáculo de aquel doble goce y la presión de la boca de Callum, retiró su sexo in extremis de la boca del inglés y se vino a su vez.
Sus chorros de semen caliente inundaron el rostro, la barbilla y el cuello de Callum Davies, manchando al internacional británico con el oro líquido del rugby francés.
Los tres hombres permanecieron inmóviles en aquella postura de entrega definitiva, con las respiraciones roncas fundidas en el calor del refugio.
Elena Rostova se levantó lentamente de su butaca. Se aproximó al grupo, posando la mano sobre el hombro de Maxime y, acto seguido, sobre la mejilla cubierta de semen de Callum.
—Esta noche, Callum —susurró Elena con voz de terciopelo—, has roto las últimas cadenas de Twickenham. Ya sois invencibles.
Mathieu desató con suavidad las correas de guarnicionería de las muñecas del inglés. Callum se desplomó hacia delante, directo a los brazos musculosos de Maxime Castéra, quien lo recibió contra su cálido torso, meciéndolo con infinita ternura tras la tempestad.
Una hora después, tendidos juntos sobre el gran lecho de pieles frente a la chimenea, los tres atletas contemplaban cómo las últimas ascuas se apagaban.
Callum, acoplado entre el torso de Maxime y la calidez de Mathieu, con la mano entrelazada a la del apertura, se dejaba llevar por un sueño reparador.
La animadversión de la prensa británica, la presión del campeonato y el miedo al escándalo ya carecían de poder sobre él.
Había hallado su auténtica familia, su santuario y su anclaje.
Maxime Castéra introdujo los dedos en el rubio cabello del inglés, cruzando su mirada con la de Mathieu en la penumbra.
—Estamos listos para lo que viene, Mat —susurró el capitán.
—Somos indestructibles, Max —respondió el apertura besando la frente de Callum.