Las Cadenas de Twickenham (Los Dioses del Oval nº 3) Capítulo 3. #4
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Capítulo 3. #4

Mathieu, jadeante y con los ojos anegados en lágrimas de dicha, miró a su capitán. Ya no quedaba rastro de duda o miedo en la mirada del apertura. Estaba purificado, recargado, listo para hacer frente a cualquier ejército.

Maxime no dejó enfriar la estancia. Su propio miembro seguía erguido, enrojecido de sangre, reclamando su cuota de consagración.

El capitán cogió las caderas de Mathieu y lo giró con suavidad para colocarlo a cuatro patas sobre el colchón victoriano. La estampa de los glúteos redondos, tersos y relucientes de saliva y sudor del apertura terminó por quebrantar la reserva de Maxime.

—¿Estás listo, Vidal? —preguntó el capitán con timbre ronco, mientras el glande de su miembro se calzaba ya contra la abertura trabajada por su lengua.

—Húndeme, Max... —susurró Mathieu con el rostro enterrado en la almohada de hilo blanco—. Húndeme y coge lo que es tuyo.

Maxime embistió con un golpe de cadera pesado y soberano.

Gracias a la meticulosa preparación de su boca y la abundante saliva, la colosal verga del capitán se deslizó en el interior de Mathieu con fluidez mágica, hundiéndose hasta la raíz en la carne cálida del joven.

Un suspiro compartido, de honda profundidad cósmica, brotó de la garganta de ambos atletas.

—Joder... Vidal... —rogaba Maxime, con sus manos aferrando las caderas de acero del apertura para asegurar la presa—. Eres el mejor santuario que un capitán puede soñar.

Maxime desencadenó un ritmo de penetración potente, acompasado y regular como el martilleo de un paquete en melé cerrada.

En cada empuje, su torso velludo se estrellaba contra la espalda de Mathieu, y sus abdominales golpeaban los glúteos del muchacho en un chasquido húmedo que atestiguaba la intensidad de su unión.

Mathieu acogía cada asalto con voluptuosidad plena. Su cuerpo, relajado por el reciente orgasmo, se amoldaba con perfección a la imponente corpulencia del miembro de Maxime, permitiendo al capitán explorar las profundidades de su carne con placer bruto, desprovisto de reservas.

—¡Más fuerte, Max!... ¡Tómame como vas a tomar la línea del Leicester el sábado! —gritaba Mathieu contra la almohada, retirando la cadera al encuentro de las embestidas del capitán.

—¡Vamos a cogerlo todo, Mat! —rugía Maxime con el sudor inundando su rostro y los músculos de la espalda marcados por el esfuerzo supremo—. ¡Nos vamos a llevar el título, nos vamos a llevar su honor y vamos a traer a Julian a casa!

El compás se volvió frenético, salvaje. El capitán cabalgaba a su apertura con fervor heroico, guiado por el amor, la rabia y la certeza absoluta de su inminente victoria.

La cama victoriana crujía bajo los impactos repetidos de ambos cuerpos de élite, y el brillo de las ascuas doraba sus anatomías entrelazadas en un fresco de dramática belleza.

Sintiendo próxima la llegada, Maxime agarró la cintura de Mathieu para incorporarlo levemente y acentuar el ángulo de penetración. La verga del capitán golpeó de lleno el punto neurálgico interno del apertura, desencadenando en Mathieu una segunda ola de placer que le hizo temblar de pies a cabeza.

—¡Me vengo, Mat! ¡Me vengo! —advirtió el capitán con los ojos verdes oscurecidos por el empuje del orgasmo.

—¡Vente en mí, Max! ¡Lléname! —clamaba Mathieu contrayendo sus músculos internos sobre el miembro de acero del capitán.

Maxime se hundió por última vez con un empuje colosal, bloqueando su cadera contra la de Mathieu. Liberó su simiente en un rugido de león que hizo vibrar los vitrales de la habitación, expulsando oleadas de semen ardiente en lo más hondo de la carne del apertura.

El capitán se desplomó sobre la espalda de Mathieu, rodeando con sus brazos el torso del muchacho mientras sus respiraciones entrecortadas se fundían en el silencio recobrado de la noche londinense.

Siete de la mañana.

La pálida luz del alba inglesa perforaba por fin la niebla de Richmond, tiñendo la habitación 304 de un gris metálico.

Maxime y Mathieu, recién duchados y enfundados en sus trajes oficiales del Stade Toulousain, aguardaban de pie ante el ventanal. El rostro del capitán había recuperado su seriedad marcial; el de Mathieu destilaba una seguridad inquebrantable.

Sobre la mesilla, el teléfono por satélite vibró.

Maxime descolgó de inmediato.

—Castéra —dijo en tono breve.

—Max, it's me —resonó al otro lado la grave voz de inconfundible acento australiano.

El corazón de Maxime dio un vuelco en el pecho. Activó el manos libres para que Mathieu pudiera escuchar.

—¡Julian! —exclamó Mathieu con los ojos abiertos de par en par.

—I'm at Heathrow Airport —prosiguió Julian Vance, con un atisbo de orgullo y emoción haciendo vibrar su timbre cavernoso—.

La comisión del TAS acaba de anular mi suspensión cautelar a las seis de la mañana tras la declaración de urgencia de la letrada Sterling y la transmisión de los ficheros de Kensington.

Ya se ha emitido la orden de detención contra Vasseur en Toulouse. Estoy en el taxi hacia Richmond.

Una risa potente y liberadora brotó de la garganta de Maxime Castéra. Intercambió una mirada de intensa locura con Mathieu.

—Te esperamos en el hotel, Vance —respondió el capitán con la voz estrangulada por pura dicha—. Coge la camiseta. Esta tarde tenemos una final que ganar en Twickenham.