Las Cadenas de Twickenham (Los Dioses del Oval nº 3) Capítulo 8.
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Capítulo 8.

La puerta del cuarto de baño de mármol oscuro se había cerrado con un chasquido pesado, casi sordo, aislándolos del resto del mundo.

A solas.

Mathieu Vidal permanecía de pie frente al gran espejo empotrado, con los pies descalzos firmemente anclados sobre la baldosa de piedra atemperada por la calefacción radiante de la suite parisina.

En el silencio absoluto de la estancia, interrumpido únicamente por el zumbido imperceptible de la ventilación de alta tecnología y la respiración anhelante que brotaba de su propia garganta, el joven apertura tolosano contemplaba su reflejo con una fascinación teñida de un aturdimiento salvaje.

El espejo devolvía la estampa de un físico de élite esculpido por diez años de rugby de alta competición, pero un físico hondamente curtido por la contienda atlética librada instantes antes en el estadio Jean-Bouin.

La claridad áurea, tamizada, regulada en un matiz cálido por los reguladores de intensidad en la pared, realzaba la prominencia de sus abdominales empapados de sudor seco, la línea felina de sus caderas y la comba natural de su espalda.

Sobre el flanco diestro, el hematoma infligido por el monstruoso placaje de Tristan Mercier desplegaba su flor oscura y amoratada, una dolorosa mancha de sombra que contrastaba de forma violenta con la tez clara y bronceada del muchacho.

Mas no era el tormento físico lo que hacía flaquear los dedos de Mathieu.

Era la adrenalina. Una adrenalina negruzca, viscosa, eléctrica, que proseguía calcinando sus venas a modo de ácido.

La hazaña del minuto ochenta —aquel lanzamiento de cincuenta y dos metros bajo la lluvia pertinaz que había salvado el honor del Stade Toulousain—, la visión de su capitán Maxime Castéra evacuado en camilla con el hombro deshecho, el sabor a sangre y agua de lluvia en los labios,

y la amenaza latente de Tristan Mercier, empeñado en demoler su hermandad...

Todo ello colisionaba en la mente del número diez.

Su respiración cobraba mayor celeridad, aspereza.

Sus fosas nasales palpitaban, inhalando un aire cargado con los efluvios de la estancia: un compuesto embriagador de aceite esencial de cedro, jabón de Alepo y esa impronta varonil, íntima, primigenia, que su propio organismo exhalaba tras ochenta minutos de supremo esfuerzo.

Mathieu descendió la vista hacia su bajo vientre.

Su miembro, liberado del ceñidor pantalón corto deportivo, se había erguido con una violencia casi dolorosa.

Largo, grueso, turgente de una sangre candente que hacía sobresalir venas azuladas a lo largo y ancho de su trazado, su sexo de varón de veintitrés años alzaba el capuchón purpúreo rumbo al ombligo.

En el extremo, una gota transparente de líquido preseminal asomaba, refulgiendo a guisa de diamante bajo los focos halógenos antes de deslizarse con lentitud por el frenillo.

Mathieu emitió el primer gemido, muy quedo, un sonido gutural que asombró a su propia garganta.

Su diestra, vacilante, trémula, avanzó. Sus dedos finos pero membrudos, habituados por lo común a la precisión milimétrica de los pases medidos y las patadas tácticas, se abrieron. La palma fue a posarse en la cepa de su verga.

El contacto de su propia piel cálida hizo respingar al joven apertura. Cerró los párpados un instante.

En la negrura de su mirada clausurada, las estampas se precipitaron con la fuerza de un fotograma detenido:

El semblante de Maxime, con los verdes ojos anegados de dolor en la camilla de Neuilly-sur-Seine, ordenándole asumir el mando...

Las pupilas azul acero de Julian Vance, besando su frente bajo la lluvia de Jean-Bouin con fervor desesperado...

Las manazas del australiano sobre sus muslos en el vestuario...

Y aquella pulsión, lacerante, insoportable, de hallarse privado de la presencia física de sus dos amantes para celebrar el milagro parisino.

—Ah... Max... —murmuró Mathieu en la estancia vacía.

Su mano se cerró en torno a la verga. El apretón resultó primeramente firme, posesivo, imprimiendo una inicial cadencia de vaivén pausada, casi solemne, desde la base hasta el glande.

El roce del tegumento sobre su miembro rígido desencadenó un seísmo nervioso que remontó la columna vertebral, arqueándole la espalda.

Mathieu abrió los ojos y volvió a clavar la vista en su reflejo en el cristal. Requería observarse. Requería ser testigo de su propia caída sensorial, de aquella imperiosa urgencia de regalarse goce para evitar despeñarse bajo el peso de la responsabilidad.

Elevó su extremidad zurda hacia el pecho.

Sus dedos de uñas recortadas se hincaron en la carne firme de su pectoral diestro, y acto seguido la palma resbaló hacia el pezón endurecido por la tibia brisa del cuarto.

Mathieu pellizcó la pequeña areola morena entre pulgar e índice, oprimiendo con firmeza lindante en la punzada.

El picor repercutió de inmediato en el bajo vientre, haciendo latir su miembro con redoblada intensidad.

—Mmmh... sí... —jadeó, impulsando levemente la cadera al frente para acompasar el compás de la mano derecha.

El ritmo del vaivén se incrementó.

La piel de su verga, óptimamente humectada por la preseminal secreción que fluía ya sin pausa, emitió un sordo sonido pastoso, una fricción acompasada que resonaba en el santuario de mármol.

Mathieu no buscaba la suavidad; ambicionaba la válvula de escape.

Acariciaba su sexo del mismo modo en que acometía la línea defensiva contraria: con ciega tozudez, furia refrenada, pasión exenta de tabúes.

Su diestra descendió con mayor ímpetu, abarcando sus pesados testículos, tensados por la acumulación de tensión de los últimos dos días.

Mathieu los masajeó con mesura, percibiendo el peso de su virilidad a punto de estallar.

Reemprendió luego el ascenso digital a lo largo del frenillo, insistiendo en aquella zona de extrema vulnerabilidad donde la fina piel se estremecía ante la más leve caricia.

Cada tránsito del pulgar sobre el reborde del glande le arrancaba un suspiro más hondo.

Las rodillas comenzaron a cederle levemente.

Para no perder la verticalidad, Mathieu apoyó la palma zurda contra el paramento de piedra fría del espejo.

El contraste entre la frescura pétrea bajo su mano izquierda y la calcinante temperatura de su sexo en la diestra le arrancó un ronco quejido.

—Julian... Max... joder... —gemía con la cabeza echada atrás, el cerviz tenso dejando al descubierto el palpitar frenético de su yugular.

En su mente recalentada, el aislamiento se desvaneció.

Mathieu se proyectó en el regazo de sus amantes.

Imaginaba las gigantescas manos de Julian apresándole las caderas para inmovilizarle, en tanto que Maxime, con los belfos pegados a su cuello, le musitaba órdenes obscenas y apasionadas.

Evocaba el rostro de Elena Rostova en Pech-David, la fluidez de las carnes entremezcladas, el empuje del titán oceánico hundiéndose en su interior...

Aquel pensamiento actuó a modo de chispa sobre un polvorín.

El joven apertura deslizó dos dedos de su mano izquierda hacia la retaguardia, descendiendo por el perineo tenso. Sus dedos, impregnados de una gota de loción suavizante de eucalipto tomada del reborde del lavabo, rozaron su intimidad posterior.

Un estremecimiento de inusitada violencia recorrió su anatomía.

Mathieu dejó escapar un grito ahogado. El contraste entre su propia caricia digital a espaldas y el frenético vaivén de su diestra sobre el miembro erguido le precipitó en un dominio erótico de total incandescencia.

Introdujo un primer dedo en sus estrechas carnes, buscando la sensación de vacuidad que tan solo la presencia de sus colosos lograba colmar habitualmente.

—¡Ah!... God... yes... —roncaba, con los ojos castaños anegados por el anhelo, contemplando su propio reflejo donde advertía a un varón emancipado, desprovisto de moral, rendido por completo al culto de su propio goce.

Masajeaba su intimidad desde dentro con pulso de anatomista, estimulando su próstata al compás de los golpes de pelvis. A cada presión interna, su verga expulsaba una nueva oleada de líquido translúcido que embadurnaba sus dedos y su vientre.

El compás se tornó demoníaco.

Mathieu ya no gobernaba nada. Capitaneaba una nave en plena borrasca sensorial.

Su diestra ejecutaba movimientos de fulgurante rapidez sobre un sexo que había adquirido un volumen y una rigidez casi aterradores.

El mármol del cuarto de baño devolvía el eco de sus jadeos entrecortados, de sus agónicos gemidos, de sus denuestos musitados en la penumbra.

—Voy a... me voy a venir... me cago en la puta... Max... Julian...

Su anatomía íntegra se tensó como un arco.

La musculatura de los muslos, de los glúteos de acero y del abdomen se contrajo de consuno.

El hematoma en el flanco le propinó un postrero latigazo de dolor, pero dicha punzada se disolvió rauda en el torrente de supremo éxtasis que ascendía de sus lumbares.

Mathieu frenó el juego de los dedos traseros para volcar toda su energía en la verga. Su diestra apresó el miembro a dos manos, imprimiendo una postrera tanda de fricciones de desesperada potencia.

El orgasmo estalló.

No consistió en un mero desahogo; tradujo una cataclísmica explosión, una riada de crudo deleite que le cercenó el habla y el hálito.

Su sexo expulsó un primer chorro masivo, ardiente, denso, de un semen cremoso que brotó con inaudita fuerza, estrellándose contra el espejo de mármol a la altura del pecho.

Una segunda descarga sobrevino al instante, y a continuación una tercera, inundando el cristal, su mano, su abdomen y el suelo embaldosado a sus plantas.

—¡Ah!

Mathieu exhaló un bramido de liberación, con la testa ceñida contra la piedra gélida, el cuerpo zarandeado por espasmos musculares descontrolados mientras su simiente proseguía manando con abundancia a lo largo del fuste.

Las rodillas le fallaron. El joven apertura resbaló despacio a lo largo del paramento marmóreo, desplomándose de hinojos sobre el suelo templado, con el torso agitado por inspiraciones espasmódicas y la diestra aún manchada de su propio fluido.