Las Cadenas de Twickenham (Los Dioses del Oval nº 3) Capítulo 11. #3
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Capítulo 11. #3

El clímax estalló con la violencia de un placaje a destiempo. Mathieu arrojó potentes chorros de su simiente sobre el pecho de Tristan y las baldosas del vestuario, zarandeado su físico por espasmos musculares incontenibles mientras Julian lo sujetaba con toda su masa para evitar que se desplomara.

Cuando los pasos del resto del plantel resonaron en el corredor de las duchas, los cuatro varones ya habían reajustado sus atuendos con perfecta fluidez, exhalando únicamente la estampa de un grupo unificado, dispuesto a hacer frente a los Saracens y a hollar Europa.

El mes de preparación previo al choque ante el club londinense transcurrió en un fulgor de intensidad física y táctica.

Baudiciado por Mathieu Vidal, más soberano que nunca, el Stade Toulousain encadenó tres triunfos consecutivos en el Top 14, barriendo a Tolón, Castres y Burdeos con aterrorizante solvencia.

Maxime Castéra, cuya recuperación evolucionaba a ritmo vertiginoso merced a los cuidados intensivos del cuerpo médico, había reanudado los entrenamientos sin contacto, gobernando a su apertura desde la banda.

En la víspera del duelo de vuelta contra los Saracens, la tensión en Ernest-Wallon se palpaba en el ambiente.

Los británicos, escocidos por la resolución de la EPCR y firmemente abocados a cobrarse revancha de la afrenta de Northampton, habían desembarcado en Toulouse con su plantel al completo, acaudillados por su capitán e internacional de tercera línea, Maro Itoje, y su estelar apertura Owen Farrell.

La postrera sesión de ensayo a puerta cerrada concluía bajo una persistente lluvia que anegaba las gradas del feudo tolosano.

Sobre el pasto encharcado, la línea de delanteros pulía las combinaciones en melé ordenada y touches. Tristan Mercier y Julian Vance aquilataban su sincronía en el salto, elevándose en el cielo plomizo a guisa de torres de acero para atrapar los balones mojados servidos por el talonador.

Mathieu Vidal, en el centro del terreno, encadenaba lanzamientos a palos desde el semicírculo de los cuarenta metros.

Cada impacto de su diestra emitía aquel chasquido seco y puro que retumbaba en el estadio desierto. El óvalo de cuero surcaba la lluvia, dibujando una trayectoria impecable entre las dos haches amarillas antes de desplomarse sobre la hierba artificial de la zona de marca.

Maxime Castéra, embozado en un chaquetón del club, caminaba hacia el terreno de juego portando un balón reglamentario de encuentro bajo el brazo.

—Basta por hoy, Mat —se plantó el capitán a la altura de su número diez—. El cuerpo técnico ha licenciado al plantel para la velada. La concentración da comienzo a las veinte horas en el hostal.

Mathieu enjugó el agua que le caía por el rostro con el revés de la manga. Su camiseta interior negra, empapada por dos horas de esfuerzo, se adhería al torso, exhibiendo la perfecta simetría de sus pectorales y abdominales.

—Quería repasar los tiros escorados, Max —replicó Mathieu, condensándose su aliento en vaporadas blancas en el gélido atardecer—. Los Saracens van a plantear un esquema muy cerrado. No dispondremos de cincuenta ocasiones.

Julian Vance y Tristan Mercier se aproximaron a su vez. Ambos colosos aparecían embarrados de los pies a la cabeza, con sus poderosos torsos agitados por profundas inspiraciones.

Tristan atrapó el esférico de partido que empuñaba Maxime. El tercera línea hizo girar el óvalo entre sus manazas, con su mirada oscura prendida de Mathieu con turbadora insistencia.

—El terreno se halla idóneo, Vidal —soltó Tristan con voz sorda, filtrada por el tableteo de la lluvia—. El pasto está pesado, el cuero resbala... Constituyen precisamente las circunstancias donde emergen los varones.

Julian se situó a la izquierda de Mathieu, posando su embarrada mano en la nuca del joven apertura.

—You need to rest your leg, Mat —murmuró el australiano con dulzura—. Tomorrow is the big war. But tonight... tonight we have one last training session in private.

Mathieu clavó la vista en el oval que sostenía Tristan, después en la mirada de Julian, y por último en la cómplice sonrisa de Maxime.

Una descarga de adrenalina y deseo bruto recorrió su torrente sanguíneo.

El objeto sagrado de su disciplina —aquel balón de cuero que condensaba todas sus pasiones, inquina y glorias— se disponía a erigirse en instrumento supremo de su entrega y su goce.

—¿El vestuario está vacío? —inquirió Mathieu con un tono exento de toda profesionalidad.

—Laurent y los técnicos ya marcharon al cónclave estratégico en el hotel —respondió Maxime dedicándole un guiño—. Disponemos del complejo para nosotros solos durante una hora.

Tristan Mercier apretó el óvalo contra su musculado pecho, esbozando una sonrisa de depredador que distendió su labio cicatrizado.

—Ven, chaval —susurró Tristan—. Vamos a enseñarte en qué consiste la auténtica preparación prepartido.

Los cuatro varones giraron en dirección al umbral sombrío abocado al santuario del vestidor profesional, dejando atrás la lluvia de Ernest-Wallon para sellar su pacto en la prueba erótica más audaz y demoledora de su periplo.