Las Cadenas de Twickenham (Los Dioses del Oval nº 3) Capítulo 10. #2
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Capítulo 10. #2

Las manos de Julian amasaron las firmes carnes del apertura combinando destreza atlética y ternura infinita. El aceite refulgía sobre la piel de Mathieu a la luz del fuego, convirtiendo su cuerpo en una escultura de oro y ámbar.

Tristan Mercier se arrodilló junto a Julian. El tercera línea deslizó sus dedos engrasados hacia la intimidad posterior de Mathieu.

—Mira qué suave es, Vance... —murmuró Tristan introduciendo el primer dedo en la cálida y estrecha carne del muchacho—. Nos está aguardando...

Mathieu emitió un grito ahogado contra el sexo de Maxime, estremeciéndose el cuerpo ante la penetración digital de Tristan.

El aceite tibio facilitaba el acceso. Tristan sumó un segundo dedo y luego un tercero, abriendo con suavidad las carnes del apertura y masajeando su próstata con compás circular que hizo bascular las caderas de Mathieu.

—¡Ah... Max...! —jadeaba Mathieu interrumpiendo un instante la succión sobre su capitán, con hilos de saliva uniendo su boca al glande de Castéra.

—Déjate llevar, Mat —susurró Maxime acariciándole la mejilla con su mano sana—. Dales todo. Eres nuestro corazón. Eres el eje de este grupo.

Julian Vance se apostó a la zaga de Mathieu. Incapaz de sofocar más su anhelo, el gigante apoyó la cabeza de su descomunal miembro contra el acceso condicionado por Tristan.

—I'm coming in, Mat... —advirtió el titán con voz temblorosa de emoción.

Con un empuje pausado, pesado e irresistible, Julian se sepultó hasta el fondo en las entrañas de Mathieu.

El quejido brotado de la garganta del apertura supo a mezcla de exquisitez dolorosa y supremo éxtasis. Su angosto conducto se amoldó al imponente calibre del segunda línea, aprisionándolo como un cepo de carne cálida y vibrante.

Julian aquietó la cadera un instante, permitiendo que Mathieu asimilase su envergadura, al tiempo que Tristan Mercier asía el rostro del apertura para besarlo en profundidad, inyectando su lengua en la boca de Mathieu para beberse sus gemidos.

A continuación, prendió el ritmo.

Julian arrancó un martilleo sobre la retaguardia de Mathieu con vaivenes potentes, acompasados y de contenida crudeza.

A cada embestida de la cadera del australiano, el cuerpo de Mathieu salía proyectado al frente, golpeando el torso de Maxime, quien lo sujetaba con su diestra sana.

Los chasquidos húmedos de las nalgas de oro de Mathieu contra las piernas de Julian retumbaban por la estancia al compás del fuego.

—¡Sí!... ¡Ah!... ¡Julian!... ¡Más fuerte!... —aullaba Mathieu, entregado por completo a la presencia de sus tres amantes.

Tristan Mercier no se quedó atrás. El francosudafricano se deslizaba entre los brazos de Maxime y el busto de Mathieu.

Tristan aferró el miembro de acero del apertura con ambas manos, lubricándolo de arriba abajo para imprimir fricciones raudas, frenéticas y de corte alcohólico.

Simultáneamente, Tristan acercó su propia verga erecta a la boca de Maxime Castéra.

El capitán tolosano, ganado por la incandescencia visual y sensorial de aquella orgía consagrada, recibió el sexo de Tristan en sus belfos sin vacilar. Maxime abarcó el glande del tercera línea con experta maestría, aplicando succiones enérgicas que arrancaron un rugido salvaje al coloso mestizo.

La escena coronaba un grado de perfección erótica y estética verdaderamente vertiginoso.

En la tibia penumbra de Pech-David, cuatro de los mayores exponentes rugbísticos de su era se entregaban al desenfreno sensorial absoluto, sin cotas ni jerarquías, hermanados por idéntica cadena de anhelo y dominio:

Maxime Castéra, el soberano capitán, brindando una magistral felación a Tristan Mercier a la par que sujetaba a Mathieu contra su pecho...

Tristan Mercier, el rebelde fichaje, rendido a la boca de su capitán mientras acariciaba con frenesí la verga de Mathieu...

Julian Vance, el titán oceánico, percutiendo la intimidad del apertura con devastadora fuerza y el torso tatuado chorreando sudor...

Y Mathieu Vidal, el joven príncipe del XV del Gallo, en el epicentro de aquel vórtice de carne, penetrado por el uno, acariciado por el otro, custodiado por su líder y conducido al cénit del placer humano.

El pulso se incrementó de forma demoníaca.

Julian aceleró sus embestidas, apresando las caderas de Mathieu para hincarlo con mayor hondura en su sexo a cada impacto.

El lecho de cuero del diván crujía bajo el peso.

La transpiración de Julian goteaba sobre el dorso de Mathieu, fundiéndose con el aceite aromático en un efluvio de lujo y esfuerzo primigenio.

—¡No puedo más... Max!... ¡Julian!... ¡Tristan!... —vociferaba Mathieu, con los ojos castaños vueltos al cielo ante el estímulo prostático provocado por los embates del australiano—. ¡Me voy a venir... voy a reventar!

—Wait for me, Mat! —bramaba Julian, con la yugular a punto de estallar y los golpes de cadera convertidos en sacudidas incontenibles—. Cum for us! Cum for Toulouse!

Tristan Mercier alzó la velocidad de sus fricciones sobre la verga de Mathieu, sacudido su propio físico por los movimientos bucales de Maxime.

—¡Córrete, chaval! —escupía Tristan en sordo resuello—. ¡Córrete en mis manos!

El estallido resultó colectivo, cataclísmico, arrollando a los cuatro hombres en una marea de simultáneo éxtasis.

Mathieu dio la señal de salida. Su organismo entero se contrajo en rictus de absoluto deleite. Su sexo arrojó copiosas, cálidas y densas oleadas de semen blanquecino y cremoso que brotaron a borbotones, anegando las manos de Tristan, el torso de Maxime y el cuero del canapé.

Al propio tiempo, Julian Vance exhaló un bramido de león herido que hizo temblar los ventanales de la villa.

El australiano se sepultó hasta la empuñadura en las entrañas de Mathieu, vertiendo torrentes ardientes de su propio fluido en el interior del apertura y sacudido su cuerpo de gigante por colosales espasmos.

Tristan Mercier, abatido por el orgasmo de Mathieu y la succión final de Maxime, emitió un alarido gutural en afrikáans, eyaculando en cantidades industriales directamente en la garganta y sobre los belfos del capitán tolosano, quien tragó el cálido líquido con conquistadora soberbia.

Por último, el propio Maxime Castéra, desbordado por el espectáculo de aquella triple liberación y por la presión de su verga rodeada por los muslos de Mathieu, coronó la cima. El capitán arrojó su simiente sobre su propio vientre y las piernas del apertura en postrera contracción.

Los roncos jadeos y resuellos frenéticos poblaron el salón durante largos minutos.

Los cuatro hombres se desplomaron unos sobre otros, configurando una montaña de músculos, transpiración, simiente y ungüento sobre el gran sofá y la alfombra de lana a los pies de la chimenea.

Julian se retiró con suma lentitud de la intimidad de Mathieu, depositando un tierno ósculo en la nuca sudorosa del muchacho.

Tristan se tendió junto a ellos, cruzando su musculado brazo sobre el cuerpo de Mathieu para sellar la unión.

Maxime, sonriente pese a la fatiga y el dolor residual de su hombro, posó la mano sana en las cabezas enmarañadas de sus tres compañeros.

El sosiego de Pech-David recuperó sus fueros, mas no se trataba de la zozobra anterior: imperaba la paz sagrada de los triunfadores.

Al alba siguiente, el sol otoñal de la Ciudad Rosa atravesaba los ventanales del salón principal, iluminando los vestigios de la noche de amor.

Mathieu despertó el primero. El joven se irguió despacio, con el cuerpo dolorido mas imbuido de una ligereza y una potencia espiritual inéditas.

Contempló a sus tres amantes que aún dormían: Julian, coloso aquietado con el brazo ceñido a la cintura de Tristan; Tristan, de semblante relajado y exorcizado de sus demonios; y Maxime, el capitán, vigilando incluso en sueños.

Un discreto pitido resonó en el terminal seguro situado en la consola de la entrada.

Mathieu se incorporó, embozándose en un batón de seda negra, y avanzó para consultar el aviso.

Tratábase de una notificación cifrada remitida por Elena Rostova desde la sede del club:

«Reunión urgente en Ernest-Wallon a las catorce horas. La LNR y el presidente del Comité de las Seis Naciones convocan sesión extraordinaria. Las secuelas de las filtraciones de Twickenham y la inscripción de Tristan son objeto de un recurso interpuesto por el Racing 92 y los Saracens.

Pretenden arrebatarnos nuestros puntos europeos. Acudid armados.»

Mathieu contempló el visor. Una sonrisa gélida, resuelta, de real seguridad, estiró sus belfos.

Volvió la cabeza hacia el sofá, donde sus tres hombres empezaban a desperezarse bajo la claridad del día.

La lid político-deportiva retomaba sus fueros, mas las cadenas de Twickenham ya nada podían contra ellos. Eran cuatro. Eran indestructibles. Y marchaban dispuestos a hollar el resto del mundo.