Las Cadenas de Twickenham (Los Dioses del Oval nº 3) Capítulo 5. #2
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Capítulo 5. #2

El fondo donde se apiñaban los cuatro mil forofos galos desplazados desde la Ciudad Rosa estalló en histeria colectiva. Bengalas rojas prendieron en las gradas, desafiando la prohibición del recinto.

Mathieu yacía todavía en el verde, oprimiendo el balón contra su pecho, cuando Maxime y Julian se precipitaron sobre él.

Maxime asió a Mathieu por el cuello de la zamarra, alzándolo a medias para estampar sus labios en la mejilla del apertura con un beso henchido de fiereza y orgullo varonil.

Julian, tendido a lo largo sobre ambos franceses, desplomó su torso colosal encima de ellos, asfixiándoles con su masa y vociferando su júbilo al cielo de Londres.

—¡Magnífico, Mat! ¡Me cago en la puta, eres un genio! —bramaba Maxime, con sus verdes ojos llameantes de pasión.

—That's my boy! That's my fucking fly-half! —vociferaba Julian besando frenéticamente la coronilla de Mathieu.

Mathieu, divertido, con el rostro encendido por el esfuerzo y la emoción, se zafó del abrazo de los dos colosos. Se irguió, recogió el óvalo y se situó en la línea de veintidós metros para afrontar la transformación.

Entre los abucheos y silbidos estridentes de los ochenta mil seguidores ingleses que pretendían desestabilizar su objetivo, Mathieu inspiró con sosiego.

Clavó los ojos en los postes. En su fuero interno, el vocerío del estadio se desvaneció por completo, suplido por el eco de la voz de Maxime y el calor de las manos de Julian en sus caderas.

El apertura arrancó en carrera. Su pie diestro impactó el cuero con pureza cristalina.

El balón se elevó, cortando el ambiente húmedo, y cruzó exacto por el centro de las haches amarillas.

Stade Toulousain 7 – Leicester Tigers 6.

El intermedio sonó con este guarismo.

El repliegue al vestuario tolosano transcurrió en solemne silencio. Los jugadores jadeaban, empapados, marcados por el lodo y los hematomas. La primera mitad había deparado un combate de violencia inusitada, y cuantos allí estaban sabían que el segundo periodo sobrevendría aún más adverso.

El galeno de la entidad aplicó seis puntos de sutura en la ceja de Julian Vance sin anestesiar la zona. El oceánico ni pestañeó, con la vista fija en el suelo y los puños contraídos sobre las rótulas.

Laurent Lagarde permanecía en el centro del vestuario con los brazos cruzados.

—Van a retornar con furia, muchachos —manifestó el técnico barriendo la estancia con la mirada—. El Leicester no va a permitir que un conjunto galo se adjudique la final en su feudo sin arrojar su veneno. Los primeros veinte minutos de la reanudación serán un infierno. Estad listos para sufrir.

Maxime Castéra se enderezó de un salto. Se había despojado de la camiseta para que el fisioterapeuta le aplicara un vendaje funcional en el hombro siniestro. Su torso membrudo, tapizado de vello oscuro y señales rojas de impactos, refulgía bajo los tubos fluorescentes.

El capitán se encaminó hacia el centro de la estancia, acaparando la atención de sus compañeros.

—No cedemos un ápice —gruñó Maxime con voz grave, imbuida de aplomo absoluto—.

Hemos surcado el fango para estar aquí. Pretendieron liquidar a Julian, quisieron vendernos al mejor postor.

Mas hoy el rectángulo pertenece al Stade Toulousain.

¡Entramos en este césped, aguantamos el tipo si menester fuere, y los finiquitamos en los diez minutos postreros!

—¡Unidos! —aullaron los veintitrés jugadores entrelazando las manos en el centro del vestuario.

La segunda mitad supuso un descenso a los infiernos táctico y físico.

Tal como augurara Lagarde, el Leicester compareció sobre el pasto con beligerancia duplicada. Priorizando el juego de posesión y el combate en el suelo de extrema violencia, los británicos acorralaron a los tolosanos en su propio campo por espacio de veinticinco minutos.

En el minuto cincuenta, tras una secuencia de acumulaciones devastadoras conducidas por su delantera, el Leicester firmó un ensayo de fuerza por mediación de su número ocho Garth Crooks. La adición obtuvo buen puerto.

Leicester Tigers 13 – Stade Toulousain 7.

El respetable de Twickenham bramó eufórico, coreando el Swing Low, Sweet Chariot a pleno pulmón.

La presión tornó asfixiante para los franceses.

Maxime Castéra multiplicaba los derribos providenciales, estrellando sus ochenta y cinco kilos contra los colosos ingleses de ciento veinte sin reservas.

Julian Vance despejaba los agrupamientos con empuje de apisonadora, desbaratando a todo oponente que pretendiese ralentizar el oval.

Mathieu Vidal, por su parte, padecía un trato de favor implacable: en cada patada, las terceras líneas del Leicester le embestían destempladamente, buscando con desesperación desquiciar al joven apertura de su partido.

Mas Mathieu no flaqueaba. El suplicio físico palidecía ante la certeza de sentirse amado y blindado por los dos mayores exponentes mundiales de la disciplina.

En el minuto setenta y cinco, el tanteador reflejaba un apretado 13 a 10 favorable al Leicester, tras convertir Mathieu un lanzamiento lejano superados los cuarenta metros poco antes.

Restaban cinco minutos. Cinco compases para hacer historia o despeñarse en la desolación eterna.

El Stade Toulousain forzó una falta lateral a cinco metros de la zona de marca británica, prolongación de un soberbio puntapié de Mathieu que halló una salida indirecta en la zona de ensayo contraria.

Constituía la última bala. La maniobra definitoria del curso.

El silencio que se cernió sobre Twickenham en aquel instante resultó escalofriante. Nadie entonaba ya cánticos. Los ochenta y dos mil asistentes contenían el aliento, conscientes de que el destino de la copa continental se dilucidaba en este saque.

En la alineación, Julian Vance se despojó del vendaje manado de sangre. La cicatriz recién suturada brillaba bajo los focos. El australiano escrutó al talonador tolosano, Guillaume, cruzando con él una seña imperceptible.

—Combinación Olimpia —susurró Maxime incorporándose a la formación.

Era la jugada secreta ensayada durante meses en Val-de-Graeme, la que únicamente Maxime, Julian y Mathieu dominaban a la perfección.

Guillaume puso el balón en juego. El trazado salió tenso, impecable.

Julian Vance se catapultó. Impulsado por sus pilares, el oceánico escaló en el cielo londinense a cota alucinante, superando a los bloques de salto de Leicester por más de medio metro. Capturó el cuero a dos manos en el cénit de su trayectoria.

Empero, en lugar de compactar un maul convencional, Julian, aún suspensorio, desvió la pelota mediante una sutil palmada hacia abajo.

Maxime Castéra, infiltrado a velocidad supersónica por el pasillo de cinco metros, interceptó el esférico al vuelo.

La zaga de Leicester se abalanzó sobre el capitán tolosano. Garth Crooks y el pilar Henderson saltaron al unísono para derribarle y finiquitar el envite.

Maxime encajó la embestida monstruosa de doscientos cuarenta kilos de carne británica. Sus rodillas cedieron, sus vértebras crujieron, mas, merced a un esfuerzo de voluntad sobrehumana, el capitán conservó los brazos expeditos por encima del suelo.

—¡Mat! —bramó Maxime en un soplo agónico.

Mathieu Vidal irrumpió a toda pastilla por la banda diestra. El apertura atrapó el pase medido de su capitán a un metro de la línea de ensayo.

Un postrero defensor inglés, el zaguero internacional, se lanzó a la desesperada a sus piernas para abortar su progresión.

Mathieu no eludió el bulto. Se elevó.

Su cuerpo surcó el espacio por encima del placador británico, planeando literalmente por el aire de Twickenham durante tres metros. En plena suspensión, el apertura posó el esférico con firmeza tras la línea de marca, justo antes de que su hombro impactara contra el poste del banderín.

¡Ensayo! ¡Magno y decisivo ensayo para el Stade Toulousain!

La grada gala estalló en estruendo atronador que sofocó al instante los lamentos de decepción del público británico.

Mathieu yacía todavía en la zona de marca, con el cuerpo dolorido mas el alma exultante, cuando Maxime y Julian se desplomaron sobre él.

Maxime cogió la cabeza de Mathieu con ambas manos y estampó sus labios contra los del apertura en un beso pasional, salvaje, exento de cortapisas, ante los ochenta y dos mil espectadores y los millones de telespectadores mundiales.

Julian, con los ojos anegados en lágrimas, abarcó a sus dos amantes con sus brazos colosales, oprimiéndoles contra su torso ensangrentado.

—¡Lo hicimos... me cago en la puta, lo logramos! —gritaba Maxime, con la voz quebrada por la emoción.

—You are kings! We are fucking kings of Europe! —rugía Julian, besando la mejilla de Mathieu y a continuación la de Maxime.

Mathieu transformó con serenidad olímpica desde el rincón del campo, sentenciando el guarismo definitivo.

Stade Toulousain 17 – Leicester Tigers 13.

El pitido postrero resonó un minuto más tarde.

El Stade Toulousain ostentaba la corona de Europa.

La noche cubría Londres desde hacía dos horas, mas el jolgorio en el vestuario tolosano proseguía desatado.

El champán de la marca de lujo asociada corría a raudales, inundando el suelo de baldosa blanca y los bultos de deporte.

Los jugadores entonaban tonadas occitanas a pleno pulmón, embriagados de espuma dorada, alzando la Copa de Europa de plata maciza en alto.

Laurent Lagarde, con los ojos encendidos por el vino y la unción, estrechó a Maxime, Julian y Mathieu en un abrazo triunfal antes de permitir que su plantilla disfrutara de la velada.

A eso de la una de la madrugada, cuando la mayor parte de la plantilla comenzaba a pertrechar sus enseres para abordar el autocar del equipo, Maxime cursó una seña discreta a Julian y Mathieu.

Los tres hombres se desvanecieron por la salida posterior del vestuario, internándose por los serenos corredores del subsuelo de Twickenham.

Alcanzaron la zona médica privada, un amplio recinto destinado a la recuperación intensiva dotado de bañeras de hidromasaje, sauna de cedro rojo y camillas de masaje en piel oscura.

Maxime cerro por dentro la pesada puerta de la sala de recuperación, aislando por completo los ecos festivos del vestuario.