Las Cadenas de Twickenham (Los Dioses del Oval nº 3) Capítulo 16. #2
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Capítulo 16. #2

Elena intensificó el ritmo de su succión. Aspiró el clítoris de Victoria entre sus labios, generando un vacío que propulsó la sangre de la británica hacia la cúspide del éxtasis. Dos dedos de la mano izquierda de Elena se deslizaron con suavidad en la abertura húmeda de Victoria.

La entrada de la aristócrata, anegada por su propio fluido seminal transparente, acogió los dedos de Elena con una avidez aterradora. La rusa imprimió un movimiento de vaivén breve y curvado hacia arriba para masajear el punto G de la inglesa, mientras su boca continuaba devorando su clítoris.

La doble estimulación desencadenó una deflagración anatómica en Lady Victoria Sterling.

Su cuerpo entero se arqueó en una parábola perfecta.

Victoria exhaló un grito estridente que resonó bajo las bóvedas de la suite, sus muslos apresando frenéticamente la cabeza de Elena mientras su intimidad se contraía en una serie de espasmos incontenibles que expulsaron un chorro de jugos cálidos y olorosos directamente sobre los labios y la

barbilla de la rusa.

—¡Ah!... ¡My God!... ¡I'm cumming! —gritaba Victoria, con los ojos revueltos, sumergida en un orgasmo de tal violencia que jamás había experimentado durante sus años de matrimonio victoriano.

Elena no aflojó la presa. Prosiguió lamiendo con suavidad los últimos estertores de la vulva de Victoria, saboreando el néctar femenino de la aristócrata con la devoción de una soberana conquistadora.

Cuando Victoria abrió por fin los ojos, con la respiración entrecortada y las mejillas encendidas, Elena se incorporó sobre ella. La barbilla de la rusa brillaba con el fluido de la británica.

—Aún no hemos terminado, Victoria —susurró Elena con una sonrisa tenebrosa.

Elena se tendió sobre la británica, invitando a Victoria a adoptar la postura del 69.

La aristócrata, totalmente liberada de inhibiciones, aferró los redondos glúteos de Elena. Victoria aproximó el rostro a la intimidad de la rusa. La vulva de Elena, de un rosa oscuro y perfectamente depilada, ya rezumaba su propio deseo retenido.

Victoria sumergió la lengua en el sexo de Elena.

La inglesa volcó en ello todo el fervor de su reconocimiento y su nueva pasión. Su fina lengua exploraba los pliegues de la carne de Elena, lamiendo su clítoris erecto con salvaje apetito y bebiendo el néctar de la mujer que acababa de liberarla de sus fantasmas.

Al mismo tiempo, Elena reanudaba su labor sobre la vulva aún hipersensible de Victoria.

El vaivén de ambos cuerpos sobre el lecho de satén negro cristalizó en una sinfonía sensual de absoluta plasticidad estética:

En la gran suite bañada por la luna de Pech-David...

Elena Rostova y Lady Victoria Sterling, las dos mujeres más influyentes del rugby europeo, unidas en cuerpo y espíritu...

Sus bocas devorándose mutuamente en un ritmo sincrónico y frenético...

Los ruidos húmedos de la succión, los gemidos ahogados contra los muslos y el embriagador perfume de sus néctars mezclados inundaban la estancia con una atmósfera de bacanal principesca.

Elena sintió que la marea crecía en su interior. La experta estimulación de la lengua de Victoria sobre su clítoris, combinada con el gozo de notar a la británica vibrar de nuevo bajo sus propios labios, la impulsó hacia la cima.

—¡Victoria... ahora!... —gimió Elena, perdiendo el control habitual de su voz.

Elena aceleró la succión sobre el botón de Victoria al tiempo que mecía la pelvis para empujar su propio clítoris contra la boca de la inglesa.

El orgasmo simultáneo estalló en una explosión de potencia pura.

Elena Rostova dejó escapar un gemido gutural y salvaje, su cuerpo de estatua de mármol sacudido por temblores eléctricos mientras su sexo liberaba chorros cálidos sobre el rostro de Victoria.

En el mismo instante, Victoria Sterling estallaba por segunda vez, inundando con su intimidad la boca de Elena en un trance de voluptuosidad absoluta que la dejó exánime, con el cuerpo flácido sobre las sábanas.

Ambas mujeres se desprendieron con lentitud, jadeantes, empapadas de sudor y fluidos.

Elena se dejó deslizar al lado de Victoria. La aristócrata británica rodeó el cuerpo desnudo de la rusa con los brazos, apoyando la cabeza en el torso de Elena y aspirando el aroma de su piel.

—Jamás... había sentido algo así —murmuró Victoria con voz trémula de absoluta sinceridad.

—Porque estaba metida en una jaula, Victoria —contestó Elena acariciando el cabello rubio de la inglesa—. Bienvenida a Toulouse.

Mientras tanto, en la planta baja de la finca, en el amplio salón privado que se abría hacia el parque, se desarrollaba una escena muy distinta.

La penumbra de la estancia solo se hallaba iluminada por las últimas brasas de la chimenea. El olor a alcanfor, a cuero y al sudor de los cuatro hombres de Pech-David impregnaba el ambiente.

Mathieu Vidal, ataviado únicamente con un pantalón de chándal gris caído sobre las caderas, estaba sentado en el gran sofá de cuero.

Su torso desnudo dejaba al descubierto la perfección de su abdomen y la cicatriz cerrada sobre su ceja derecha.

Sostenía sobre las rodillas una tableta táctil que proyectaba secuencias estratégicas del Stade Rochelais, sus futuros rivales en la final del Stade de France.

A su izquierda, Julian Vance y Tristan Mercier permanecían de pie junto al ventanal.

Los dos colosos de la delantera, con el torso descubierto, trazaban esquemas de jugadas sobre una pizarra borrable.

Sus cuerpos de guerreros, bronceados y surcados por los gloriosos hematomas de la batalla de Twickenham, transmitían una fuerza serena y reconfortante.

Maxime Castéra entró en la estancia.

El capitán vestía una camiseta negra ajustada a su torso de acero.

Acababa de quitarse el chaleco de contención: su hombro izquierdo, aunque aún convaleciente, recuperaba paulatinamente la movilidad gracias a las intensas sesiones de fisioterapia.

Sus ojos de jade barrieron a sus tres hombres con fiereza y orgullo.