Las Cadenas de Twickenham (Los Dioses del Oval nº 3) Capítulo 8. #3
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Capítulo 8. #3

Si pretende jugar para Toulouse, habrá de acatar nuestras normas.

Maxime sonrió, con inmensa unción refulgiendo en su mirada. Posó la mano en la nuca de Mathieu, atrayendo al muchacho para soldar su frente contra la suya.

—Sé que gobernarás la nave, Mat —susurró el capitán—. Ahora mandas tú. Y tú, Julian... —prosiguió volviéndose hacia el oceánico—, encarnas su guardaespaldas. En el terreno y fuera de él. Cero concesiones.

—On my life, Max —replicó el titán con solemnidad casi mística.

Elena consultó su lujoso reloj.

—El vehículo nos aguarda en el parking blindado. El reactor privado del club despega de Le Bourget a las quince horas. Retornamos a Toulouse.

El vuelo de regreso a la Ciudad Rosa transcurrió en clima de máxima concentración.

En el salón VIP de la aeronave, Mathieu había desplegado sobre la mesa de caoba los diagramas tácticos confeccionados por el cuerpo técnico de cara a la cita sucesiva: la recepción del Aviron Bayonnais en Ernest-Wallon, con anterioridad al gran desplazamiento continental de media temporada.

Julian lo secundaba sentado a su lado, con su brazo colosal enlazando el respaldo del asiento de Mathieu, atento a las directrices que el apertura reiteraba en voz alta.

Maxime, ubicado enfrente, los contemplaba con turbadora sensación de plenitud.

La dolencia que lo apartaba de los campos por espacio de ocho semanas constituía severa prueba para su orgullo de competidor, pero la madurez repentina de Mathieu y la inquebrantable lealtad de Julian le infundían hondísimo sosiego.

A su aterrizaje en Blagnac al caer la tarde, la crudeza de la competición los abordó de inmediato.

Laurent Lagarde los aguardaba en la pista con gesto preocupado y un pliego confidencial bajo el brazo.

—Maxime, ¿cómo te encuentras? —inquirió el preparador jefe estrechando la mano sana de su capitán.

—Listo para retomar la preparación física en diez días, Laurent —replicó Castéra.

—Bien, pues afrontamos un contratiempo mayúsculo —continuó Lagarde sin dilación mientras caminaban rumbo a la berlina del club—.

La European Professional Club Rugby (EPCR) acaba de publicar el calendario oficial de la segunda fase de la Champions Cup.

Y el sorteo nos ha deparado un obsequio envenenado.

Mathieu y Julian se detuvieron en seco sobre el asfalto.

—¿Qué ocurre? —inquirió el apertura.

—Dentro de un mes retornamos a Inglaterra —reveló Lagarde con tono sombrío—.

Mas esta vez no se trata de Twickenham en terreno neutral.

Nos han encuadrado en el grupo de la muerte.

Hemos de batirnos con los Northampton Saints en su feudo de Franklin's Gardens, y acto seguido recibir a los Saracens.

Y la prensa británica ya ha desatado una campaña de demolición de inusitada violencia.

Tendió una tableta electrónica a Maxime.

En el visor, la portada de The Sun y The Daily Telegraph exhibía una instantánea tomada a la salida del hospital de Neuilly aquella misma mañana: una fotografía difusa, empero perfectamente reconocible,

donde Julian Vance sostenía con firmeza la mano de Mathieu Vidal en el corredor privado del sanatorio, justo antes de abordar el ascensor.

El titular en mayúsculas de la prensa londinense resultaba inequívoco:

«The french secrets of Twickenham : are Toulouse stars hiding more than championship trophies?»

—Han contratado sabuesos privados para fiscalizar cada desplazamiento de la plantilla desde la final —explicó Lagarde, con voz alterada por la zozobra—.

Sterling, con anterioridad a su arresto, vendió dosieres de escuchas a un consorcio de medios ingleses.

Si pisamos suelo británico el mes próximo careciendo de una estrategia pétrea, no acudiremos a un envite de rugby...

compareceremos en una ejecución pública.

Un silencio sepulcral se cernió sobre el reducidísimo grupo.

Julian apretó las mandíbulas hasta quase quebrarlas, con su mirada oscura fija en el monitor de la tableta.

Mathieu percibió un flujo de sangre gélida en sus venas.

La amenaza del escándalo internacional, aquella espada de Damocles que habían logrado esquivar durante lunas, acababa de desplomarse sobre su destino con pasmosa precisión.

Maxime Castéra se irguió en su chaleco inmovilizador. El capitán tolosano escrutó al preparador, y enseguida a sus dos amantes, con sus ojos verdes llameantes de una resolución ajena al descalabro.

—¿Reclaman Inglaterra? —gruñó Maxime con voz cargada de soberano desdén hacia los tabloides londinenses—. La tendrán. Mas olvidan un detalle: las cadenas de Twickenham no nos quebraron... nos convirtieron en invencibles.

Giróse hacia Elena Rostova, incorporada al grupo instantes antes.

—Elena, urde la respuesta. Se acabó el ocultamiento. Acudiremos a suelo inglés a vencer, y si anhelan hurgar en nuestra intimidad, les demostraremos de qué pasta se hallan labrados los Dioses del Óvalo.

Mathieu posó la mano en el hombro de Julian, percibiendo cómo la furia del gigante mutaba en pura energía de combate.

El derrotero hacia la reconvocatoria europea se avizoraba sembrado de escollos, felonías y vendavales mediáticos, pero en el foco de la hoguera, su tripartita alianza se erguía más pétrea que nunca.