Las Cadenas de Twickenham (Los Dioses del Oval nº 3) Capítulo 4. #2
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Capítulo 4. #2

Los gemidos de Julian, el sudor de sus tres cuerpos enlazados, el chasquido húmedo y espeso de la boca y el compás de los dedos generaban una atmósfera de erotismo denso e irresistible.

Julian, incapaz de contener por más tiempo la acometida conjunta de sus dos amantes, asió a Mathieu por la cintura y lo levantó con una fuerza colosal. El australiano tumbó al joven apertura de espaldas y se situó sobre él como un dominador implacable.

—Me toca a mí, Vidal —susurró Julian, con su aliento quemándole la cara a Mathieu.

El australiano no requería de largos prolegómenos con Mathieu: el muchacho ya estaba dócil y encendido tras sus recientes encuentros con Maxime.

Julian apoyó la cabeza de su descomunal miembro a la entrada del canal de Mathieu.

Clavó la mirada en los ojos del apertura, buscando en ellos la misma sed de triunfo que los consumía a todos.

—Are you ready, Mat? —preguntó el australiano en tono sordo.

—¡Húndete, Julian! ¡Hazme sentir que estás aquí! —suplicó Mathieu, cruzando las piernas en torno a la cintura titánica del segunda línea.

Julian embistió con un golpe de cadera seco y arrollador, sepultándose hasta la raíz en las entrañas de Mathieu.

La penetración resultó tan honda que Mathieu soltó un grito de gozo desmedido que rasgó el ambiente de la alcoba. Las dimensiones del miembro del australiano lo llenaban por completo, proporcionándole esa sensación de plenitud perfecta, casi dolorosa en su intensidad, que llevaba días anhelando.

—Oh... God... Julian! —chillaba Mathieu, afianzando las manos en los hombros titánicos del australiano.

Julian impuso al punto un compás de embestidas vigoroso e inexorable, marcando un empuje que hacía crujir el armazón de la cama bajo el peso de sus cuerpos.

En cada sacudida, el torso bronceado del australiano chocaba contra el pecho del apertura, generando un roce de piel con piel de ardiente sensualidad.

Maxime no se quedó de mero observador. El capitán se acomodó enseguida a la espalda de Julian. Hincándose de rodillas en el lecho, el medio melé untó una generosa capa de aceite en su propio sexo erecto, rígido como el acero.

Maxime dirigió la punta de su miembro hacia la abertura dilatada del australiano.

—Vance... ábrete para tu capitán —ordenó Maxime en un bramido.

Julian echó la cabeza hacia atrás, apoyándola sobre el hombro de Maxime.

—Take me, Max! Take me while I take Vidal! —rugió el gigante oceánico.

Con un empuje pausado e ineludible, Maxime se adentró en lo más recóndito de Julian, al tiempo que este proseguía percutiendo la intimidad de Mathieu.

La trinidad carnal acababa de alcanzar su cénit: una hilera de atletas unidos por la carne, la sangre y el deseo.

Maxime tomando a Julian con la fiereza del capitán, Julian embistiendo a Mathieu con la fuerza del coloso, y Mathieu recibiendo el amor de ambos en una rendición absoluta de los sentidos.

La escena cobró tintes extáticos, casi mitológicos.

El sonido pastoso de la doble penetración, los rugidos de Julian, los alaridos sofocados de Mathieu y los roncos gruñidos de Maxime retumbaban en la amplia estancia decimonónica.

La lluvia, que volvía a tamborilear con suavidad en los cristales, parecía marcar el compás vertiginoso de su acoplamiento.

Maxime asió las anchas caderas de Julian, imprimiendo un vaivén demoledor que sacudía por entero al coloso australiano. En respuesta, Julian acentuaba la hondura de sus acometidas en el cuerpo de Mathieu, haciéndolo fluctuar en la cumbre del delirio.

Mathieu, con el rostro arrebolado por el goce y la mirada perdida, aferró su propio sexo erguido, que palpitaba atrapado entre su abdomen y el pecho de Julian. Se masturbaba con un movimiento acelerado, febril, acompasado al ritmo implacable de los dos titanes que lo poseían.

—¡Me voy a correr... hostia! ¡Me corro con vosotros dos! —aullaba Mathieu, crispando cada músculo de su cuerpo en una contracción de éxtasis culminante.

—¡Córrete, Mat! ¡Córrete por Twickenham! —bramó Julian, avivando aún más los embates en el interior del apertura.

—¡Nos corremos todos juntos! —gritó Maxime, con los músculos de la espalda tensados al límite mientras el orgasmo le inundaba las entrañas.

El estallido fue simultáneo, descomunal, demoledor.

Mathieu desató su clímax en un clamor de liberación absoluta, expulsando su miembro densas oleadas de semen caliente que salpicaron el pecho de Julian y su propio vientre.

Al mismo instante, las paredes internas de Mathieu se apretaron con tal vehemencia en torno al falo del australiano que Julian soltó un rugido ensordecedor, vertiendo su simiente en lo más hondo del apertura entre sacudidas violentas.

Y en esa misma fracción de segundo, la contracción del conducto de Julian atenazó la verga de Maxime como un tornillo de acero, desencadenando en el capitán tolosano una eyaculación masiva que anegó las entrañas del gigante en oleadas sucesivas de ardiente descarga.

Los tres permanecieron enlazados durante largos minutos, con los pechos aplastados y los corazones desbocados, incapaces de romper esa cadena de amor y vigor que acababa de consagrarlos de nuevo como Dioses del Óvalo.

Una y cuarenta y cinco de la tarde. El complejo de Twickenham, emplazado en el distrito de Richmond upon Thames, alzaba sus cuatro tribunas monumentales de hormigón y cristal bajo un cielo de acero.

El templo del rugby mundial, con un aforo superior a los ochenta y dos mil espectadores, hervía con una energía sobrecogedora.

Alrededor del estadio, una marea de camisetas verdes y rojas del Leicester desfilaba en un ambiente de romería bulliciosa. Los himnos británicos, el bramido de las bocinas de aire y el estruendo sordo de decenas de miles de voces levantaban un auténtico muro sónico.

En las entrañas de la tribuna Oeste, el autocar del Stade Toulousain se detuvo en la zona asignada a los equipos.

Al abrirse la puerta neumática, un silencio sepulcral cayó sobre la nube de periodistas y fotógrafos británicos agolpados tras las vallas de seguridad.

El primero en apearse del autocar fue Maxime Castéra. El capitán lucía su indumentaria rojinegra de juego, con los anchos hombros ceñidos en la tela técnica y una mirada fija, aterradora por su determinación.

Justo tras él apareció Julian Vance.

La estampa del coloso australiano —readmitido oficialmente en la convocatoria una hora antes por resolución extraordinaria del TAS— causó una conmoción unánime entre los reporteros británicos.

Los flashes centellearon a cientos, iluminando la silueta descomunal del segunda línea, que avanzaba con la frente en alto y un rictus gélido en los labios.

Y a su lado, cerrando filas, marchaba Mathieu Vidal, con el balón reglamentario de la final encajado bajo el brazo derecho, sereno, inexpugnable.

En el vestuario tolosano, el ambiente recordaba al de un patíbulo. Las camisetas rojas ya estaban impregnadas del ungüento de masaje y bálsamo alcanforado.

Laurent «La Bûche» Lagarde permanecía plantado en el centro del vestidor, ante una pizarra atestada de esquemas estratégicos. Barrió con la vista a sus pupilos, deteniéndose unos instantes en la estampa de Julian Vance, que terminaba de ajustarse los tacos de aluminio de las botas.

—No voy a soltaros una parrafada, muchachos —dijo Lagarde, quebrando con su voz grave el denso silencio—. Ya sabéis la jugada que nos han querido hacer. Pretendieron robarnos este encuentro en los despachos de la City. Quisieron hundir a Julian y reventar este club.

El técnico dio un paso hacia Maxime.

—Pero hoy sois veintitrés en esa lista. Y ahí fuera hay ochenta mil ingleses aguardando vuestro entierro. Saltad al césped y recordadles quiénes mandan en este continente.

Maxime Castéra se puso en pie de golpe. Tomó su casco protector de espuma negra y lo encajó bajo el brazo.

—Hoy no se hacen prisioneros, chavales —escupió el capitán con una voz que estremeció a la delantera tolosana—.

Que cada placaje retumbe hasta la última fila del palco de autoridades.

Que cada patada mande al Leicester directo al infierno.

¡Jugamos por este escudo, jugamos por Julian y nos llevamos la copa de vuelta a Toulouse!

Un bramido gutural y unísono brotó de las gargantas de los jugadores rojinegros. Los puños aporrearon los bancos de madera y los tacos repiquetearon sobre el suelo de caucho con marcial cadencia de guerra.

El pasillo que conducía al terreno de juego de Twickenham era una galería angosta de hormigón iluminada por pálidos fluorescentes.

Ambos planteles se alinearon en paralelo.

En un flanco, la manada tolosana: prieta, implacable, capitaneada por Maxime, Julian y Mathieu.

En el opuesto, la escuadra del Leicester, con sus zamarras verde botella, liderada por su capitán y número ocho internacional, el imponente Garth Crooks: dos metros de altura y ciento veinte kilos de masa británica.

Crooks fulminó con una mirada de ponzoña pura a Julian Vance.

—You shouldn't be here, Vance —escupió el capitán inglés con rabia—. This is Twickenham. You're going to bleed today.

Julian ni siquiera pestañeó. Se inclinó apenas hacia Crooks, sacándole dos centímetros de ventaja, con una sonrisa feroz tensando sus facciones.

—Try me, mate —repuso el oceánico en tono cavernoso—. I'll eat your pack alive.

Al final del túnel, la luz descubierta de la tarde londinense y el clamor de los ochenta y dos mil espectadores cayeron como un vendaval sobre los contendientes.

Maxime Castéra estrechó la mano de Mathieu y la de Julian en un apretón fugaz y cómplice, fuera del alcance de los objetivos televisivos. Un cruce de miradas colmado de ternura, complicidad y una cólera sagrada.

—Es nuestro momento —susurró el capitán.

Los Dioses del Óvalo pisaron el césped de Twickenham bajo un abucheo monumental que estremeció los cimientos del templo. La pugna por el trono europeo estaba lista para comenzar.