Las Cadenas de Twickenham (Los Dioses del Oval nº 3) Capítulo 11. #2
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Capítulo 11. #2

—Empero, si procuráis despojarnos en los despachos de lo que conquistamos en el fango, os prometo una cosa: convoco una rueda de prensa mundial dentro de diez minutos.

Y pormenorizaré exactamente cómo las altas esferas del rugby europeo prefieren soltar la oreja a los tabloides homófobos y a los chantajistas antes que acatar la verdad del terreno de juego.

Una descarga eléctrica recorrió el recinto.

Maxime Castéra contemplaba a su joven apertura con devoción casi mística. Julian y Tristan exhibían sonrisas depredadoras. Elena Rostova cruzó los brazos, sabedora de que Mathieu acababa de asestar el golpe de gracia.

Sir Arthur Barclay escrutó largamente al joven número diez. El escocés, antiguo tercera línea internacional que aquilataba el valor del arrojo, distinguió en la mirada de Mathieu algo que ningún compendio jurídico podía adquirir: la hidalguía de un auténtico líder.

Barclay se despojó de las gafas. Volvió el rostro hacia los emisarios del Racing y de la EPCR.

—El comité va a deliberar por espacio de quince minutos —sentenció el presidente en sorda tesitura—. Ruego abandonen la sala.

Veinte minutos más tarde, el fallo trascendía, seco e inapelable.

La EPCR desestimaba íntegramente los recursos interpuestos contra el Stade Toulousain.

El fichaje de Tristan Mercier quedaba ratificado en su entera legalidad.

Ninguna deducción de puntos surtiría efecto.

El Toulouse retenía el liderato de su grupo, aminando de forma definitiva su pasaporte para los cuartos de final de la Champions Cup, con la prerrogativa de recibir a los Saracens en Ernest-Wallon en la contienda de vuelta al mes subsiguiente.

Cuando la delegación tolosana franqueó los portones del edificio administrativo rumbo a los campos de entrenamiento, la buena nueva ya había surcado las redes sociales.

A pie de banda, los componentes del plantel profesional, advertidos mediante sus terminales, prorrumpieron en vítores de júbilo. Laurent Lagarde, con el semblante distendido por primera vez en tres semanas, enfiló hacia Mathieu y le estrechó la mano con firmeza capaz de triturar huesos.

—Gran labor, Capitán —murmuró el técnico jefe con una chispa de orgullo en los ojos—. Ahora que los letrados han concluido sus juegos, nos aguarda un envite contra los Saracens que preparar. ¡A los vestuarios!

El vestuario profesional del Stade Toulousain se hallaba sumido en esa familiar penumbra, cargada de efluvios a alcanfor, éter, cuero y transpiración.

Los cuatro varones se apartaron al fondo del recinto, junto a las taquillas numeradas 9, 10, 4 y 7.

Mathieu se despojó de su americana, colgándola de la percha. La adrenalina de su alocución ante el comité proseguía haciendo latir sus pulsaciones a compás frenético. Su camisa a medida de algodón blanco aparecía ligeramente adherida a la piel por una fina película de sudor tensional.

Maxime se le aproximó por la retaguardia. El capitán posó su mano sana sobre la cadera del apertura, adosando su torso a la espalda de aquel.

—Has estado monumental, Mat —susurró Maxime junto a su oreja, con su cálido aliento estremeciendo la piel del muchacho—. Un auténtico líder. Me he visto reflejado en el espejo... más hermoso y veloz.

Mathieu giróse en los brazos del capitán, iluminando su rostro una radiante sonrisa.

—Me limité a decir la verdad, Max.

Julian Vance y Tristan Mercier se acercaron, cerrando el círculo en torno a ellos. El clima del vestidor, circunscrito hasta ese instante a lo puramente deportivo, experimentó de nuevo aquella fulminante metamorfosis erótica que ya definía a su grupo.

Julian apresó la corbata de seda de Mathieu, desanudándola de un seco tirón con una sola mano, antes de desabrochar los primeros ojales de su camisa. La clara piel del joven asomó, resplandeciente bajo los tubos fluorescentes del vestuario.

—You drove them crazy, Mat... —murmuró Julian, devorando sus ojos azul acero los belfos del apertura—. Now you're driving us crazy.

Tristan Mercier se hincó de rodillas ante Mathieu. El tercera línea francosudafricano, sin la menor vacilación, desató el ceñidor del pantalón de traje del apertura. Deslizó la tela a lo largo de sus muslos musculosos.

—Tristan... aquí no... —protestó a medias Mathieu, pese a que sus propias manos acudieron a hundirse espontáneamente en la oscura melena del fichaje—. El resto del grupo bajará de la enfermería en veinte minutos...

—Veinte minutos son una eternidad para nosotros, Vidal —replicó Tristan con ronca tesitura.

El tercera línea adosó su boca al bajo vientre de Mathieu, succionando la tierna piel a través del fino tejido de su calzoncillo deportivo. El calor de su lengua desencadenó una erección instantánea en el número diez, erguido su miembro con dolorosa dureza bajo la presión del algodón.

Julian Vance abarcó la cintura de Mathieu, ciñendo al apertura contra el banco de madera maciza del vestuario. El australiano desabrochó su propio pantalón, liberando su monstruoso sexo que fue a acoplarse contra el muslo de Mathieu.

Maxime, con el brazo lesionado todavía a buen recaudo, asió el rostro de Mathieu para fundir sus labios en un beso de devoradora pasión. Sus lenguas se cruzaron en trueque de saliva y anhelo, al tiempo que Tristan descendía el calzoncillo de Mathieu para liberar su verga henchida de sangre.

—Mirad a nuestro rey... —roncó Tristan abarcando la verga de Mathieu con su manaza e imprimiéndole un vaivén pausado y pesado—. Está listo para la guerra.

Mathieu exhaló un ronco gemido que resonó bajo las bóvedas del vestuario vacío. Atrapado en una pinza entre los belfos de Maxime, la masa colosal de Julian masajeando su torso y la experta mano de Tristan aporreando su miembro, el apertura se entregó una vez más al imperio de los sentidos.

—¡Ah... Julian... Tristan... Max...! —jadeaba Mathieu, propinando la cadera desesperados empujes contra la mano del tercera línea.

Tristan avivó la cadencia de fricción, sirviéndose del líquido preseminal que manaba del glande de Mathieu para embadurnar la vara entera.

Al propio tiempo, el francosudafricano deslizó dos dedos de su otra diestra entre los glúteos del apertura, estimulando su próstata mediante un compás rítmico de diabólica precisión.

La conjunción de la doble permuta —la succión de la boca de Maxime arriba y la labor digital de Tristan abajo— impelía a Mathieu hacia un fulgurante orgasmo.

—¡Me voy a venir... joder... me voy a correr! —aulló Mathieu en la boca del capitán.

—¡Córrete por tu club, Mat! —bramó Maxime.