Las Cadenas de Twickenham (Los Dioses del Oval nº 3) Capítulo 7. #3
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Capítulo 7. #3

En el minuto treinta, Mathieu anotó el primer ensayo del encuentro con una inspiración genial: un amague desbordante de pureza cristalina que dejó clavado a Tristan Mercier, seguido de un pase cruzado para que Maxime posara bajo los palos.

Stade Toulousain 10 – Stade Français 3.

El descanso llegó con este tanteador.

La segunda mitad supuso un auténtico vía crucis para los tolosanos.

El cansancio acumulado, la lluvia incesante y la agresividad al límite del Stade Français arrinconaron a los campeones de Europa.

En el minuto sesenta, Julian Vance vio una tarjeta amarilla temporal por un placaje considerado alto sobre el zaguero parisino, dejando al Toulouse con catorce contra quince durante diez minutos cruciales.

Aprovechando la superioridad numérica, el Stade Français neutralizó la desventaja gracias a un ensayo de fuerza de su pilar diestro, rubricado con la consiguiente transformación.

Stade Français 13 – Stade Toulousain 10.

Restaban cinco minutos cuando sobrevino la tragedia.

En una ofensiva parisina en las inmediaciones de los cinco metros tolosanos, Maxime Castéra se lanzó para frenar una carga de violencia inusitada de Tristan Mercier. El capitán tolosano encajó el impacto directamente en su hombro izquierdo, el mismo que había sido vendado antes del partido.

Un crujido siniestro resonó en medio del estrépito de los cuerpos.

Maxime dejó escapar un alarido de dolor desgarrador que se oyó hasta en las primeras filas del palco de autoridades. El capitán se derrumbó sobre el césped empapado, oprimiéndose la articulación izquierda luxada con la mano diestra, con el rostro desfigurado por el suplicio.

—¡Maxime! —gritó Mathieu precipitándose al suelo junto a su capitán.

El médico del club y los camilleros invadieron el césped bajo los abucheos de un público parisino insensible a la gravedad de la lesión. Laurent Lagarde saltó del banquillo con el rostro demacrado.

—Es la clavícula o la glena —gruñó el médico al examinar el hombro de Maxime—. No puede seguir. Se acabó por hoy.

Maxime, con los ojos inyectados en sangre por el sufrimiento, agarró a Mathieu por el cuello de la camiseta con su mano sana, atrayéndolo hacia sí con fuerza desesperada.

—Mat... —bramó el capitán con los dientes apretados hasta casi romperlos—. Acabas el partido... Asumes la capitanía... Gana esta mierda por nosotros...

—Max, no... tú no... —murmuró Mathieu, con las lágrimas fundiéndose con la lluvia en sus mejillas, el corazón roto al ver a su líder derribado.

—¡Hazlo! —ordenó Maxime en un postrer soplo de autoridad antes de ser evacuado en camilla bajo los respetuosos aplausos del resto del estadio.

Mathieu se levantó despacio. El joven número diez era ahora el único dueño del timón. Sin Maxime en el campo, con Julian aún aturdido en el banquillo, toda la responsabilidad del Stade Toulousain recaía sobre sus espaldas de veintitrés años.

Tristan Mercier avanzó hacia él en la medular, con la camiseta empapada en agua y la mirada cargada de un desafío definitivo.

—Te toca jugar, chaval —declaró Mercier—. Demústranos si eres un hombre o solo el protegido de Castéra.

Mathieu no contestó. Su mirada castaña tornó a un negro de absoluta resolución. El miedo, el dolor del flanco, la angustia por Maxime: todo se evaporó para dar paso únicamente a un trance deportivo y apasionado de pureza total.

La última acción del partido quedará grabada en los anales del Top 14.

En el minuto ochenta, el Toulouse dispuso de un último golpe de castigo a cincuenta y dos metros de las metas parisinas, junto a la línea de banda derecha. Un lanzamiento de extrema dificultad, agravado por el viento racheado y la lluvia incesante que anegaba Jean-Bouin.

Si Mathieu fallaba, el Stade Toulousain caía derrotado. Si acertaba, ambos equipos tablas, preservando la imbatibilidad de los campeones de Europa.

Julian Vance, retornado al campo tras su tarjeta amarilla, se acercó al apertura. El australiano posó su manaza en la nuca de Mathieu, inclinando su propia frente contra la del muchacho.

—Do it for max, Mat —susurró el gigante con voz temblorosa de emoción—. Put that ball through the posts.

Mathieu asintió. Colocó el balón sobre el soporte de plástico. Retrocedió cuatro pasos, trazando su arco ritual.

El silencio que se cernió sobre Jean-Bouin resultó sepulcral. Ni una sola trompeta, ni un solo cántico. Veintidós mil personas contenían el aliento, fijando la vista en la solitaria silueta del número diez rojinegro bajo la lluvia de octubre.

En su mente, Mathieu no veía los postes ni a los seguidores parisinos. Veía el rostro de Maxime en la suite de Richmond, los ojos azules de Julian en Pech-David y la promesa de amor indestructible que se habían jurado.

Mathieu arrancó en carrera.

Su pie diestro impactó el cuero con violencia y precisión quirúrgica. El chasquido del balón resonó como un disparo en el estadio mudo.

El esférico se elevó en el nocturno cielo parisino, cortando la lluvia, trazando una parábola tensa y magistral que parecía desafiar las leyes de la física.

La pelota pasó exactamente entre las dos haches amarillas, varios metros por encima del travesaño, antes de perderse en la grada de fondo.

El árbitro decretó el final del encuentro acto seguido.

Stade Français 13 – Stade Toulousain 13.