Capítulo 5. #3
El ambiente en el interior resultaba cálido, saturado por el vaho desprendido del jacuzzi iluminado por diodos azules y por el aroma a esencia de eucalipto.
Los tres varones se desprendieron de sus indumentarias de juego aún manchadas de barro y sudor.
Sus anatomías de excepción quedaron al descubierto bajo la penumbra tamizada: los amoratados cardenales en los hombros de Maxime, la sutura en la frente de Julian, las rozaduras de los tacos en los muslos de Mathieu.
Empero, más allá de las secuelas de la lid deportiva, una pulsión carnal renovada, potentísima, se apoderó de inmediato de ellos.
El triunfo en Twickenham exigía su ofrenda. La tensión de la final, la adrenalina de la refriega y el amor absoluto que se profesaban reclamaban una celebración corporal a la altura de su gesta.
Julian se adelantó el primero hacia la amplia camilla de masajes guarnecida con una toalla de baño blanca y gruesa. El oceánico tomó asiento, con las extremidades colgando a los lados y su miembro colosal ya medio erguido al influjo de la proximidad de sus dos amantes.
Maxime se aproximó al gigante. El capitán se situó entre las piernas abiertas de Julian. Sus miradas se cruzaron: ya no existía jerarquía de capitanía ni condición de segunda línea, únicamente dos varones fundidos por el mismo anhelo devorador.
Maxime asió el miembro de Julian a puño lleno, percibiendo el calor febril del flujo sanguíneo que latía bajo la piel curtida del australiano. El medio melé se inclinó despacio, abriendo la boca para acoger el glande púrpura de la verga de su amantísimo.
Julian exhaló un suspiro ronco, hundiendo al instante las manos en la poblada melena de Maxime para guiar su cadencia.
—Ah... Max... yes... —gemía el titán, cerrando los párpados ante la caricia experta de la lengua del capitán tolosano.
Mathieu no permaneció al margen. El joven apertura abordó la camilla por la espalda.
Hincándose de rodillas sobre la piel oscura, Mathieu posó las manos en los anchos hombros de Julian, prodigando besos suaves a lo largo de su nuca y su dorso surcado de cicatrices.
Luego, deslizando las palmas al frente, Mathieu palpó los pectorales macizos del australiano, pellizcando sus endurecidos pezones entre los dedos.
—Eres nuestro campeón, Julian —susurró Mathieu junto al oído del gigante, con la voz quebrada por el apetito—. Has destrozado su delantera tú solito.
—Lo conseguimos unidos, Mat... —respondió Julian con voz entrecortada por la succión que Maxime ejercía sobre su sexo—. We did it together.
Maxime avivó el compás de su boca en el miembro de Julian. El capitán operaba con precisión quirúrgica, lamiendo el frenillo con firmeza, descendiendo por el fuste venoso a la par que masajeaba con suavidad los pesados testículos del oceánico con su diestra libre.
Julian se arqueó sobre la camilla, contrayendo sus esculpidos abdominales ante la vehemencia de la sensación.
—Mat... tómame... —gruñó de improviso el australiano girándose hacia el joven apertura—. I want you inside me, now.
Mathieu se estremeció de regocijo ante semejante ruego. La perspectiva de penetrar al coloso australiano, a aquel varón de dos metros que aterrorizaba al continente dos horas antes, constituía una fantasía de potencia erótica devastadora.
Mathieu cogió un frasco de loción suavizante de eucalipto situado en el reborde del estrado. Vertió generosa cantidad en su palma y sobre su propio miembro de acero, excelentemente erguido, segregando abundante fluido preseminal.
El joven apertura se acomodó a espaldas de Julian, quien se había estirado boca abajo sobre el cuero de la camilla, con el rostro hundido en un mullido cojín y los glúteos de acero expuestos bajo el fulgor azulado del jacuzzi.
Mathieu aplicó los dedos impregnados de aceite sobre la intimidad del australiano, acondicionando la estrecha apertura del gigante mediante amplios movimientos concéntricos. Julian exhaló un quejido de sensualidad superlativa, meciendo levemente la cadera para acoger la labor del apertura.
—¿Estás listo, Julian? —susurró Mathieu, encajando su miembro contra el húmedo acceso del titán.
—Fuck yes, Mat! Drive it in! —bramó el oceánico contra el cojín.
Mathieu embistió con un golpe de pelvis firme y resuelto.
Su miembro se introdujo con suavidad pero con firmeza en la carne cálida y apretada del segunda línea. La impresión de ser acogido por el cuerpo de élite de Julian arrancó a Mathieu un grito de puro deleite.
—Ah... Julian... eres tan estrecho... —roncaba el apertura hundiéndose hasta la raíz en las entrañas del gigante.
Maxime, reubicado a la cabecera de la camilla, apresó el rostro de Julian con ambas manos. El capitán sumergió sus ojos en los del australiano, sellando sus labios en un beso de salvaje fervor mientras Mathieu establecía un ritmo de penetración constante, potente, en lo hondo de Julian.
Al propio tiempo, Maxime asió la imponente verga de Julian con firmeza, imprimiéndole un vaivén raudo sincronizado con las embestidas de cadera de Mathieu.
La doble estimulación experimentada por el gigante australiano —el miembro de Mathieu en lo más recóndito de su carne y la diestra experta de Maxime sobre su sexo— impelía a Julian hacia un éxtasis de violencia inaudita.
Los rugidos del oceánico retumbaban en la sala de tratamientos, sofocados únicamente por los ardientes besos de Maxime.
—I'm gonna cum... Mat! Max! I'm gonna cum! —chillaba Julian, crispando las manos sobre el cuero de la camilla hasta desgarrarlo.
—¡Córrete para nosotros, Vance! —ordenó Maxime avivando su fricción sobre la verga del titán.
—¡Córrete, campeón! —aullaba Mathieu hundiéndole la pelvis por última vez en las profundidades de Julian.
El clímax del australiano constituyó una explosión cataclísmica.
Su sexo expulsó copiosas oleadas de semen cremoso y espeso que salpicaron el abdomen de Maxime y la tapicería de la mesa.
A la par, su interior se contrajo frenéticamente sobre el miembro de Mathieu, desencadenando en el joven apertura una eyaculación inmediata, torrencial, que anegó las entrañas del segunda línea.
Mathieu se desplomó sobre el dorso de Julian, exánime, con el corazón desbocado, enlazando el torso vigoroso del australiano con sus brazos.
Maxime se enderezó, con su propio sexo aún de rigidez absoluta, encendido en sangre, reclamando su cuota de celebración.
El capitán asió a Mathieu por la cintura, incorporándolo con suavidad para disponerlo a gatas sobre la camilla de masajes, junto a un Julian que recuperaba el aliento.
—Me toca a mí, Mat —susurró Maxime con voz de apasionada gravedad.
Mathieu volteó el rostro hacia su capitán, con los ojos castaños destilando un amor sin límites.
—Tómame, Max... Hazme sentir que conquistamos esta copa.
Maxime prescindió de aceites: la intimidad de Mathieu permanecía aún perfectamente preparada y lubricada por las recientes uniones. El capitán guio su miembro colosal hasta la entrada del apertura y embistió de un soberbio golpe de pelvis.
La verga de Maxime se deslizó en el interior de Mathieu con absoluta fluidez.
Un suspiro de puro regocijo brotó de la garganta del apertura mientras el capitán instauraba un compás de penetración devastador, pesado, acompasado cual marcha de vencedor.
Julian se incorporó sobre los codos, rodeando a Mathieu con sus brazos macizos, dispensando besos delicados en su faz y hombros a la vez que Maxime cabalgaba al muchacho por la espalda.
—Eres nuestro pequeño príncipe, Mat —murmuró Julian acariciando con suavidad el sexo de Mathieu, que tornaba a erguirse bajo el influjo de las acometidas de Maxime.
—Y vosotros sois mis dioses... —replicó Mathieu en un suspiro de éxtasis.
El ritmo de Maxime tornóse frenético. El capitán se entregaba por entero al placer de la posesión, asiendo las caderas de Mathieu para marcar cada impacto.
Los cuerpos de élite de los tres varones relucían de sudor bajo la luz azulada del jacuzzi, cincelando un fresco viviente de triunfo, hermosura y absoluto deseo.
Sintiendo próximo el desenlace, Maxime cogió a Mathieu por las axilas, alzándolo levemente para acentuar el ángulo de penetración.
—¡Me corro, Mat! —rugió el capitán.
—¡Córrete en mí, Max! —exclamó Mathieu.
Maxime se introdujo hasta la empuñadura por postrer vez y liberó su simiente en un bramido triunfal, inundando el canal del apertura con chorros ardientes de generoso esperma.
El capitán se desplomó sobre el cuerpo de Mathieu, secundado de inmediato por Julian, quien los abarcó con sus extremidades gigantescas.
Los tres Dioses del Óvalo permanecieron así tendidos durante largos minutos, consustanciados en la carne tal como lo hacían en el rectángulo de juego, saboreando el sosiego de la victoria recuperada y la certeza de que nada, jamás, quebrantaría el imperio de amor que habían erigido juntos.