Capítulo 8. #2
Permaneció así largos minutos, los párpados clausurados, el corazón batiendo a doscientos pulsaciones por minuto, saboreando el sosiego absoluto, casi letárgico, que sucedía al temporal.
De súbito, la manilla de la puerta del baño osciló con un crujido metálico.
Mathieu se sobresaltó un ápice, mas no intentó guarecerse. Carecía tanto de fuerzas como de voluntad.
La hoja se abanderó con lentitud.
Julian Vance se recortaba en el umbral. El coloso australiano, desperezado por el bramido de éxtasis de Mathieu que había traspasado el tabique insonorizado, se hallaba enteramente desnudo.
Su monumental musculatura de dos metros de altura destacaba en el vano de la puerta, iluminada por la claridad de la estancia.
La cicatriz de la ceja refulgía bajo los focos, y sus pupilas azul acero barrieron la escena en un abrir y cerrar de ojos.
Advirtió a Mathieu de rodillas sobre las baldosas, la piel reluciente de sudor, el espejo manchado de semen blancuzco y el miembro del muchacho aún semierguido que goteaba con pausado ritmo sobre sus muslos.
Un perceptible estremecimiento sacudió la colosal estructura del oceánico.
Lejos de turbarse, el segunda línea exhaló una mirada de erótica unción y aterradora posesividad. Su propio sexo, espoleado por la estampa del joven apertura enlodado en su propio goce, se irguió al acto, macizo, pesado, batiendo contra sus muslos cual arma de carne.
Julian se adentró en el aseo sin mediar palabra. El peso de sus pasos sobre el mármol hizo retemblar el piso.
Se hincó de rodillas frente a Mathieu.
—You didn't wait for me, Mat... —susurró Julian con voz tan sorda, tan cavernosa, que parecía manar de las entrañas de la tierra.
Mathieu alzó la vista hacia el gigante. Una sonrisa letárgica, provocativa, exenta de ataduras, ensanchó los belfos del muchacho.
—Dormías como un tronco, Julian... —contestó Mathieu con timbre ronco por el espasmo—. Y necesitaba purgar todo este veneno...
Julian tendió su manaza. Sus dedos acariciaron el rostro de Mathieu, restañando una gota de sudor en la sien antes de descender hacia sus belfos. El australiano frotó el pulgar contra el labio inferior del apertura.
—You're completely crazy, fly-half —murmuró el gigante, asiendo a Mathieu por las axilas para alzarlo del suelo cual si careciera de peso—. Pero eres nuestro. De Max y mío. Y jamás volverás a atravesar algo así a solas.
Julian condujo a Mathieu hasta el amplio lecho King Size de la suite. El australiano tendió al muchacho sobre las sábanas de lino blanco, acomodándose de inmediato sobre él, con su masa protectora sofocando las últimas reservas del apertura.
Durante horas, hasta despuntar el alba sobre las azoteas de París, el gigante oceánico tomó el relevo, honrando la anatomía de Mathieu mediante una tanda de caricias, ósculos y un amor físico de demorada y reparadora profundidad,
sellando su pacto antes del inevitable retorno a la pugna del campeonato.
Dos jornadas más tarde, el vestíbulo de la clínica privada de Neuilly ofrecía el aspecto de un hervidero de actividad bajo rigurosa vigilancia.
Los objetivos de los canales de información continua se apiñaban tras las vallas de seguridad apostadas en la acera.
La noticia sobre el éxito quirúrgico de Maxime Castéra copaba las portadas de la prensa deportiva europea, si bien el porvenir del periplo tolosano y su repercusión en el XV del Gallo acaparaban el sentir general.
Elena Rostova batía el corredor de la primera planta, con el teléfono por satélite adherido a la oreja, despachando las demandas de patrocinadores y de la Ligue Nationale de Rugby en tono seco y soberano.
—No, no habrá declaraciones del jugador hoy —zanjaba en inglés con impecable acento eslavo—. El señor Castéra abandonará el edificio por el aparcamiento subterráneo a las catorce horas. La rueda de prensa se celebrará en Toulouse el viernes.
Interrumpió la comunicación, alisó las solapas de su traje sastre oscuro y empujó la hoja de la habitación 112.
En el interior, Maxime Castéra reposaba en una confortable butaca ortopédica, con el brazo izquierdo rigurosamente encorsetado en un chaleco inmovilizador termoconformado de última generación.
El capitán tolosano mostraba mejor semblante, si bien las ojeras negruzcas bajo sus ojos verdes patentizaban las vigilias y el poso de la anestesia.
Mathieu y Julian le acompañaban vistiendo los uniformes oficiales de viaje del Stade Toulousain.
—Las determinaciones de la LNR son firmes —comunicó Elena cerrando la puerta a su espalda—.
Tristan Mercier ha quedado inscrito oficialmente en nuestra plantilla a partir de la próxima semana.
El comité disciplinario no ha apreciado cargo alguno contra él por el placaje a Maxime: la acción se ha dictaminado «reglamentaria en el curso de la lid».
Julian dejó escapar un denuesto australiano de grueso calibre, contrayendo los puños con fuerza tal que crujieron las articulaciones de sus dedos.
—¿Es una broma? —gruñó el segunda línea—. ¿El tipo destroza a nuestro capitán y la Liga le alfombra la vía?
—Es política, Julian —atajó Maxime con voz apacible, posando su mano sana sobre el antebrazo del gigante para templarle—.
Vasseur ya no está, mas sus peones en el consejo de administración continúan intentando desestabilizarnos.
Saben que si Mercier se integra con rango de titular impuesto, se abrirá una fractura en el vestuario.
Mathieu dio un paso al frente hacia la butaca de Maxime, hincándose de rodillas a su altura.
—Laurent me ha ratificado esta mañana que ejerceré de capitán en el césped durante tu baja, Max —afirmó el joven apertura, clavando sus ojos castaños en los de su líder con absoluta gravedad—.
No consentiré que Mercier fragmente al grupo.