Capítulo 6. #3
Elena abrió la boca al instante para recibir el miembro de acero del medio melé. Su lengua abrazó el glande de Maxime, succionándolo con renovado frenesí mientras Julian continuaba percutiendo su intimidad desde abajo.
Y Mathieu, guiado por la absoluta complicidad que lo unía a sus dos compañeros, se situó a espaldas de Julian. El joven apertura asió un frasco de aceite en la mesilla, lubricó su sexo y abordó la retaguardia del australiano.
Mathieu guio la punta de su miembro hacia el habituado canal de Julian, quien cabalgaba a Elena.
—Julian... —susurró Mathieu, posando la mano en los formidables glúteos del segunda línea.
Julian recostó el cerviz sobre el hombro de Mathieu.
—Take me, Mat! Drive it into me while I fill Elena! —bramó el australiano.
Mathieu embistió con firmeza de cadera, sepultándose hasta la empuñadura en el corazón del gigante oceánico.
La escena cobró entonces dimensiones de insólita belleza e intensidad carnal.
Una cadena viviente de anhelo y potencia: Mathieu penetrando a Julian con la pasión de un apertura enamorado, Julian penetrando a Elena con el brío de un titán oceánico, Elena acogiendo el miembro de Maxime en su garganta a la vez que recibía el amor del australiano en sus entrañas,
y Maxime presidiendo el conjunto desde su estampa de capitán.
El sonido húmedo de las penetraciones cruzadas, los gemidos de Elena, los roncos bramidos de Julian y los suspiros de gozo de Mathieu y Maxime tejían una sinfonía erótica de dramática belleza bajo la áurea claridad de la suite de Pech-David.
Julian avivó sus embates en el cuerpo de Elena, guiado por el impacto del miembro de Mathieu, que golpeaba su propia zona erógena en cada estocada del apertura.
Elena profería alaridos de puro deleite, zarandeando la testa sobre la almohada bajo la doble tutela del sexo de Maxime en su garganta y el de Julian en su bajo vientre.
Maxime percibió la proximidad del clímax en la dama. El capitán retiró con delicadeza su miembro de la boca de Elena, inclinándose para estampar sus labios sobre los de ella en un beso de enloquecida ternura.
—Córrete, Elena... córrete con tus dioses... —susurró Maxime contra su mejilla.
El orgasmo de Elena constituyó una onda expansiva demoledora.
La mujer exhaló un alarido de supremo éxtasis, encrespándose su anatomía en prolongados espasmos.
Su intimidad se contrajo con inusitada vehemencia en torno a la verga de Julian, desencadenando al punto en el australiano una eyaculación torrencial.
El gigante bramó, vertiendo oleadas de semen ardiente en lo más hondo de las entrañas de Elena.
Y la sincrónica contracción del conducto de Julian sobre el miembro de Mathieu provocó en el joven apertura un goce cataclísmico. Mathieu se aferró a los hombros de Julian, expulsando su simiente en el corazón del gigante entre gritos de absoluta liberación.
Maxime, subyugado por el espectáculo de la cuádruple extase, asiose al cuerpo de Elena y a la mano de Mathieu.
Autoestimulándose con gesto febril, el capitán tolosano desató su propio goce instantes después, salpicando su descarga el vientre de Elena y el muslo de Julian con fluido cálido y generoso.
Los cuatro cuerpos se desplomaron sobre el extenso lecho de lino gris, enlazados entre sí, jadeantes, empapados en sudor y envueltos en absoluta paz.
Siete de la tarde.
La claridad crepuscular teñía la alcoba de Pech-David con matices rosados y dorados.
Elena, ataviada con un batón de seda negra propiedad de Julian, aguardaba ante el gran espejo del tocador, retocando su maquillaje con pulso firme.
Su rostro ya no denotaba rastro alguno de tensión o fatiga: sus ojos de acero destilaban una renovada serenidad, rebosantes de honda afección hacia los tres varones que reponían fuerzas sobre el lecho.
Maxime, Julian y Mathieu, recostados contra el cabecero de cuero, paladeaban una copa de gran cru tolosano servida por el capitán.
Elena se giró hacia ellos, con una radiante y profesional sonrisa dibujada en los belfos.
—Estáis listos para la rueda de prensa de mañana, caballeros —sentenció con voz reposada—. La tensión ha remitido. Habéis recobrado el equilibrio.
Maxime alzó su copa hacia ella.
—Gracias, Elena. Nos has salvado de nosotros mismos hoy.
—Únicamente he custodiado aquello que posee valor, Maxime —replicó la joven recogiendo su carpeta de piel—. Mañana a las diez en la sede del club. Sed puntuales. Y conservad esa sonrisa de vencedores: ya nada puede alcanzaros.
Depositó un tierno ósculo en la mejilla de cada uno de los tres deportistas antes de abandonar la suite con un susurro de seda.
Una vez cerrada la hoja, Mathieu dejó caer la cabeza sobre el hombro de Julian, en tanto su diestra buscaba la de Maxime sobre las sábanas.
—Tiene razón —murmuró el joven apertura, con la vista fija en la estampa de Toulouse iluminándose bajo el firmamento—. Hemos ganado Europa. Hemos doblegado a Sterling y Mercier. Estamos juntos. ¿Qué podría acaecernos peor?
Maxime apretó los dedos de Mathieu con protectora firmeza, cruzando con Julian una mirada de lúcida gravedad.
—Las victorias siempre convocan nuevos enemigos, Mat —apuntó el capitán en tono soto—. Mas mientras sigamos conjurados en esta casa y sobre el césped, nadie podrá doblegarnos jamás.