Capítulo 6. #2
Sus dedos buscaron la cremallera oculta de la falda tubo, deslizándola hacia abajo. La prenda se deslizó hasta el suelo de mármol, dejando al descubierto extremidades largas, torneadas, de atlética y perfecta finura, enfundadas en lencería de oscuro encaje.
—Adentrémonos en la suite principal —murmuró Elena, desviando sus pupilas del vigoroso torso de Maxime a la imponente planta de Julian, para recalar en la estampa de Mathieu.
El gran dormitorio patronal del chalé de Pech-David consistía en una estancia diáfana abierta a una terraza cubierta.
Un lecho King Size a medida provisto de sábanas de lino gris antracita presidía el centro del espacio, bañado por la áurea claridad del sol vespertino filtrada a través de celosías de bambú.
Maxime se despojó del polo del club de un solo ademán, exhibiendo su corpulentos hombros de medio melé y la musculatura abdominal recortada bajo la fina transpiración que perlababa su piel curtida.
Julian se quitó la camiseta, desnudando su titánico tórax velloso de reflejos dorados y su miembro, que tornaba a ingurgitarse bajo el pantalón de lona.
Mathieu, por su parte, dejó caer las prendas con fluidez, destapando su anatomía de apertura de líneas irreprochables.
Elena se acomodó en el lecho, tendiéndose bocarriba con la castaña melena esparcida sobre las almohadas grises. Su tez clara contrastaba de modo deslumbrante con la negrura del encaje íntimo.
—Acercaros, muchachos —instó, acelerándose su respiración al contemplar a los tres colosos completamente desnudos que flanqueaban ya la cama.
Julian tomó la delantera. El gigante australiano hincó las rodillas sobre el colchón, dominando a la muchacha con sus ciento dieciocho kilos sin llegar a oprimirla.
Los ojos de Elena se anegaron de concupiscencia al reparar en la excepcional corpulencia del segunda línea y el rotundo calibre de su erección, que palpitaba a escasos centímetros de su rostro.
Julian se inclinó con parsimonia. Sus labios atraparon los de Elena en un ósculo de inesperada ternura, aunando la brutal potencia del oceánico con la delicadeza de la joven.
Elena exhaló un suspiro de beatitud, hundiendo sus manos de cuidadas uñas en la dorada melena de Julian para guiar la pasión del titán.
Al tiempo, Maxime se ubicó a la diestra de Elena.
El capitán tolosano depositó su manaza sobre el torneado muslo de la dama, internando lentamente los dedos bajo el encaje de su ropa interior.
Maxime prodigó prolongados y cálidos besos en el cuello de Elena, descendiendo hacia su clavícula mientras desataba los tirantes de la camisola sedosa.
Mathieu, entretanto, se había apostado a la cabecera del lecho, a espaldas de Elena. El joven apertura se inclinó sobre ella, aproximando su sexo turgente a los belfos de la muchacha.
Elena alzó los párpados, topándose con la mirada castaña y vehemente de Mathieu. Sin titubear un ápice, la mujer adelantó el rostro y abarcó el glande del apertura con sus tibios belfos.
La impresión de la perita succión de Elena arrancó a Mathieu un gemido ahogado. La dama manejaba la lengua con prodigiosa destreza, acariciando el frenillo del miembro de Mathieu a la par que lo aspiraba con acompasada sensualidad, agitando el torrente sanguíneo en las venas del joven.
—Ah... Elena... resulta sublime... —masculló Mathieu, guiando con los dedos los cabellos castaños de la muchacha para marcar el tempo.
Durante este lance, Julian había liberado el pecho de Elena de los atavíos de seda.
Sus ojos azules contemplaron los pechos turgentes y altivos de la exatleta, coronados por aureolas rosadas endurecidas por la agitación.
El coloso australiano engulló uno de los senos de Elena con su boca generosa, succionando el pezón con glotonería tal que arrancó a la joven un grito agudo de goce.
Maxime había despojado a Elena de su lencería a lo largo de sus extremidades perfectas, exponiendo su intimidad femenina, sonrosada, anegada de un fluido deseo.
El capitán tolosano hincó las rodillas entre los abiertos muslos de Elena. Sus verdes pupilas escrutaron el santuario de la mujer con devoción fervorosa. Maxime aproximó su rostro curtido y posó la lengua densa sobre el clítoris de Elena.
La caricia del órgano del medio melé estremeció a la joven sobre el lecho. Su cadera se alzó de manera espontánea, soltándose de la melena de Julian para aferrarse a los vigorosos hombros de Maxime.
—¡Max!... ¡Oh, Dios mío, Max! —gemía Elena con la cabeza ladeada, mientras el sexo de Mathieu resurgía entre sus belfos al tiempo que la boca de Julian devoraba su busto y la lengua de Maxime laboraba su núcleo erógeno con inapelable firmeza.
El cuarteto acababa de orquestar una sinfonía sensorial de ilimitada riqueza.
Elena constituía el foco de todas las atenciones, agasajada y colmada por tres de los varones más esculturales del continente.
La polifonía de los tactos —la boca de Mathieu en la suya, el ardor de Julian en su pecho y la exactitud de la lengua de Maxime entre sus piernas— la transportaba a un vértigo de éxtasis insospechado.
Maxime sumergió dos dedos de jugador de rugby en el canal estrecho y cálido de Elena, gobernando sus carnes internas mediante medidos círculos a la par que proseguía azuzando su clítoris de abajo arriba.
Elena profería ahogados alaridos contra el miembro de Mathieu, con todo su cuerpo sacudido por descargas eléctricas bajo el triple asedio de sus amantes ocasionales.
Advirtiendo que la mujer coronaba su primera cumbre placentera, Julian se incorporó con suavidad. El gigante australiano asió a Maxime del brazo para indicarle que le cediera el relevo.
Maxime se irguió, acomodándose junto a Mathieu a la cabecera. El capitán aprehendió al joven apertura por la cintura, fundiendo sus belfos en un ósculo apasionado, impregnado del dulzón sabor de Elena, mientras sus sendas erecciones friccionaban mutuamente en viril y arrolladora sensualidad.
Julian tomó posesión del espacio entre los muslos de Elena. El australiano emplazó la cabeza de su miembro colosal —de un calibre imponente que intimidaba casi a la dama— frente a la lubricada entrada del canal de Elena.
La examinó a los ojos con protectora solicitud.
—Tell me if it's too much, Elena —susurró el gigante en su tesitura cavernosa.
—Húndete, Julian... —rogó la joven, enroscando sus piernas en torno a los masivos lomos del australiano—. Húndete y tómame.
Julian embistió con un golpe de pelvis pausado y medido.
La descomunal verga del segunda línea se deslizaba en la prieta carne de Elena. El estiramiento era prodigioso, conduciendo a la mujer al borde de un alarido de voluptuoso dolor que tornóse al punto en suspiro de absoluta plenitud conforme el miembro de Julian penetraba hasta la cepa en su interior.
—Ah... God... Elena... you are so tight... —roncaba el oceánico, aplastando su torso contra el de la muchacha para eximirla del peso.
Julian imprimió una cadencia de penetración grave, majestuosa, golpeando cada acometida el fondo del canal de Elena con quirúrgica precisión. La mujer cerraba los párpados, entregada al poder del coloso que la poseía con heroico fervor.
No obstante, la experiencia erótica distaba mucho de concluir.
Maxime se inclinó sobre Elena. El capitán apresó las muñecas de la dama, inmovilizándolas sobre la almohada por encima de su coronilla, a la par que aproximaba su propia verga a los belfos de Elena.