Capítulo 12. #2
Tristan Mercier se arrodilló bajo la mesa, atrapando los abiertos muslos de Mathieu para ensancharlos aún más, elevando la cadera del muchacho con el fin de propiciar un ángulo perfecto a la penetración del esférico.
Tristan aplicó la boca sobre el escroto suspendido de Mathieu, lamiendo la fina piel con cálidas y firmes embestidas linguales que hacían vibrar los testículos del apertura.
El ápice del balón rebasó el primer esfínter.
El cuero penetró cinco, luego siete centímetros en la intimidad de Mathieu.
Al ensancharse la figura conforme se ascendía al centro de la elipse, la sensación de plenitud se tornó sencillamente desmesurada.
La cumbre del balón comprimió la próstata de Mathieu con un volumen y una firmeza que ningún miembro humano podía igualar.
El impacto sobre el centro del placer del muchacho resultó fulminante.
—¡Ah!... ¡Mierda...! —gritó Mathieu rompiendo de golpe el beso de Maxime, con la cabeza echada hacia atrás y el cuello tenso hasta casi partirse.
Un surtidor de líquido preseminal brotó al instante de los genitales de Mathieu, manchando el tablero de la mesa de masajes. La presión del cuero alveolado sobre su próstata desencadenó un estallido de éxtasis tan violento que sacudió su cuerpo en espasmos vertiginosos.
—¿Sientes eso, Vidal? —escupía Tristan Mercier incorporándose, con la cicatrizada labia rozando la ardiente mejilla del apertura—. Es el cuero del partido. Es la presión del terreno. Está dentro de ti. Lo posees y te posee.
Julian no permitió que Mathieu recuperase el aliento.
El australiano imprimió al balón de rugby un movimiento de vaivén brevísimo y rotatorio.
Hacía pivotar la elipse sobre su eje, permitiendo que las gruesas costuras del balón masajearan las paredes internas de Mathieu.
Cada milímetro de cuero friccionaba contra la carne en carne viva, impregnada de aceite de mentol que exhalaba un frescor helado, multiplicando la sensibilidad de los nervios.
—¡Ah!... ¡Julian... Max!... Voy a enloquecer... Sacadlo... ¡No! ¡No lo saquéis! —deliraba Mathieu, completamente rebasado por la dualidad de la sensación.
La escena coronaba una cumbre de sublime perversión y estética potencia:
En el centro del vestuario desértico de Ernest-Wallon, bajo el ensordecedor estrépito de la lluvia sobre el tejado, el joven príncipe del rugby francés yacía tendido sobre la camilla, con la carne abierta de par en par y amoldada en torno a la punta de un balón oficial de partido.
Julian Vance, el titán de la línea de tres cuartos, sujetaba el cuero con manos de coloso, dosificando la presión con absoluta maestría.
Tristan Mercier, el guerrero mestizo, masajeaba la verga de Mathieu con frenética destreza al tiempo que lamía el sudor de su espalda.
Y Maxime Castéra, el soberano capitán, velaba la voluptuosa agonía de su discípulo, presidiendo la escena en toda su estatura.
—Basta de balón —murmuró Maxime tras varios minutos de semejante divino suplicio—. Está listo. Sustituyamos el cuero por la carne.
Julian retiró con suavidad el balón hacia atrás.
La extracción de la elipse generó un sordo sonido húmedo, un vacío de aceite y aire que arrancó a Mathieu un sollozo de alivio y carencia.
Su intimidad, abierta de par en par por la circunferencia de la punta del esférico, permanecía boquiabierta en un rosa palpitante, impregnada aún del efluvio del cuero y del mentol.
—Míralo, Vance... —susurró Tristan, con los ojos negros chispeantes de lascivia—. Tiene la forma del balón. Nos aguarda.
Julian Vance no hizo aguardar al apertura. El australiano se emplazó de inmediato a la zaga de los dorados glúteos de Mathieu. No precisó forzar: su miembro monumental, con todo y ser inmenso, se introdujo en la abertura acondicionada por el cuero con desconcertante fluidez.
—Oh, God... Mat... —roncó Julian hundiéndose hasta la raíz, yendo sus pubis a golpear contra las nalgas del apertura en húmedo chasquido.
—¡Ah!... ¡Julian...! —gritó Mathieu, mas en esta ocasión el alarido brotaba puramente compuesto de éxtasis.
La calidez del miembro de Julian, su palpitante vascularización, la pulpa de su carne acudían a reemplazar la fría firmeza del cuero.
La transición entre la materia sintética y el cuerpo del varón al que amaba desató una sobredosis de endorfinas en Mathieu.
Su estrecho canal se contrajo desesperadamente en torno al australiano, aprisionándolo hasta casi asfixiar la verga del segunda línea.
Julian inauguró un martilleo de aterradora potencia atlética.
Cada estocada de cadera proyectaba el cuerpo de Mathieu hacia el frente de la mesa.
Los brazos del joven se aferraban al cuero negro, sus piernas temblaban y sus cuádriceps, estriados por el esfuerzo, se contraían a cada impacto.
Julian lo machacaba al compás de una apisonadora, con sus manos tatuadas imprimiendo huellas rojas sobre las caderas del apertura.
Tristan Mercier no se mantuvo de mero espectador.
El tercera línea se deslizó sobre la mesa, tendiéndose ante Mathieu.
Tristan apresó la cabeza del apertura, pegando sus labios a los suyos en un beso salvaje, cargado de saliva y desafío, mientras guiaba su propia verga erguida hacia la mano de Maxime.
Maxime Castéra, pese a su brazo inmovilizado, se hincó junto a la camilla. Con su mano sana, el capitán asió la verga de Tristan y la de Mathieu, uniéndolas en una sola y firme apretadura, frotándolas la una contra la otra en un vaivén frenético bañado por el exceso de aceite.
—¡Miradme los tres! —ordenó Maxime, elevándose su voz por encima de los gemidos y los golpes de impacto—.
Mañana saltamos a este campo para destrozar a los Saracens.
¡No les regalamos nada! ¡Ni una pulgada!
¡Ni un aliento! ¡Jugáis para el club, jugáis para Francia y jugáis por este amor que ninguno de estos cabrones podrá comprender jamás!
—¡Sí!... ¡Max!... ¡Sí!... —aullaba Mathieu, con la boca adherida a la de Tristan, destruido y resucitado su cuerpo por las titánicas embestidas de Julian a la zaga.
El ritmo tornóse demoníaco.
Julian aceleró aún más, convirtiéndose sus vaivenes en breves impactos secos que apuntaban a la próstata de Mathieu con la precisión de un misil.