Capítulo 3. #3
Quería el cuerpo entero de Mathieu, deseaba fundir aquella liberación en la unión absoluta de ambas carnes.
De improviso, Maxime cogió a Mathieu por las axilas y lo incorporó con un gesto de fuerza atlética prodigiosa. El apertura exhaló un leve grito de sorpresa cuando el capitán lo volcó sobre la cama victoriana, tumbándolo bocarriba entre las sábanas blancas.
—Me toca limpiarte la cabeza a ti, Vidal —gruñó Maxime con los ojos verdes chispeantes de pasión.
El capitán no perdió un segundo. Agarró los tobillos de Mathieu, despojándolo del pantalón y la ropa interior de un solo tirón para revelar la desnudez íntegra del joven apertura.
El cuerpo de Mathieu constituía un prodigio de gracia deportiva: piernas largas y potentes de cuádriceps marcados, vientre plano cruzado por una línea de vello fino que descendía hacia su sexo duro, erguido, palpitante de deseo y rezumando ya abundante líquido preseminal.
Maxime se instaló entre los muslos abiertos del apertura. Sin vacilar, el capitán se inclinó y hundió el rostro en el hueco de la entrepierna de Mathieu.
Su boca atrapó de inmediato el sexo del muchacho.
La sensación de la succión experta de Maxime arrancó a Mathieu un grito agudo que resonó por toda la habitación.
El capitán empleó su lengua con vigor varonil, latiendo el glande del apertura de abajo arriba y abarcando la longitud de su miembro para dispensarle el mismo trato de favor que acababa de recibir.
—¡Max!... ¡Ah... Dios!... ¡Max! —chillaba Mathieu, hundiendo las manos en la espesa cabellera de su capitán para pautar el ritmo de sus embestidas de cadera.
Mas Maxime no se detuvo ahí. Impulsado por un afán de exploración total y dominación protectora, el capitán bajó aún más la boca. Su lengua abandonó la verga de Mathieu para recorrer su escroto, lamiendo la fina piel de sus testículos con largas y cálidas lamidas, húmedas y tranquilizadoras.
Tras ello, elevando levemente los muslos del apertura para abatirlos sobre sus flancos, Maxime plantó el rostro en el centro mismo de la intimidad de Mathieu.
La punta de la lengua de Maxime rozó la entrada estrecha, rosada y temblorosa del canal del apertura.
Mathieu se estremeció con violencia sobre el colchón y crispó los dedos en las sábanas hasta estar a punto de desgarrarlas.
—Max... ¡no!... ¿Qué haces... Ah? —balbuceó el joven, anegado por una riada de sensaciones inéditas de impudicia e intensidad abrumadoras.
—Cierra la boca y déjate llevar, Vidal —murmuró Maxime entre lametones húmedos sobre el ojal fruncido de Mathieu—. Quiero saborearte entero. Quiero que seas mío antes de ir a por Julian.
La práctica del anulingus por parte del capitán tolosano desbordaba generosidad y sensualidad devastadoras.
Maxime aplicaba su lengua con método milimétrico, separando con suavidad los pliegues secretos del apertura mediante sus pulgares para introducirse en lo más hondo de su carne.
Su lengua trabajaba la entrada del canal con movimientos circulares, presionando con firmeza la zona erógena más vulnerable de Mathieu y humedeciendo el santuario del apertura con su propia saliva caliente.
Mathieu rozaba la locura. Jamás había experimentado semejante vulnerabilidad unida a un placer tan aniquilador.
La sensación de la boca de su capitán (aquel hombre fornido, temido por todos los medios melé de Europa) humillándose de amor entre sus nalgas para procurarle un éxtasis puro lo inundaba de infinita adoración.
—Es... es demasiado bueno, Max... Me voy a fundir... ¡Te juro que me fundo! —gritaba Mathieu, agitando la cadera sin control y entregando su intimidad a los apetitosos asaltos de la lengua de Maxime.
El capitán prosiguió su labor de orfebre carnal.
Su lengua se adentraba ligeramente en el húmedo canal, provocando en Mathieu sacudidas musculares de extrema violencia.
A la par, Maxime había deslizado su mano derecha hacia delante para atrapar el sexo erecto del apertura, acariciándolo con un vaivén rápido y sincronizado con el compás de su boca.
La doble estimulación —la lengua en el fondo de su intimidad y la mano de acero sobre su miembro— impulsó a Mathieu hacia un precipicio de goce que jamás había explorado.
—¡Max!... ¡Me vengo!... ¡Me vengo en tu mano!... Déjame... ¡Ah! —suplicaba el joven con los ojos vueltos y el cuerpo tenso como un cable de acero sometido a máxima tensión.
—Vente, Mat... ¡Vente por nosotros! ¡Vente por Toulouse! —ordenó Maxime intensificando la presión de su lengua y la velocidad de su caricia.
El orgasmo de Mathieu estalló en explosión atómica.
El apertura exhaló un grito de liberación absoluta, un alarido de alegría y dolor mezclados que desgarró la noche de Richmond.
Su sexo expulsó amplios chorros de semen cremoso y abundante que salpicaron su propio vientre y la mano de Maxime.
Al mismo tiempo, su intimidad se contrajo frenéticamente sobre la lengua del capitán en una serie de espasmos prolongados que parecían no tener fin.
Maxime recibió el goce de su joven compañero como una bendición. Lamió las últimas gotas de éxtasis que perlaba la entrada del canal de Mathieu antes de erguirse sobre él, con el rostro embadurnado de su pasión.